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Leo - Capítulo I

Ya llevaba levantado más de tres horas. Y ahí seguía, en pijama frente al ordenador, despeinado y con una taza de café que ya había rellenado cuatro veces. Había madrugado para escribir, para trabajar en mi novela, pero no había manera. No había avanzado ni una línea.

Malditos compromisos con mi editor. No había tenido otro remedio que prometerle que terminaría mi historia en cinco semanas, y ya habían pasado diez días en los que no había sido capaz de añadir ni siquiera una miserable página.

Había arriesgado demasiado con mi nueva obra, ahora estaba seguro. Después de varias novelas policiacas, que aunque de éxito modesto, me habían permitido encontrar un pequeño hueco en el panorama actual, creí que cambiar de registro no me sería muy difícil y me embarqué en escribir una novela histórica enmarcada en el descubrimiento de América. Ahora me estaba dando cuenta de que ni sería tan sencillo como me parecía al principio, ni probablemente mi novela sería tan buena como para destacar entre las decenas que ya existían sobre esa misma época...

- A ver cómo sales de esta, pensé.
- De momento, con más café, me respondí.

Llevaba ya bastante tiempo viviendo solo y hablaba conmigo mismo en voz alta de manera frecuente, algo que en realidad es muy habitual en quienes viven sin compañía.

Además mi vida social no pasaba por su mejor momento, así que esta era la única manera de oír una voz humana que no fueran los murmullos de los vecinos que se colaban a través de las paredes del apartamentucho en que vivía.


Era jueves, por lo que sobre las 11 de la mañana iba a recibir un e-mail de mi editor preguntándome cómo lo llevaba y añadiendo a su mensaje alguna vacía frase de ánimo. No es que fuera nada profético, sino que es lo que llevaba ocurriendo cada jueves durante los últimos meses.

Llevaba años trabajando con el mismo editor y teníamos una buena relación, era la única persona con la que últimamente me relacionaba. Alguna vez habíamos salido a cenar y tomar alguna copa.

Pero ahora me costaba bastante más esfuerzo soportarlo. Quizás fuera por mi bloqueo de escritor, pero lo veía como un cabrón que se dedicaba a copiar y pegar frasecitas de alguna revista de adolescentes, y me las enviaba como si yo estuviese esperando sus ánimos como agua de Mayo para ponerme a escribir a ritmo frenético y terminar enseguida una brillante historia que le reportaría unos suculentos beneficios en forma del comisión. Lo dicho, un cabronazo en una cómoda posición.

Como vaticinaba, a las 11:03 llegó el e-mail. En realidad no lo abrí, podía adivinar su contenido perfectamente y no quería cabrearme más, ya que tenía todo el día por delante y debía sacarle provecho.

Pero cuando iba a borrarlo, me fijé en la fecha. Siempre me pasaba. Aunque yo no quisiera prestarle especial atención al calendario, siempre había algo que me recordaba el aniversario del día que lo había cambiado todo. Y hoy era ese día. Hoy se cumplían 14 años.
Aadelh21 de noviembre de 2017
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