Leo - Capítulo Ii

Publicado por Aadelh el 22 de noviembre de 2017.
Ahora ya me sentía con fuerzas y estaba seguro que sólo unos instantes bastarían para poder volver a mi actividad y a mi escritura como si no hubiera pasado nada, como si fuera un día más.

Pero como ocurría cada vez, en cada aniversario, volví a hacerlo. En mi dormitorio, abrí el último cajón del mueble y oculta bajo algunos libros amarillentos, ahí estaba. Esa carpeta, de tacto familiar y contenido tan doloroso.
Había leído y leído tantas veces aquellos recortes de periódico, me habían hecho llorar, gritar, desesperarme&

Nunca fui capaz de romper con el pasado hasta tal punto de deshacerme de ellos, aunque en días como hoy me doy cuenta de que me hubiera venido bien.

Los recortes eran una colección de noticias que se habían publicado a partir del secuestro de mi pequeño Leo, de diez años de edad, cuando volvíamos a casa después de una cena en un conocido restaurante tras celebrar el ascenso de Emma, mi mujer, a directora nacional en la empresa de marketing en la que trabajaba desde hacía ya siete años.

Jamás olvidaré como, nada más detenernos en un semáforo en rojo, dos encapuchados salieron de un callejón, y mientras uno pinchaba las ruedas, el otro me apuntaba con una pistola e intentaba abrir las puertas del coche.

Yo estaba lívido, inmóvil, incapaz de reaccionar. Mientras mi mujer gritaba desesperada y Leo se despertaba en el asiento trasero. De repente, y al ver que no podría abrir las puertas desde fuera, aquél hombre no se lo pensó dos veces y disparó a la ventanilla de atrás.

En pocos segundos, mientras yo seguía en shock y mi mujer sólo chillaba presa del pánico, con un rápido movimiento el atracador soltó el cinturón de seguridad de Leo, que apenas empezaba a ser consciente de la situación, y de un tirón lo sacó del coche. En ese momento, un coche aparecía del callejón y escaparon. Se llevaron a Leo. Jamás olvidaré la sensación que sentí al ver como aquel coche se alejaba.

Rápidamente, la policía comenzó a hacer su trabajo y comenzó una investigación. La prensa y la televisión local se volcaron en el caso, y durante días la ciudad se empapeló con fotos de mi pequeño Leo.

Pasaron días, pasaron semanas sin ningún avance ni noticia. Ahora sólo recuerdo aquellos días como una nebulosa, días a cámara lenta y en blanco y negro.

Una mañana de sábado, cuando habían pasado exactamente 27 días del secuestro, sonó el teléfono. Era el inspector de policía que había estado llevando la investigación, y nos pedía que fuéramos a la comisaría cuanto antes.

Allí, el inspector nos recibió y nos acompañó a una sala donde había una señorita que más tarde se identificaría como psicóloga. No nos adornaron en absoluto la situación, de igual modo que hago yo ahora, y nos dieron la noticia de forma directa y cruda: El capitán de uno de los barcos turísticos que cruzan el río a diario para que los turistas puedan admirar y fotografiar los rascacielos, había encontrado el cuerpo de un niño en la orilla, flotando boca abajo, mientras preparaba su barco para comenzar la jornada. Era el cadáver de Leo.

Si esa noticia por sí sola ya es devastadora para unos padres, lo peor vendría a continuación. El inspector nos contó que dos días antes, el hijo de un importante empresario de la ciudad, del que se sospechaba estaba metido de lleno en asuntos de corrupción y blanqueo de capitales, había sido secuestrado en unas circunstancias parecidas a lo que nos había ocurrido a nosotros aquella maldita noche.

A continuación sacó dos fotografías, una de mi coche y otra del coche que conducía el empresario la noche del secuestro. Era el mismo modelo, el mismo jodido modelo en el mismo jodido color.

Al final, el resultado de haber estado ahorrando varios años, de haber hecho grandes sacrificios por comprarme aquel coche, el coche de mis sueños, había sido que nos confundieran con el empresario y su familia, y se llevaran a nuestro hijo por error.

No fue difícil suponer que cuando se dieron cuenta del error y consiguieron raptar a su objetivo, Leo no era más que un estorbo y decidieron librarse de él sin miramientos. Leo, mi pequeño Leo.

No soy capaz de describir con palabras todo lo que vino a continuación. ¿Cómo plantearse seguir adelante? ¿De dónde sacar fuerzas? Sólo diré que Emma no pudo responder a estas preguntas, y encontró la única respuesta en un frasco de pastillas. Me quedé solo.

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