De Otra Manera

Ese cartel publicitario era un grito en mitad de una noche muda. Unas letras punzantes, un mensaje claro en mitad de una carretera donde la soledad es constante; todos vienen, todos van, pero nadie se queda. Yo, por suerte o desgracia, levanté la vista y me fijé en él. Y como si una señal de stop se tratara, mi mente se detuvo, el motor del coche se ahogó en la oscuridad y un par de caras conocidas se presentaron en los asientos traseros. Sus miradas se clavaban en mí a través de los retrovisores y, en un intento inútil por dejarlas atrás, aceleré hasta que no pude más; como si pudieras librarte de algo que llevas bajo la piel. Hay distancias que no son tangibles en kilómetros. De nada sirve correr. Se puede estar a un metro de una persona en este planeta y a años luz en el mundo invisible en el que se hilvanan las emociones y se esculpen los miedos. Tómatelo de otra manera rezaba el luminoso. Y luz es lo que hacía falta en una cabeza que empezaba a asemejarse a una calle a los ojos de un borracho: cientos de estímulos, pero ninguno certero; decenas de ruidos y ninguno perceptible; infinidad de labios y todos fríos, ásperos e intrascendentes.
El cartel se quedó atrás y el resto vino conmigo. Encendí la radio y me sumergí en la canción que el locutor acababa de introducir. Tomándome las cosas de otra manera. Aceptando que hay cicatrices que son eso, heridas cerradas cuyo dolor está ya lejos, pero cuyos efectos perduran en el tiempo.

03 / octubre / 2016

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