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En Los Bolsillos

En sus bolsillos ya no había hueco para gilipolleces.
Y por gilipolleces entendía todo aquello que no le proporcionara un estímulo casi inmediato. La calada a un cigarro, el alcohol acariciando su garganta con aspereza o un orgasmo sin adornos en mitad de un motel de cualquier carretera secundaria de este país.
Su vida era una colección de clichés. Se parecía bastante a esos tipos del cine que ya no tienen nada que perder, salvo por una abismal diferencia: la belleza. En sus días no había nada digno de admirar, ningún filtro de fotografía maquillaba sus despertares y ningún director de renombre dirigía sus vertiginosas caídas por el retrete. No, aquí todo era tan real que asustaba.
Apestaba, apestaba él y todo lo que estuviera a tres metros o menos de su figura. Su camisa tenía una apertura a la altura del pecho que permitía ver el asimétrico nacimiento del vello en su torso. En el pecho de un fornido actor de Hollywood esos tres mechones de pelo podrían haber resultado atractivos, pero no en su tostada y envejecida piel.
Así que no. Nada de gilipolleces. Paquetes de cigarrillos a la mitad, las llaves de su 205 y una cartera de cuero desgastada con una foto de su tierna infancia y algo de dinero en su interior.
Y en la guantera de su querido bólido (para él lo era), un mapa con las carreteras marcadas y sin indicaciones eficaces de voz. En su cabeza, una ruta improvisada para cada día, una aventura de duración limitada, hasta que aguantaran los billetes o el cuerpo.
Una vez tuvo el enésimo cigarrillo en los labios, prendió las entrañas de su coche y puso rumbo a ninguna parte. Era suficiente con el rugido de aquel veterano motor y con el sol tocando el horizonte frente a él.
Cuando se cruzaba con otros viajeros, casi toda interacción se traducía en carcajada o mirada de desprecio. Desagradecidos que pagan por ver a un desgraciado como yo en la gran pantalla con un apellido mucho más comercial.
Al cabo de unos kilómetros tuvo el impulso de escrutar su foto de juventud, porque haría cerca de 6 meses desde la última vez que la observó con cierto interés. Con media vista en la carretera y la otra media en la instantánea, se percató de que en la mirada de aquel chiquillo había esperanza, puede que ilusión. Aquel niño de 11 o 12 años tenía ideas, tenía metas.
Ni siquiera parecían el mismo ser. Había demasiado fracaso en aquella piel para pensar que se tratara de una misma persona. Así que, por un momento, le pareció percibir cierto tono de reproche en los ojos de aquel chaval. Sí, le miraba decepcionado, avergonzado, con aires de superioridad. Con la certeza de que todo lo que estuviera por venir sería bueno.
Bajó la ventanilla, arrojó la foto al arcén y fue entonces él quien lanzó un reproche: No tengo tiempo para gilipolleces. Haberte esforzado más.
A los pocos segundos se echó a reír, se envolvió en carcajadas. Tomó aire, aceleró y cogió otro cigarro. Ahora sí, en sus bolsillos, todo estaba en orden.

Adrielegance04 de febrero de 2019

3 Comentarios

  • Laurac

    Maravilloso.

    06/02/19 11:02

  • Karenrz

    Muy bueno.
    Saludos.

    07/02/19 05:02

  • Adrielegance

    Muchas gracias por leerlo :) Me alegro de que os guste.

    07/02/19 04:02

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