Naufragio

¿Te imaginas si hubiésemos tomado el camino correcto? o, mejor aún, ¿las decisiones correctas? tal vez este puñado de personas, cansadas de la esclavitud, habrían terminado como empezaron. Llenos de esperanza, en busca de un mejor por venir. Y es que, la vida hasta cierto punto nunca había sido peor ni mejor. Nos acostumbramos a un salario que apenas alcanzaba para dos piernas de algún pollo flaco, sin omitir el pan duro que podíamos conseguir, por unas cuantas labores extras. Lo más indignante era que sólo nos alcanzaba para dos o tres piezas. Todos teníamos miedo de tener más de dos hijos. Eso claramente significaba una porción menos a tu plato. Sin embargo, aquí íbamos de nuevo. Navegando hacia una isla vecina, en la que se podía recoger un poco de fruta, vegetales y agua en el riachuelo que descubrimos un año atrás. Honestamente, si no fuese por las huertas que sembramos, ya hubiésemos perecido por la hambruna o, en el peor de los casos, a causa de piojos que se encargaban de esparcir algunas enfermedades. A pesar de eso, aquí nos veíamos de nuevo como todas las noches, cuando era fin de semana. Unos cuantos hombres iban a menudo a visitar la isla, para corroborar que los animales o alguna formación natural no hubiese matado el huerto. Pero esta noche íbamos la mayor parte de los adultos. Eran los días en que la isla era bendecida por las lluvias y cuando más cosechaba obteníamos. Por este motivo es que se necesitaban todas las manos posibles. La mayoría portaba cestos y otros jarrones de barro. Aquellos jarrones que adornaban a la pequeña comunidad.
Temerosos por ser atrapados, permanecíamos en silencio todo el trayecto a la isla, pues se creía que el viento podía soplar y llevarse nuestras conversaciones hasta los oídos de los altos mandos. Si seguías las reglas de no mirarlos a los ojos, no dirigirles la palabra y obedecer cada uno de los mandatos podría decirse que vivirías en paz. Éramos como malditas mascotas; putas sumisas. Sin embargo, el hambre hace que el hombre haga cosas. Una de esas cosas era ésta. Cuando por fin pudimos ver la isla, comenzamos a remar hasta con nuestros brazos para poder llegar más rápido. Era una tarea extremadamente demandante, pues cualquier minuto que perdiéramos, era una preocupación más. Temíamos ser descubiertos. Quién sabe qué cosas nos harían o les harían a nuestras familias. Cuando llegamos a la orilla, comenzamos la operación. Todos ya sabían lo que tenían que hacer, para así no tener que perder el tiempo. Estaba oscuro y eso podía dificultar las cosas, pero no íbamos a dejar a nuestras familias morir de hambre si podíamos impedirlo. Algunos corrieron a arrancar la fruta y vegetales y otros se preparaban con los jarrones, canastas y bolsas para así depositar lo que se recolectara. Era casi perfecto. Claro, esta mañana todos tendríamos un festín en nuestras casas con nuestras familias. ¿Cuánto nos duró este sentimiento de satisfacción? Sólo 10 minutos. Se escucharon gritos desde el riachuelo y eso fue suficiente para alarmar a todo mundo. Yo estaba alarmado. Algunos corrimos a la balsa sin nada en las manos, y otros arrastrando lo que habían recolectado, pero no fue hasta que se escucharon disparos cuando ya no importó dejar atrás esas bolsas y canastas con comida. Corte la soga que impedía que la balsa fuera llevada por la marea a medida que los disparos comenzaban a escucharse más cerca. La desesperación arribó cuando más de cinco personas arriba de la balsa, fueron alcanzadas por ellas. El pánico nos albergaba y nadie estaba pensando con claridad. ¿Quién podría habernos hecho esto? entre más vueltas les daba a las cosas, menos comprendía. Lo más sensato que se me ocurrió fue pensar en la posibilidad de que habían estado esperándonos. Como si fuese un tipo de emboscada. Maldita sea la hora en que salimos llenos de esperanza. Cuando regrese en sí, mire a mi alrededor y vi los cuerpos que yacían en la balsa. El horror que estábamos viviendo nos hizo abandonar gente en la isla. No miraba nada más que estrellas. La oscuridad de la noche nos tragó por completo.
No dormí ni un poco. Ya era de mañana y nadie sabía a dónde nos dirigíamos. Íbamos sin rumbo, sin brújula, desorientados y hambrientos. En la madrugada algunos se habían peleado por la poca comida que algunos traían en sus bolsillos o bolsas. Se llegó a tal extremo de estrangular a otros por quedarse con su comida. Por mi parte, prefería que mi estómago se consumiera mis órganos antes de tomar decisiones precipitadas. Mi última decisión causó que muchos se quedarán en la isla. Probablemente ya estaban muertos o eran interrogados y torturados para saber cualquier cosa que pudieran usar a su favor. No servía rezar o pensar positivo. Estábamos perdidos. Así que comencé a llorar amargamente y ver al horizonte. Unos cuantos me vieron llorar y, como niños imitando a otros, me siguieron, mientras sabíamos que el viento nos llevaría a dónde quisiera. Porque estaba claro que jamás tomaríamos decisiones precipitadas. Hoy la naturaleza tomaba esas decisiones.

28 / septiembre / 2017

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1 Comentarios

  • Remi

    Triste historia de compañerismo, decisiones y cruel injusticia, tus palabras han hecho que me meta en la historia y sienta cada palabra.
    Un abrazo Agramont13.

    30/09/17 08:09

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