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Propuesta de una Metodología Filosófica

En este artículo se afirmará primero que en el núcleo del problema filosófico de la otredad reside otro problema más complejo y antiguo, a saber, el problema mente-cerebro.

Si, aceptando la condición inevitable de existir como uno, afirmo y creo en la existencia del otro, puedo estudiar el organismo de ese otro: el funcionamiento de todos sus sistemas, así como la codificación de sus genes, o podría también cartografiar la dinámica de su cerebro. Pero no puedo estudiar su mente, es decir, la suma total de los fenómenos cognitivos, afectivos y conductuales de ese otro. Dado que estoy condicionado a estudiar una capa superficial del ser de ese posible otro, es lógico y consecuente postular que el origen de la mente del otro reside en su cuerpo (o en su cerebro).

Si, por otro lado, niego la existencia real del otro, afirmando y creyendo que todo lo que pueda estudiar de ese otro cuerpo u organismo: desde las funciones de su piel hasta la de sus neuronas, o la proporción de los elementos químicos de que está hecho, todo ello, no es ajeno o exterior a mi mente, que, en definitiva, es mi propia existencia la que estoy estudiando sin poder dejar de hacerlo en algún momento; entonces, como consecuencia lógica de este solipsismo metodológico, afirmaré con absoluta legitimidad que el origen de mi cuerpo u organismo, lo mismo que en los otros, está en la profundidad de la mente (que sueña y despierta) y no al contrario.

Como se puede deducir de lo antes dicho, en el corazón del problema mente-cerebro late también con insistencia el otro problema de la existencia o no de un mundo externo y extra-mental, es decir, de un mundo material.

Pregunto ahora:

¿Cuál es el origen metafísico de las ideas y de los pensamientos que las construyen?

Pregunta con la cual se hace aquí referencia a dos tipos de pensamientos, los conscientes y los inconscientes (considerándose, además, que es en el ámbito de los primeros en el que la mente realiza las reflexiones, especulaciones y conclusiones sistemáticas sobre la realidad; y considerándose, también, que, al permanecer este tipo de pensamientos -los conscientes- encerrados en sí mismos, es decir, al no poder en ningún momento pensar realmente la existencia del otro, son la causa de todos los problemas filosóficos, entre ellos, principalmente, el problema de la existencia o no de un mundo externo y el problema mente-cerebro).

Considérese ahora, a propósito del problema del origen metafísico de las ideas (o del pensamiento), que existe otro problema vinculado a éste, a saber, el de las relaciones entre los pensamientos y los afectos.

Como se sabe, en el estudio metafísico que uno realiza sobre el otro, afirmando o negando su existencia independiente de la propia, es fundamental la comunicación simbólica con el otro (es decir, hacer uso de un lenguaje verbal, gestual, o de otra índole). El autor de este texto piensa que es fundamental un consenso estricto en cuanto a la significación convencionalmente otorgada a los símbolos del lenguaje utilizado durante dicha comunicación. En otras palabras, tanto el omnipresente uno como el metafísico otro han de tener la predisposición y la disciplina de precisar encarecidamente lo que quieren significar con el uso de cada uno de los símbolos de su lenguaje.

De lograrse este ideal, no sólo se conseguiría, según es la opinión de este autor, una relación de equivalencia en la dinámica de los pensamientos tanto del uno como del otro, sino que esta relación podría también ser el medio más idóneo para la consecución de otra relación de equivalencia, esta vez en la dinámica afectiva (o emocional) entre la mente del uno y la del otro. Lo que podría conseguirse, de lograrse primero ambas relaciones de equivalencia, en definitiva, sería un equilibrio mental con uno mismo, o, en otras palabras, un acercamiento progresivo a la experiencia trascendental de la unidad.

Considera el inexplicable autor de este artículo que todas estas pautas metodológicas debieran ser indispensables para la progresiva comprensión de la enigmática conciencia, la cual, a semejanza de su retardada aparición en la infancia, en mayores y elevados estados no tiene personalidad ni sexo, sino que, por el contrario, se identifica a sí misma con la unidad y totalidad de lo experimentado, es decir, con la cada vez más profunda y verdadera realidad.
30 de agosto de 2017

1 Comentarios

  • Paulitinamente

    Me quedo con el último párrafo .
    Esa es la realidad : el resto , cuerpo , pensamientos , mundo ... no son sino sus expresiones y naturalezas vivas .

    Muchas gracias por tus interesantísimas reflexiones y planteamientos

    28/10/17 01:10

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