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Cronicas Alcoholicas - la última Hora y la Visita a Los Travestis

Ha llegado la última hora de un día de mierda, como todos los demás.
Es viernes, y como viernes, ha habido mucho más trabajo que de lunes a jueves.
El cierre está a medio echar. De esa forma, adviertes a los posibles clientes despistados que se puedan colar y joderte más minutos de tu vida.
El cierre está a medio echar, porque aún quedan clientes dentro. Cuando vayan a salir volvemos a subirlo, para que no se den en la cabeza, y luego lo bajamos del todo. Algún cliente alguna vez se ha dado una buena hostia y ha sonado como si hubiera estallado la guerra mundial. Esas hostias retumban en toda la tienda.
Quedan dos clientes. Dos de los que más odio. Siempre vienen tarde y el capullo del encargado les deja pasar. Por su culpa podemos, fácilmente, salir media hora tarde.
Uno de los clientes que quedan es una vieja gorda que va vestida como de circo, con amplios vestidos de fiesta y se pinta la cara como una puta. Muy exagerado. Parece como si se la pintara con un espray. El otro cliente es un come mierda cincuentón con el pelo canoso. El muy hijo de puta se pone a bailar cuando está esperando a que preparemos lo que ha pedido. Cien gramos de chóped, doscientos de salchichón, otros doscientos de chorizo. Esas mierdas. De los cinco que somos en la tienda solo quiere que le atiendan dos. El encargado y el segundo. Si supiera lo que hacen esos marranos con las manos cuando nadie les ve se lo pensaría dos veces.
A los dos clientes los están atendiendo el primer y segundo encargados y los tres dependientes auxiliares, mientras, tenemos que barrer, limpiar, etc.
Lo viernes por la noche a última hora la tienda está que da asco. Parece un verdadero estercolero. Mi trabajo era básicamente recoger la zona de los quesos y meterlos en la cámara frigorífica y luego limpiar una de las máquinas cortadoras de embutido. En esas dichosas máquinas se acumular una cantidad de full difícil de describir.
Hay que quitar un trozo de metal protector que tiene para limpiar la cuchilla de dentro, y aquí es cuando empieza lo divertido.
Ahí hay restos de chorizo, salchichón, lomo, jamón, queso en lonchas, etc. Todos los restos de tipos de embutidos y quesos que te puedas imaginar se concentraban en aquel pequeño rinconcito del mundo. Y mi trabajo es limpiarlo. Algo peligroso cuando llevas un pedo que no te tienes, como es mi caso.
Los viernes, cuando tengo que salir de la tienda para ir al almacén que está en la acera de enfrente, me paso por el bar y me fumo un cigarro y me bebo unas cuantas cervezas y un copazo de whisky o coñac. Tengo que ir calentando motores para cuando me junte más tarde con mis colegas estar ya calentito.
Después de limpiar la máquina, si sobrevivo, tengo que barrer la parte del suelo que me toca y fregarlo, y luego ya soy libre durante unas horas.
El resto de tareas se distribuyen entre un homosexual larguirucho que también trabaja en la tienda y un chaval algo más mayor, con problemas con la cocaína.
El mariquita tiene manchas en la cara y en la piel de todo el cuerpo. Intento tocarle lo menos posible.
La cajera, que una vez que ha hecho caja se sale a fuera a fumarse un cigarro, me espera a que salga para que la acompañe hasta el metro y luego dentro las paradas que coincidamos. Depende donde vayamos cada viernes.
Es una cuarentona cachonda que se ha separado hace poco y nos enseña las bragas en cuanto tiene oportunidad. Sospecho que se quiere follar al segundo encargado, aunque esté casado. Creo que eso le da igual.
Salgo por la puerta trasera, que es la puerta que usamos los que trabajamos ahí. Salimos los tres dependientes a la vez. Los encargados se quedan un rato más. No sé si sigue habiendo tarea o es que se follan allí dentro el uno al otro.
El mariquita larguirucho se va en el coche del cocainómano y la cajera y yo nos marchamos andando calle abajo en dirección a la estación de metro.
Hoy hace algo de frío y va vestida con un vestido de noche ajustado con falda muy corta. Cuando se sienta casi se la ve el alma. Aunque en la calle no se la ve el vestido ya que lleva un abrigo largo, oscuro.
Normalmente la acompaño hasta el centro de la ciudad pero hoy yo no voy para allá. Hoy vuelvo al barrio. A casa. Me están esperando allí mis amigos.
Espero que sea una velada de tranqui. Copas, porros, quizás algo de farlopa, pero sin venir a la ciudad. Cerca de casa que estoy cansado y me quiero acostar pronto.
Me despido de la cajera en la estación, ya que ella tiene que coger un sentido y yo otro.
Puedo verla desde el vagón de enfrente. A saber dónde va. A saber quién la está esperando. A saber que polla se comerá esta noche.
Estoy loco por beberme una cerveza, pero si me voy a un bar se me va a hacer demasiado tarde.
Tras una hora de camino coñazo, llego al barrio y veo a un par de colegas en el portal de otro, esperando a que baje. Les digo que qué vamos a hacer, y me dicen los cachondos que han pensado en ir a Madrid, a reírse de las putas.
- Joder, de nuevo hacia la ciudad. Por lo menos ahora tengo chofer – pienso.

Nos montamos en el coche de Manu, que me cae como el culo pero tiene coche y nos lleva para arriba y para abajo.
Vamos Manu al volante, Jorge en el asiento del copiloto y detrás, a la derecha Marcos, en el centro “trujas” y a la izquierda, detrás del conductor, yo, Juan
Este “trujas” es bastante raro y creo seriamente que tiene un retraso mental.
Nos pasamos por una tienda de estas de chinos que abren veinticuatro horas y que siempre atiende el mismo chino. Compramos seis botellas de litro de cerveza, una botella de tequila y papel de fumar. Tiramos dirección Madrid y aún no hemos salido del pueblo y Jorge y Marcos no paran de hacerse canutos.
Yo de momento prefiero beber. Ellos ya están pedo, al igual que yo. Veo que no tienen farlopa así que veo que este sueño y cansancio no me lo quita ni dios.
Hablamos de gilipolleces durante todo el camino y yo no paro de beber. Me he bebido ya un litro y medio de cerveza y diez chupitos de tequila. Estoy muy pedo y mis párpados pesan cada vez más. No suelo fumar porros. No me gusta el colocón que dan. Y menos cuando bebo, pero alguien me ha pasado uno y sin darme cuenta me fumo la mitad. Ahora sí que la he cagado. Ya no sé ni donde estoy.
Vamos a toda hostia por la carretera y Manu abre la ventanilla. Lo agradezco mogollón. Oigo las voces y risas distorsionadas y mi cabeza cae de vez en cuando. El coche de repente ya no es un coche. Es una caja oscura y silenciosa. Yo estoy dentro. Ya no estoy borracho. Tengo un momento de claridad. Salgo de la caja y me encuentro en un verde prado en un día soleado. Miro a mi alrededor y veo, lo que parece una fábrica abandonada. Corro hacia ella y me meto dentro. No hay nadie. No hay nada. Solo tuberías por todas partes. Tuberías viejas con telarañas. Recorro la fábrica. No hay nada interesante excepto algo que me llama la atención.
Una puerta cerrada. Está limpia y parece nueva. Es la puerta a otro mundo. No sé porque lo sé, pero lo sé.
Abro la puerta y me veo a mi mismo. Ahora soy el de dentro de la puerta y fuera no hay nadie. Salgo a la fábrica pero ya lo he visto todo. Vuelvo a la puerta. La cruzo y todo se desvanece. Caigo lentamente por una especie de espiral de colores. Estoy a gusto. Siento bienestar. Luego cojo velocidad y la espiral ya no es de colores. Ahora es oscura casi negra. Ya no tengo claridad, sino mareo. De la espiral paso a estar en el coche de Manu de nuevo y todos ellos están gritando. Creo que estamos cayendo por un precipicio. El coche gira sobre sí mismo y todos gritamos. Parece que ha llegado nuestro final. Vamos a morir. Pero no, el coche va parando de girar poco a poco, el exterior toma forma y de pronto estamos pasando por una calle de tantas de la ciudad. Una calle de putas. Una calle de travestidos degenerados. He despertado y he visto cuatro bocazas gritándome en la puta cara. Ni me inmuto. Miro por la ventanilla y solo veo tíos con tetas y rabo, y mis amigos no paran de reírse.
Sigo estando muy borracho. Me tengo que levantar dentro de un par de horas para volver al trabajo y ni si quiera me he acostado aún.

03 de junio de 2011

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