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A Falta de Quietud


Rugen las calles de esta ciudad empequeñecida a causa de la desazón de los hombres y el hedor de las cucarachas que mutan a base de artificios y, en algunos casos, de sobresueldos conquistados gracias a enmascaramientos maquiavélicos. Se agolpan las esperanzas de las personas de bien en los catalejos de la congoja, en la mímica benevolente que dijo “adiós” por falta de espacio y relevancia, y en la ira que se contiene gracias al sentido común (que es el más escaso de los sentidos). Acampa el sol en el rostro de la mujer apesadumbrada, cansada del episodio de existir. Poco antes del amanecer, cuando todo significaba poco más que nada, un aire ígneo había destruido su esperanza y sus ansias de renovar a sus allegados. Esto ocurre mucho si optas por apostar todo lo que tienes a favor del ser humano, justo ahora, cuando de “humanos” nada de nada, pero de “ratas amenazadoras” todo lo que imaginemos y más. No obstante, el sol sale todos los días porque puede, porque para eso es un dios astro y los demás venimos siendo un atajo de seres mortales con ambiciones inservibles. Aún así, la dinámica del sol también es calidez, vida subsanada en el líquido elemento y vitamina que anima al que se deprime por saberse clarividente. A falta de quietud de nada vale disparar dardos de cólera al viento, ni siquiera es provechoso sacarnos los ojos los unos a los otros, aunque nos agrade, aunque esté de moda, aunque hacer esto nos derive hacia una sociedad perturbada, que no sabe de honradez, ni de manos abiertas, ni de verbos sinceros que nos ayuden a calmar la zozobra de cada día. “A donde quiera que vayamos en medio del movimiento y la actividad, llevemos con nosotros la quietud. De esa manera, el movimiento caótico que nos rodea jamás nos ocultará la puerta de acceso al manantial de la creatividad, al campo de la potencialidad pura”, indicaba Deepak Chopra. Y enseguida los rayos del astro inmutable manosean la tez de la mujer apesadumbrada consiguiendo que una paz interior haga que retornen las fuerzas. Sucede que tras la tenebrosidad reside el soplo de concordia necesario para afrontar el débito de la existencia; tras la ruina de la soledad que nos apuñala por la espalda se halla un surco de cognición que masculla palabras alentadoras, sinceras, repletas de apego y resurgimiento. Acampa el sol en el talante de la mujer que cedió su vida a cambio de un minuto más de quietud, sin más ni más.
30 de abril de 2012

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