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La Vida es una Mierda

Desde hace tiempo ya no me encuentro con borrachos ilustres. Se van extinguiendo aquellos hombres de taberna recia, grandes bebedores de vino tinto servido en cunca, limadores augustos de boina que modula carácter y cognición. Ahora cualquier bebida puede estar de moda –échale la culpa a la globalización- y tal vez sea por esto que también cualquier borrachín puede llegar a marcar tendencia.

Se apunta por ahí que en España somos muy aficionados a la bebida, yo diría que esto no es del todo cierto… aquí somos profesionales. Pudiera decirse que cualquier momento es bueno para tomarnos una copa al son de una excusa barata o un lloriqueo momentáneo, y así entonar cantos de sirena mayormente encallada o disgustada por motivos propiamente humanos. También hay personas que aseguran que los niños y los borrachos dicen siempre la verdad. Yo sobre esto sólo diré que he tenido la oportunidad de escuchar aventuras –y desventuras- que mejor sería que se hubieran aparcado en el paladar de un beodo cualquiera, ya que saber la verdad conlleva una responsabilidad que muy pocos pueden asumir.

"Buscamos la felicidad sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una", aclaraba Voltaire al tiempo que le servían la penúltima copa. Pero, allí donde se quiera mirar con ojos de avistamiento real, siempre se encuentra. Yo no sé si todos los borrachos dicen siempre la verdad, tampoco es algo demasiado transcendental, pero si escuchamos con atención la voz renqueante de los susodichos, sin duda podremos aprender más de lo debido -o de lo bebido-.

Hace años, estando yo en un afamado pub galés donde los grifones son un noble estandarte, tuve a bien situarme entre varios de estos grandes seres, hombres embelesados por las pintas de cerveza, con el propósito único de ir matando el tiempo como quien mata oleadas de éter. Pinta tras pinta el jolgorio iba en aumento, y enseguida surgieron varias preguntas transcendentales que dieron paso a los problemas básicos del espíritu humano -y divino-. "¡La vida es una mierda!", soltó uno de ellos con tono de "tengo más razón que un santo". Enseguida se vio el hombre ovacionado por asentimientos varios y una ronda más de rubia en honor a tal afirmación. "¡Os digo que la vida es una mierda!", volvió a expresar el tipo, ahora con mayor énfasis, tal vez desde su razón ciertamente alcoholizada.

Sólo uno de aquellos insignes personajes no expresó nada, a no ser miramientos extraños hacia el individuo que había exclamado. Él solamente iba dando leves sorbos a su cerveza, con una mano en el bolsillo y la otra agarrando con fortaleza la jarra de rubia. Al final hizo un gesto con el rostro, como indicando que quería pronunciar algo revelador. El resto del grupo le miró sin demasiadas ganas. Entonces habló: "La vida es una mierda… Lleváis toda la noche quejándoos, diciendo que la vida es una mierda. De acuerdo, es una mierda, pero… ¿si la comparamos con qué?". Maravillosamente aquel beodo les había dejado sin respuesta, K.O., jaque mate, golpe metafísico en toda la cara…

Yo esa noche regresé al hogar dándole vueltas a la cuestión muy concienzudamente… mas no hallé respuesta.
17 de noviembre de 2013

1 Comentarios

  • Polaris

    Yo en mi época rebelde decía que la mierda es vida, hay gusanos que nacen de ella.


    Pol.

    19/11/13 08:11

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