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Vida Voluble

Llega la noche con su ramalazo de nerviosidades. Algunos jóvenes sediciosos buscan consuelo bajo el amparo de la honestidad al tiempo que los ancianos rebuscan excusas para poder morir en paz. Se presenta la noche como un ladrón que no tendrá compasión, y las preguntas de toda una vida van floreciendo a consecuencia de la fuerza que les suministra un lugar casi olvidado, un lugar llamado normalmente “conciencia”: ¿Acaso no es la conciencia un argumento apto para que los anacoretas concluyan al fin ser salvadores de sí mismos, sobre todo ahora que conocen la espeluznante perversidad de los hombres comunes? No es agradable ver el rostro de la muerte cuando estás a un paso de convertirte en papilla de gusanos bebedores de cerveza envejecida. Cuando al fin sabemos que la vida es voluble, la futilidad del espanto nos ronda, y así es que nos vamos transformando en gestos homicidas que evitan ser vistos por los demás gestos. Aún así, conozco un terreno apartado donde las vanidades rara vez piden de comer; sé de un cántico de otoño regulado por los obeliscos del cuerpo de una mujer en cinta, reconozco el sentimiento (blanco-azul-perpetuo) que enreda las migajas de una tarta de queso y la acaba transformando en un crepúsculo de ingenuidades. Probablemente sea yo un ensoñador con muy pocos recursos ahora que compito en un mundo repleto de tosquedades. Rítmicos vaivenes de seda laten en mi memoria desatendida a causa de las depravaciones, de los juicios aparentes, juicios habitualmente financiados con billetes de sangre, lobreguez y esperma. Y en la negrura de lo que va sucediendo surge la lúcida reflexión de Johann Wolfgang Goethe cual bufido conjugado por el dialecto de los dioses: “El mal está sólo en tu mente y no en lo externo. La mente pura siempre ve solamente lo bueno en cada cosa, pero la mala se encarga de inventar el mal”. Lo cierto y verdad es que solemos estar al tanto de nuestras culpas cuando la vida pesa poco más que un suspiro, cuando las preocupaciones son tan informales como un saco de plumas que alguien le robó a un ganso sin seguridad social. La conciencia se enciende con luces de mudez y desasosiego cuando la vida llega a su fin: en ese preciso momento la gnosis elemental se introduce en nuestra sangre a base de preguntas que nunca nos hicimos y que semejan cruciales y evidentes. La confusión, la cognición, la luz que es insuficiente en el brete final… Sólo cuando intuimos que ahí fuera existe una extensión de millones de siglos, comienza a menguar la mayor de nuestras soberbias.
Alexandervortice24 de agosto de 2012
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