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Madurando

Ver los sueños rotos rodar por las escaleras debe ser, sin duda, uno de los peores sentimientos que acompañan la adultez. Sin embargo, es posible que sea justo ese el que nos hace “madurar”, como tan desesperadamente necesitamos todos –o eso dicen-. Lo que nunca entenderé es la relación entre la madurez y la limitación de espíritu. Parece que la libertad no es lo suficientemente madura, adulta y bien colocada en la sociedad.
¿En qué punto decidimos entre nosotros y la madurez? Porque casi nunca son la misma cosa. La madurez es la traición, por todos los medios y de todas las formas, a nuestra alma. Queremos vivir, vivamos, el mal de estos tiempos es pensar antes de actuar.
¿Yo? Yo siempre quise ser escritora, pero con la madurez vino la certeza de que carezco de talento. También vinieron otras cosas como las tan anheladas responsabilidades que todo el mundo parece buscar desde la cuna, las deudas y el cansancio diario, por sobre todo y para todo. Vaya fiasco es esto de ser mayor.
¿De haberlo sabido habrías decidido nacer? Yo sí, porque nada se compara con las pasiones de la vida, esas que nos hacen cuestionarnos hasta el mismísimo espíritu y nos revuelcan las ideas, esas que no tiene madurez que las detenga. No estamos perdidos, nos quedan ellas todavía, se cuenta que pueden ser la salvación. Caigamos siempre en las tentaciones, dejémonos arrastrar por la pasión desenfrenada, porque a eso vinimos a esta tierra: a vivir. Si no duele no es vida. Si no arde no es vida. Si no quema la garganta con cada sorbo, si no revuelve cada entraña de nuestro desmejorado cuerpo, no es vida.
Ambarhelena04 de marzo de 2015

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