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El Circo de Los Espejos. #10 - El Anciano Del Lago.

Capítulo 10
El anciano del Lago, parte 1.

El Arlequín clavó sus ojos sobre el Viejo. —Quiero que quede claro, que no ignoraré ese asunto como si fuera cualquier cosa, Merlín.
—Todo pasó muy rápido. Y a pesar de cada cosa que él ha hecho, no tengo el derecho egoísta de enmendar ese error. Pero lo haré.
Los pies del Viejo hombre jugaban con la tierra como si fuera un niño pequeño. Marcó una sonrisa mientras su pecho se apretaba de fuertes latidos. La presencia del Arlequín no era una buena señal, mucho por el contrario, era sinónimo de catástrofe, y eso lo había aprendido a las malas. Pensó en Yoshira un minuto. Concluyó lentamente que de todos los Rein’s ella era quien menos daño provocaba a la gente, era la solución final a todos los problemas que aquejan a la persona. Un cáliz bendito de aguas milagrosas.
—Te he dicho ya hace mucho tiempo, Merlín. Que si no te hacías cargo de él antes de que hiciera un alboroto, yo lo eliminaría. Esta fue la gota que derramó el vaso. Esto queda fuera de tu alcance, las riendas son mías ahora.
—¿Que harás?.
Preguntó Merlín disparando una sonrisa más bien seca. Volvió solo un poco sus ojos al Arlequín. —A este punto ese hombre quizá tenga más de un Rein en su poder.
—¿Qué es, un Rein?.
Irrumpió la voz de Áster de repente. Merlín y el Arlequín se volvieron hacía el joven castaño. No era adecuado que un pequeño de su edad escuchara conversaciones tan importantes. Pero lo que más preocupaba a Merlín era el hecho de lo que era el chiquillo en sí mismo. No solamente era un Rein como Yoshira, mucho por el contrario también poseía la posibilidad de desarrollar la habilidad de Visión futura. Merlín lo sabía perfectamente, él fue el primero que la implementó. Solo sus descendientes tenían esa habilidad. Un regalo de su padre, el demonio mayor.
Incluso el Arlequín se quedó en silencio. Sus pasos suaves rompieron la fría tensión que había ocasionado la pregunta de Áster. Se paró frente al chico para segundos después acariciar su cabello. Merlín no se hizo esperar y sacó su varita con un objetivo claro, la frente del muchacho.
—Disperse.
Con eso bastó para que el conjuro mágico del hombre viejo se disparara con la forma de una bolita de luz color azul neón. Los recuerdos de Áster con respecto a todo lo que había oído se irían en unos segundos. Como un cristal que se rompe. El castaño calló inconsciente siendo tomado en brazos a tiempo por el hombre del antifaz carnavalesco.
Le recostó sobre la grama. Dormía tan profundamente que parecía que no despertaría. Merlín sonrió suavemente, pues ese muchacho, ese Rein que estaba allí era un orgullo para sí mismo. Proveniente de su línea sanguínea. Un descendiente suyo que se había vuelto un Rein por cuenta propia, y que un día desarrollaría la visión futura.
No hubo más que charlar en ese momento. El hombre de la capa de colores se despidió con la mano y con pasó de soldado. Merlín sabía lo que tenía que hacer, todo se acercaba a su punto cumbre, ahora es cuando vería como es que cada cosa se derrumbaba. El ego de un creador bañado en aires de triste soledad era lo que movía ese mundo.

Las suaves patatitas de Lord Guílleme sonaban por todo su piso de madera. Recorrió por lo menos siete veces completas el perímetro de su despacho antes de lanzarse sobre su sillón principal tras un gran escritorio de madera bien labrada y con 3 columnas bien altas de libros viejos.
El canciller supremo del Parlamento Infinito ahora estaba metido en gran embrollo. Conocía a la perfección los planes de Lord Jesteralt, todo consistía en una suave formula para llegar al poder, colocar a todos los miembros en contra del Canciller principal, luego respaldado con el poder de un buen ejercito provocar una guerra contra el País de las Ardillas y erradicarles de manera definitiva en una exhaustiva caza. Como resultado todo convergería hacía la toma del poder por parte de las Serpientes valiéndose de esas horrendas voces hipnóticas que tanto empleaban al hablar, en conjunto también con el poderoso veneno que se hundiría en las venas de todo aquel que alzará siquiera la voz contra el mandato final de los reptiles. No era la primera vez que esto pasaba en ese mundo pues hace ya varios ciclos la guerra se había desatado sin cuartel en todo aquel paraje que nunca se mueve. Aun con el recuerdo horrendo de lo que alguna vez fue el final de una era obscura lo que más aterraba a Lord Guílleme era que ese tramposo canciller no tardaría mucho para obtener el Circo de los Espejos también.
Jesteralt, esa sucia serpiente traicionera estaba moviendo todos los hilos arreglando conspiraciones al tiempo que con avaricia juntaba recursos económicos y bélicos. Guílleme tenia todo hasta el cuello al confiar en Yoshira. Si ella llegará a fallar por alguna razón todo acabaría para el y todo lo que alguna vez buscó proteger. Los humanos no tenían un canciller dentro del Parlamento, por lo que sus acciones eran juzgadas por el Canciller Supremo, si Jesteralt obtenía el poder era más que inevitable una masacre contra toda la humanidad sin lugar a dudas. El Creador se había ausentado tanto tiempo desde que todo el mundo fue hecho por primera vez, con el soplido de su aliento brotó el primer pastizal en la Colina del Inicio, y con la primera lágrima que broto de su efímera tristeza comenzó a andar el primero río de ese mundo inmóvil. El Creador era un ser enorme de poder y de un físico sumamente pequeño, las ardillas el animal en ser creado primero poseían el privilegio de estar en contacto directo con el, y aun así sus mentes lo percibían como el propio Sol que se alzaba cada mañana del día infinito, nunca nadie vio su rostro ni escuchó su voz. Nunca nadie vio cual era su forma real o si en verdad pudiera ser algo tangible o que reflexionara, pues para ellos era una esfera de creación inmensa que sollozaba en ocasiones. La lluvia de ese mundo siempre era la misma desde el inicio de la creación, las lágrimas del Creador que caían una y otra vez sin cesar. Era bien cierto que a veces llovía y en ocasiones no caía una sola gota de agua, todo cambiaba día tras día en forma aleatoria pero el día siempre era inmovible. Ese mundo estaba condenado a vivir para siempre el 5 de Febrero, como última voluntad irrompible del Creador, como el Sombrerero atrapado para siempre en su fiesta de Té. Ese mundo era una prisión de los sueños y anhelos de los humanos, de los propios humanos, y en sí mismo de los no humanos. El Creador era en toda la extensión un ser incomprensible cuyo poder era absoluto.
Guílleme cayó a la tierra de nueva cuenta cuando Lord Eustace tocaba a la puerta de su despacho por quinta vez.
—Es urgente.
Masculló la diminuta voz del Canciller de los Jerbos.
—Adelante.
Respondió Lord Guílleme aclarando su garganta un momento. Respiró con profundidad mientras el pequeño jerbo marrón se apresuraba a tomar uno de los asientos de piel al lado opuesto del escritorio. Arrojó un par de pergaminos sobre el escritorio de Guílleme. —¿De qué se trata?. — se robó uno en los patitas para echarle una hojeada rápida. Lord Eustace tragó saliva por unos segundos al ver como el Canciller Supremo quedaba atónito ante lo visto. —¿Cómo es posible tal cosa? . — Cuestionó la ardilla con el aliento totalmente fuera, su corazón se había acelerado a casi reventar y sus patitas con las que sostenía el papel temblaban fuertemente.
—Me temó que se ha ido de nuestra jurisdicción. El Arlequín en persona esta involucrado en todo este embrollo. No existe mucho que este dentro de nosotros para poder interceder en un resultado favorable.
Guílleme se hundió en maldiciones soberbias dentro de su cabeza. Era cierto que podía haber actuado antes de que todo los problemas se agravaran a un punto tan drástico, poco podía hacer en ese momento. Ese papel mostraba claramente que la ruta de otro grupo de viajeros era la de llegar al mismo destino que ya estaba otros dos: El país de los conejos.
Cerró los ojos buscando la oración correcta, pues lo momentos que estaban por llegar serían ciertamente poco más que turbios. Eustace se acomodó el saco mientras Guílleme se armaba para tomar otro pergamino, esta vez le reviso más a profundidad. Se trataba de un informe completo de la batalla sucedida en Valle Rocoso, un suceso que aunque había visto en persona en una reunión con los demás cancilleres, resaltaba un punto muy importante en una moldura un tanto más obscura que las demás.
El sujeto que se ha puesto a prueba como parte del posible puesto de Canciller de los Primates, ha entrado en contacto con magia muy extraña proveniente del mundo exterior. Se recomiendo tomar en cuenta posibles hechos relacionados con el pasado del sujeto. La magia también presente similitudes a las del Circo de los Espejos, y podía originarse allí.

Guílleme se cuestionó con un par de cosas más, preguntó constantemente a Eustace sobre como iban las relaciones políticas, tratando de amenizar un poco el ambiente. Durante varios minutos, aunque la ardilla continuaba leyendo los pergaminos llenos de anotaciones intrincadas sobre los miembros del grupo de Yoshira, clavó sus ojos directamente sobre el expediente que presentaba uno en particular. Hamelín, aunque sobre el papel aparecía como el Flautista sin Nombre. Abrió los labios y comenzó de nuevo una charla amena para Lord Eustace para quien el tiempo pasaba tan lento que bien podía haber colocado ya huertos de nabos que hubieran dado su vegetal a tiempo, y quizá hasta pasados.
Con la revisión del expediente de Hamelín, bastante más completo que el resto, Guílleme se levantó de tajo. Miró a Eustace unos segundos.
—Conozco perfectamente la situación de estos chicos. Y aun así, hay algo que no me cuadra del todo.
Eustace se hundió de hombros, sus ojos comenzaron evasivas a los fijos avellana del Canciller Supremo. Y Guílleme no era un novato en asuntos interrogatorios, se había leído ya varios tomos de esos que los humanos usan para casos de justicia, que en todo momento habían sido prohibidos para el alcance de los animales con miedo a contagiarse de los males y la demencia característica de los horrendos seres humanos, pero Guílleme tenía acceso a cuantos quisiera de ellos. Ser el Canciller Supremo tenía sus privilegios. —¿Por qué no se me ha entregado el informe de los otros viajeros?
—¿Otros viajeros, mi señor?
Guílleme sonrió un poco, no estaba divirtiéndose, más bien sentía que alguien retaba su inteligencia; con la misma saña con la que intentaba sacar partido de su buen corazón. Exhaló suavemente y volvió a colocar presión sobre Eustace. Señaló claramente los documentos.
—Todos los pergaminos representan un informe detallado sobre las acciones de Yoshira, El Maestre los Circos Falsos, El Flautista sin Nombre y Lord Ferdinand.
Fulminó a Lord Eustace con severidad. —Pero en ningún momento se habla de aquellos que seguían a Yoshira. —Dio un golpe sobre la mesa. —¡De todos los que están contra mi jamás pensé que tu serías parte de ello, Eustace!
El jerbo se levantó de la sillas, temblando por la sentencia de Guílleme. Se volvió un poco hacía el Canciller Supremo y le sonrió con los labios apenas abiertos.
Guílleme cerró los ojos totalmente decepcionado, gritó mil maldiciones al jerbo hasta que logró echarle de su oficina. Lo último que oyó es la puerta cerrarse tajó antes de lanzarse sobre su silla de nueva cuenta.
¿Cuántos movimientos había hecho ya ese resbaloso de Jesteralt? ¿Por qué protegía tan apecho la privacidad del otro equipo que iba por Yoshira? Pero de todas las cuestiones que en su cabeza andaban la más importante era: ¿Cómo había logrado comprar a los otros Cancilleres?. Meditó unos segundos y se puso de pie nuevamente, no sería raro si alguien entrara ya mismo a su despacho a intentar acabar con el. Pero el estilo de Jesteralt era para nada así de vulgar, así que podía descansar tranquilo. Odiaba a esa serpiente con todas las de la ley, y sabía con mucho lujo de detalle que el sentimiento era reciproco pero, aun así, debía fingir tranquilidad. Ahora todo quedaba en manos de Yoshira.
Tomó el papel a lo mismo que una pluma especialmente diseñada para sus deditos. Una bella pieza bien labrada en metal delgado y muy obscuro, pero liviano al tacto, parecía la réplica de una pluma de ave pues de su tronco, conforme se iba hasta arriba, salían delgados hilos que daban forma de hoja. Comenzó con letra muy pulcra y suave, algo apretada como acostumbraba, pero conforme pasaban las oraciones se dio cuenta que se hacía cada vez menos clara, estaba nervioso eso era más que evidente, pero no lo admitiría así de sencillo. Terminó al cabo de unos 7 minutos más y se dedicó otros 2 para revisar que llevara una ortografía perfecta.
La colocó en un sobre pequeño, pero bien cerrado, el papel era suave y estaba un poco amarillento, no de vejez, a Guílleme le parecía un poco más sobrio entregar el cartas de esa manera. La puerta sonó con 3 golpecillos leves, la ardilla analizó rápidamente el sonido, venían de la parte de arriba de ella, y dado que era tamaño humano se daba una idea de que no se trataba de ningún Canciller.
—Adelante.
Farfulló Guílleme. Unos segundos más tarde por el umbral pasó un hombre con un traje alargado de las mangas. Delgado y de ojos más bien marrón. Su cabello era un gris bien gastado pero abundante todavía, peinado hacía atrás. La cara era otro asunto, tenía unos 30 y tantos, algunas arrugas leves y una cicatriz pequeña encima de la ceja derecha. Labios prominentes y una nariz del todo fina. Piel blanca y una mirada tan poco expresiva que bien podía arrastrar una tormenta de nieve tras el. Guílleme tomó un rápido vistazo a la mano derecha, sostenía una varita de madera.
—Muy buenas tardes, Canciller.
Dijo el hombre dando una reverencia tan pronto como acabo su frase. Lord Guílleme estaba totalmente condenando en preguntas, sonrió amablemente a su invitado y señalo la silla.
—Disculpe, generalmente no tenemos visitas de su tamaño, honorable señor.
El hombre negó con la cabeza para indicar que estaba cómodo allí. Se aclaró la voz y se plantó firmemente sobre lo que tenía que hacer.
—Mi visita no es simplemente una de socialización. Me temó que pronto tendremos un gran conflicto cerca del País de los Conejos.
Lord Guílleme alzó una ceja algo sorprendido. Estaba bien enterado de la información que apenas se le había entregado hace poco. ¿Cuántas trampas había enmarañado Jesteralt? ¿Había el permitido la fuga de la información?. —Pero también estoy aquí para informarle sobre los asuntos que respectan a una conspiración en su contra, de la que, haciendo alarde a su amplio conocimiento enciclopédico, estoy completamente seguro, usted ya esta enterado.
—En efecto que sí. Me he enterado ya desde hace un tiempo sobre ello. Pero siendo sinceros es lo que menos me preocupa por ahora. Muy a pesar de todos los movimientos que puedan suceder.
Guílleme repasó en su cabeza los pergaminos que había leído. Por unos instantes la imagen de Lord Eustace sonriendo de esa seca manera le pasó en la cabeza, pero la borró casi al instante.
—Me he enviado mi Maestro para procurar su protección contra posibles eventos...
El hombre dudó unos segundos, escogió el léxico correcto y suavizo el tono con el que se dirigía. Bajó un tanto la cabeza y sonrió amablemente. —Poco gratos para su persona.
—¿Y quién es tu maestro?.
Con una gran sonrisa de por medio, el hombre se arrodilló ante el Canciller Supremo. Puso su mano derecha sobre su pecho y alzó la cabeza estirando un poco el cuello.
—El sorprendente Mago de Oz.
Guílleme abrió los ojos de par en par.

Hacia ya más de media hora que Yoshira había estado junto con Dorothy. Hasta el momento no habían hablado de cosas realmente intrincadas, nada más allá de como lucía el país o que tan buena era la comida que daban en esas chocitas tan pequeñas. El sol ya casi se había terminado de poner, pero el cielo ya estaba casi negro a excepción de la franja por donde el astro empezaba su sueño. Totó parecía estar de lo más cómodo en brazo de Yoshira, se había quedado dormido ya varias charlas atrás.
A pesar que ambas eran castañas, para ser precisos del mismo color exacto, Dorothy tenía algo especial que le hacía recalcar de Yoshira. Era en evidencia más alta que esta ultima. Y su busto era levente más hinchado que el de la joven más baja. Cuestión de edades tal vez. Pero ¿cómo saberle en un mundo donde el tiempo cuenta y no cuenta a la vez?.
Dorothy se estiró un poco y bostezó abiertamente. Yoshira fue la siguiente en hacerlo, estaba cansada a pesar de que había dormido bastante tiempo ya, y de algo estaba seguro, ese hilo que solo ella podía ver estaba allí presente, robando su atención. Se armó de valor y señaló con admiración las zapatillas de la chica pecosa.
—Son bellas en verdad.
Dorothy asintió con amabilidad. Sonrió a Yoshira y luego las lució levemente moviendo los pies sobre los dedos para terminar sobre el tacón.
—Son algo incómodas para esta clase de terrenos. Pero bien valen la pena.
Esta vez ya no humo más halagos. Al menos no departe de Yoshira. Totó se había puesto inquieto y se bajó al suelo moviendo la cola descontrolado. Lanzó un pequeño ladrido de alegría hacia un arbusto, estaba precisamente, llamando a alguien que era de confianza. Dorothy tragó saliva unos segundos, acto seguido se llevó al perrito a los brazos. Se excusó con una gesto calmado, dio unas palmaditas a Totó e invitó a Yoshira a seguir conversando tranquilamente, pero a ese punto, la chica más baja ya se había percatado de los extraños hilos delgados de humo que brotaban detrás de esos obscuros arbustos. Habían más personas, o seres, allí mismo. Se maldijo dos veces por dentro por haber ido a parar una trampa bien enfundada.
Se alejó un poco de Dorothy y levantó la mano despidiéndose.
—Se hace tarde. Será mejor que ya me retire.
Dijo Yoshira. Dio tres pasos cuando mucho cuando escuchó a Dorothy seguirle. Volvió su mirar lentamente, no había nadie más y esos hilos ya habían desaparecido de los arbustos. La castaña más alta colocó su mano derecha sobre el hombre de Yoshira, sostenía a Totó con la izquierda, quien seguía inquieto.
—Como ya te he dicho, estoy perdida. Me sería de mucha alegría si pudiera quedarme contigo, al menos, por esta noche.

A eso de la media noche, Kevin, Hamelín y Lord Ferdinand, todos enfundados en gabardinas largas para cortas el frío viento, habían revisado por lo menos 5 veces los cultivos de zanahorias y las viviendas aledañas. Sentían un nudo en la garganta, uno tan profundo que parecían ahogarse en un mar congelado. Dolía. Dolía la ausencia de Yoshira. Cuando se detuvieron a pensar un poco, cerca de la casa de roca del Alcalde, Kevin en un instinto de ira golpeó la pared furioso. Lanzó un jadeo cortante y se volvió a ver los ojos de Hamelín, quien derrochaba culpa.
Se acercó y acarició su cabello como si fuera solo un chiquillo. Se rio planamente cuando se averiguo que, a pesar de todo, aun lo era.
—No es tu culpa.
Pero Hamelín ya se había crucificado en la mente, para él no había otra opción que haya provocado un descuido tal como para ignorar a Yoshira, que su increíble egoísmo y deseo de venganza.
Sacudió la cabeza cuando al final vio la silueta de dos mujeres jóvenes sobre una colina. No había duda de quien era la más bajita, ese inconfundible cabello y la coleta.
—Kevin. Allí.
Señaló con el dedo índice.

Aunque ya era muy obscuro, el frío calaba hasta los huesos, aquel frisón seguía andando a las fuerzas con su jinete. Wendy, bien abrigada tiraba de la rienda. Su paso era lento, trataba de tranquilizarse, pues sus ojos aun le dolían horriblemente.
El hombre alto por su parte estaba al frente, vigilando al trayecto, de vez en cuando quitaba algunas ramas molestas que se ponían al frente del sendero, que ellos mimos había hecho en ese bosque pantanoso. Nadie hablaba, el silencio era rey en ese momento, para Wendy eso estaba bien, amaba las cosas calladas, producían menos estrés, pero lo que realmente le daba que pensar es aquel hombre. No estaba herido para nada, al menos no en el rango de vista que ella tenía de el desde atrás; y aun si lo estuviese el nunca habría admitido tal cosa. Volvió su cabeza hacía el jinete, bebía un poco de agua de la cantimplora de cuero que Wendy se había encargado de llenar en un manantial que pasaron justo tras dejar Valle Rocoso. Apreció sus suaves labios rosa pálido, un juego encantador ante esas mechas risadas color rubio que se escapaban a los lados de la capucha que aun llevaba puesta.
El hombre se detuvo de tajo. Hizo una señal a Wendy para que se alejara unos pasos, ella respondió activando sus ojos en Visión Futura, lo que seguía adelante, según podía ver en una imagen parecida a una película muy desgastada era el ataque de una fiera de 3 cabezas de serpiente, tenía el tamaño del hombre, quizá 5 veces más alto que el sin duda alguna.
—Lugar incorrecto. Nos toparemos con una Hidra si seguimos ese sendero.
Murmuró Wendy. El hombre solo hecho una risa bien seca. Ella arqueó una ceja descontenta con la reacción. —No estas pensando en ir justo allí. Dime que no lo estas haciendo. — Replicó molesta.
—Si hay una Hidra cuidando el camino, es señal de que nos acercamos al viejo. Pronto lo tendremos en nuestras manos, y la ubicación.
—¿Podrás lidiar con ella? Estoy algo cansada, mis ojos duelen de los mil demonios. Si te metes en un lío gordo no podré sacarte.
El hombre alto marcó otra sonrisa y continuó su paso. Wendy lanzó un suspiro pesado.
AnistondashPublicado el 22 de julio de 2012
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