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El Circo de Los Espejos. #11 - El Anciano Del Lago Parte 2

Capítulo 11
El anciano del Lago, parte 2.

Todo lo relacionado con la muchacha pecosa era para Yoshira algo que advertía con grandes luces a convertirse en un problema realmente gordo. Sabía, por lo que había visto antes con su raro y nuevo don, al que no se había acostumbrado del todo, que había más personas cerca. Probablemente se tratara de los compañeros de la chica, no sería descabellado pensar que por su edad necesitaría sin duda protectores, pero al estar escondidos con tanta insistencia no podía tratarse de algo bueno, la gente suele esconderse por cosas muy comunes; la primera de ellas es para escapar de alguien, o de la vista de ese alguien. Era la segunda opción la que inquietaba la mente de Yoshira, la segunda opción por la que las personas se ocultan con más frecuencia es para tomar por sorpresa a algo, o bien alguien; justamente como un cazador se encarga de volverse uno con la naturaleza para tomar un venado, para ese instante, los cazadores ya estaban en acción y Yoshira se trataba del venado a tomar.
Yoshira alejó su cabeza de la problemática unos segundos y prestó atención a Dorothy quien esperaba una respuesta desde hace ya varios minutos. Arqueó ambas cejas y plasmó un gesto de lo más amable para hacer entrar en confianza a la pecosa.
Se colocó una mano en la barbilla simulando que pensaba en una buena respuesta, ya lo había hecho ciertamente pero prefería dejar ver a la chica que, en si misma, podría llegar a ser más lista. Lo que pasaba por su cabeza era un modo eficaz de salir en el embrollo que se había metido. Volvió la vista hacía abajo, un barranco de varios metros de altura, si se fugaba por allí sería probable que no sobreviviera al choque con las rocas del fondo. Tachó en su cabeza esa salida, luego hecho un vistazo a la izquierda hacía el bosque, se negó esa opción casi dos segundos luego de pensarla, de allí venían los hilos que había visto antes. Seguramente sus colegas estaban allí al asecho.
Dorothy Gale se sintió incomoda un poco, se sentó con Totó aun en brazos, pero ya se había calmado esta vez, solamente se ocupaba de mover la cola. Aunque de vez en cuando lanzaba un ladrido corto, no molestaba pero evidenciaba que había más personas que conocía, Yoshira lo sabía bien, había tenido varios perros antes, ninguno de la raza que era el perrillo negro, pero asumió que todos tenían ese instinto a sus dueños o amigos.
La pecosa se cruzó de piernas. Respiró profundo antes de voltear a ver a Yoshira.
—Parece que te molesto un poco.
La castaña más bajita negó con la cabeza tranquilamente.
—En absoluto. Lo que pasa es que estaba buscando una buena opción donde puedas pasar a gusto la noche. Debes estar cansada.
Una sonrisa apenas visible se dibujó en los labios de Dorothy Gale. Se levantó de tajo y dejó que Totó saliera corriendo rumbo al bosque.
—Bueno, supongo que esos son tus conocidos.
Dijo Dorothy señalando con el índice a los dos chicos que se acercaban corriendo a paso veloz. Aun les faltaban unos minutos para llegar pero notaba claramente que uno era más alto que el otro. También llevaban una lámpara de aceite con ellos por lo que, podía distinguir el color de cabello de cada uno. Un chico castaño, el más bajo, y otro más alto con el cabello bien obscuro. Dorothy Gale se encontró a si misma sorprendida cuando notó la presencia de un conejo vestido con traje impecable en los hombros de Kevin. Para Yoshira, el ver en el horizonte a Kevin y Hamelín significaba que pronto estaría en casa fuera de todo peligro, pero Dorothy, quien estaba tras de ella sentada tranquilamente no parecía inmutarse de la llegada de los chicos. Si tuviera algún plan para hacerle daño ya lo habría puesto en marcha sin duda alguna. ¿O es qué los quería todos juntos? ¿Tenía un arma secreta? ¿Esas zapatillas?. La cara de Yoshira se llenó de preocupación y por unos segundos quiso gritar a sus compañeros que se alejaran tanto como pudieran pero su garganta se apretó automáticamente. —¿Yoshira?. — Preguntó con intriga la pecosa una vez más. La castaña bajita se volvió asintió casi al instante tras la cuestión.
—Se llaman Kevin y Hamelín. Viajan conmigo. El conejo es Lord Ferdinand.
—El Canciller del País de los conejos. Ósea este mismo.
Dorothy Gale se hecho una risilla divertida. —Vaya que tienes amigos influyentes. ¿Estás dentro de la política?. — Yoshira negó con la cabeza. Dorothy frunció un poco el seño. —¿No te caigo bien? Si es así solo tenías que decírmelo.
Justo en ese momento los pasos de Kevin y Hamelín se detuvieron justo al frente de Yoshira. Al instante Kevin advirtió que tenía compañía, no necesitaba del todo la lámpara en el claro, la luz de la luna era tan intensa que podía ver fácilmente a la otra chica que estaba alado de su querida dama. Más o menos la edad de ella, unos años demás quizá. Notó que, a pesar de las pecas y el traje distinto, Dorothy, se parecía enormemente a Yoshira en varios aspectos que no pudo organizar todos en su cabeza.
Lord Ferdinand se lanzó al suelo cayendo suavemente sobre sus patitas que actuaron como amortiguador para la altura, bastante significativa del Maestre, al menos con respecto al cuerpo estrecho del Canciller. Se limpió los bigotes tan pronto como pudo, acto seguido se propuso revisar cada centímetro de Yoshira. No parecía estar herida para nada. No había sangre ni rastro de conflicto, simplemente había estado allí sentada alado de esa extraña chica.
La castaña más baja tomó al Canciller cuidando se subirlo a la altura de su pecho. Un suave abrazo lo sostenía contra la gravedad.
—Estábamos con los pelos de punta por tu ausencia, Lady Yoshira.
Escupió el conejo más en tono de reclamo que de preocupación. No es que fuera un sentimiento desagradable para Yoshira, pues mucho por el contrario había comenzado a sentirse de un extraño modo dentro de una familia nueva y singular. Sentía el calor que emanaba del pequeño cuerpo de Lord Ferdinand y su corazón palpitar a mil por hora, cada vez que, ella fijaba sus ojos en los rojos profundos del Canciller. Era un testarudo que siempre seguía las reglas al pie de la letra con una formalidad casi militar pero para Yoshira era lo más cercano al recuerdo de su padre.
Dorothy Gale por su parte ya se había repasado por lo menos cuatro veces a Hamelín, un chico apuesto que aun crecería varios centímetros más, los chicos siempre crecían más, pero justo en este momento ella era más alta. Su ropa, por otra parte, se le hacía bien conocida entre sus recuerdos dado que, en sus viajes anteriores a llegar al País de los Conejos, pasó por un desolado y triste pueblecillo en el que se contaba una leyenda que se preocupo de escuchar con precisión. Para seguir con su análisis, en el caso de Kevin, el Maestre, ya lo había detectado casi en tiempo record. Un hombre apuesto, mucho más masculino que Hamelín en evidencia, con un traje finamente elegante, como de gala, aun sin llevar encima la chaqueta que completaba los pantalones. Su persona era bien conocida en el Mundo Detenido por muchas personas, especialmente por las mujeres, a quienes desde pequeñas se les solía advertir que jamás deberían salir a buscar el Circo de los Espejos o podrían caer en uno de los circos falsos que dirigía un extraño enfermo sexual que raptaba mujeres. Quien sabe cuantas cosas horribles pasaban esas damas a manos de alguien como el, y pensar que Yoshira andaba como si nada con esa bestia a sus espaldas.
—El Flautista de Hamelín y el Maestre de los Circos Falsos.
Dijo Dorothy con un tono tan áspero que podía bien ya rajar la piel de quien estuviese enfrente de sus palabras. Yoshira abrió los ojos de par en par cuando notó la nueva mirada tan seca que emanaba Dorothy Gale, su corazón comenzó a latir fuertemente al ver como es que las zapatillas carmesí brillaban ahora intensamente, la anterior vez, esa fuerza que había sentido era nada comparada con lo que ahora veía.
Kevin prestó su atención total, ya Hamelín había hecho lo mismo unos segundos después. Ambos fueron llamados por esos nombres despectivos que les recordaban sus acciones incorrectas, pero no había ningún error, fue con toda la intención de provocar un malestar de ese tipo en ellos. Totalmente intencional.
—¿Algún problema con eso?.
Protestó Kevin con hostilidad filosa pero Dorothy no pareció moverse ni un solo centímetro atrás de sus palabras, estaba bien segura de lo que decía y porque lo decía. Sonrió amargamente, casi era una línea plana, pero escupía un veneno tan corrosivo que Hamelín evitó ver el resto más de unos pocos segundos.
Dorothy Gale tomó la iniciativa de nueva cuenta. Aspiró bien profundo y alzó las manos como despreocupada.
—¿Esta es la gente con la que viajas Yoshira?. Vaya que pareciera que son solamente una bola de criminales. Deberías dejar de ser tan confiada con quienes te juntas. Uno de estos días te meterás en problemas muy gordos.
Hamelín dio un paso bien firme hacía adelante, se disponía ya a abrir la boca para argumentar cuando miró la mano de Dorothy Gale contra su cara. —No tienes que decir nada. Al menos tu no. ¿Ya le constaste sobre tu gran pecado?. — La cara del castaño se hizo de hielo. Perdió el aliento durante unos segundos. —Por supuesto que no. — Hamelín bajó la cabeza.
Era todo, Kevin estalló por dentro y se dirigió a pasos firmes contra la castaña. Yoshira entonces notó como es que los hilos en el bosque comenzaban a acercarse desde el fondo a gran velocidad. Kevin se estaba acercando mucho a su aliada, pronto se dejarían ver. Lo menos que necesitaban era otro conflicto tras haber apenas salido de Valle Rocoso. Es probable que su brazo aun no sanara del todo.
—¿Qué se supone qué te crees para hablarle así al chico?.
—¡Kevin no!.
Advirtió Yoshira apenas unos segundos antes de que el Maestre diera otro paso hacia Dorothy Gale. Aun así tras haber informado a Kevin y este se detuviera los hilos de luz estaba ya a casi nada de llegar.
—Yoshira. Hay algo más aquí.
Murmuró Lord Ferdinand con voz casi inaudible la castaña asintió en firma mecánica. Se lanzó unos pasos más cerca de Kevin y colocó su mano derecha en el hombro sano del Maestre.
—Venga ya Kevin. Vámonos.
Kevin no respondió. Hecho un escupitajo alado contrario de Yoshira para luego mirarle con firmeza. No estaba contento.
—Ella acaba de insultarnos gravemente, tanto a Hamelín como a mi. ¿Me dices que quieres que la deje ir como si nada?
La castaña esquivó la pregunta.
—Ya es de noche. Necesitamos irnos pronto, además tu hombro todavía no sana. Ven, se de algunas técnicas de sanación.
Lord Ferdinand hecho ojo hacía atrás en el bosque. Concluyó que todo era una trampa y habían caído redondos en ella. Se maldijo mil veces pero ya era tarde. Sin embargo su mayor intriga era como esas personas habían llegado al País de los Conejos sin la ayuda de un mago de alto calibre como lo era el Viejo Merlín. Solo había otros dos magos al nivel del viejo y era poco probable que se hubiesen topado con alguno tan pronto.
Su pregunta fue respondida tan pronto como ante sus ojos salían tres figuras diferentes. Aun entre sombras, apenas podían verse sus rasgos totales. Una bestia, un hombre hecho de un material que reflejaba la luz de la luna además de otro más bien flacucho hecho con paja. Ahora tenía la respuesta sabía quien era esa muchacha y como había llegado con tal facilidad.
Kevin dio un paso atrás protegiendo a Yoshira con su brazo sano, Hamelín también se hizo hacía adelante, tomó su flauta en un acto reflejo, luego meditó un poco acerca de ello y le dejó de lado para en su lugar tomar una daga de su bolso. Una pequeña arma de unos 22 centímetros enfundada en cuero labrado.
—¿Qué significa esto, Dorothy?
Preguntó Yoshira más bien preocupada por la situación, pero para su sorpresa Dorothy hecho una risa seca. Totó regresó a sus brazos más animado que antes. Esos seres que acompañaban a Dorothy Gale despedían un hilo de luz fuerte, eran si duda los que habían estado asechando hace tiempo. Lo peor estaba por venir, Kevin aun herido y Hamelín con el horrible problema que cargaba no podrían enfrentarse a ellos, tenía que pensar en algo, algo que surtiera efecto rápido.
Dorothy acarició un poco al león que temblaba de miedo.
—Solo estoy tratando de cuidarte, ¿sabes?.
Dijo hacía Yoshira. —Te la pasas por allí dando vueltas como si nada. Además de ello, te has juntado con dos criminales peligrosos. ¿Piensas que debo quedarme de brazos cruzados cuando puedes lastimarte?.
Lord Ferdinand arregló su saco antes de dar un salto al suelo, tomó delicadamente sus gafas redondas y las colocó sobre su nariz. Dorothy Gale parecía no estar impresionada ante el Canciller, porque de hecho ya había estado en contacto con el Parlamento Infinito antes.
—Comprendo claramente que tú debes ser una persona con autoridad.
Dijo el hombre hojalata con esa mecánica voz que resonaba a ecos. Era como si hablara simplemente entre suaves silbidos que se mesclaban y engrosaban con el metal de su cuerpo.
Lord Ferdinand acomodó sus gafas nuevamente. Objetó severamente contra el Hombre de Hojalata.
—Yo no soy una persona, soy un conejo, amable señor.
Respondió. —sin embargo noto con firmeza que. — Aclaró su garganta para que su indudable tono inglés tuviera mayor profundidad. —Ustedes han provocado actos de violencia hace poco, el Parlamento Infinito me ha informado de ello con tiempo de sobra.
—P—pero, no es por gusto, simplemente estábamos protegiendo a Lady Dorothy de los peligros de este mundo.
Intervino el León Cobarde llevando sus grandes y poderosas patas a su hocico. Estaba de pie, medía alrededor de dos metros de altura, que junto con su prominente melena dorada imponía un aura de fiera rey. Pero no lo era en absoluto, su sentimiento era el más estrecho, lo más alejado a lo que podría la gente imaginarse al poderoso rey animal. Ese león carecía de valor. Esa era la razón por la que estaba alado de Dorothy. Quería estar con Dorothy, allí se sentía seguro, y sobre todas las cosas quería protegerla de quien quisiera dañarle.
La alta castaña observó de cerca como es que, tanto el Hombre de Hojalata, como el Espantapájaros, así también León Cobarde, habían venido por ella. Según lo propuso Dorothy tras llegar al país de los conejos el plan básicamente consistía en poder aprisionar a Yoshira en el lugar para tomarle como parte de ese equipo. Era poco probable que viajara sola en busca del Circo de los Espejos, por ello la emboscada era el punto perfecto partir, pero los planes de Dorothy Gale se fueron bien derecho al caño cuando se notó que las personas con las que viajaban eran dos personas de alto peligro. La situación, y el plan en si mismo no incluía criminales.

Aunque la situación se había puesto un poco más que compleja, Yoshira ya se había percatado que todo iba en mal rumbo. Con Kevin molesto, además del grupo de Dorothy Gale todo apuntaba a un nuevo conflicto del que esta vez seguramente no saldrían en una pieza. Lo peor de todo eran esas malditas zapatillas que no dejaban de rodar por su mente una y otra vez. ¿Qué eran? ¿Por qué eran, de cierto modo, un sentimiento atrapado?.
Sacudió su cabeza unos segundos, oprimió más el hombro sano de Kevin para intentar hacerlo retroceder pero este, con tanta prisa como ella, quitó suavemente su mano.
—Si estas buscando un conflicto, el único herido aquí serás tú.
Dijo el Hombre de Hojalata con su voz llena de eco. Dorothy sonrió levemente al ver como Kevin tomaba su bastón con su brazo sano. —Si insistes en ello… entonces. — el Hombre de Hojalata tomó su guadaña, una horrible arma de casi dos metros de largo con una hoja bien afilada y la alzó imponente contra el Maestre para luego dejarle caer, por lo que en un acto rápido el Maestre pasó de derecha a izquierda, llevándose consigo a Yoshira. Hamelín ya se había puesto en posición, tenía fijado el blanco del contrataque pero se vio obstruido por la corpulencia del León Cobarde frente a él.
—S-si quieres pasar, tienes que vértelas c-conmigo primero.
El castaño no hizo gesto alguno, pero apenas volvió a la realidad se dio cuenta que un zarpazo del León venía en su contra, por lo que se deslizó por debajo de las patas del animal tan rápido como pudo. Solo sintió el temblar de la tierra cuando su gran pata impactaba el suelo. De haberse quedado allí y ser golpeado hubiese sido sin duda alguna la muerte. Ese animal era fuerte, aun siendo un cobarde, era una maquina de matar.
Yoshira no dejaba de dar vueltas en la cabeza. Se volvió hacía Dorothy Gale quien aun estaba allí parada como si nada alado del Espantapájaros. La descubrió sonriéndole, no de manera burlo esta vez, era más bien, como si esperara que hiciera algo. No entendió bien el que, Kevin entonces la tomó de nueva cuenta para sacarla del rango de ataque del Hombre de Hojalata.
Le miró algo molesto y la alejó unos metros.
—¿Dónde tienes la cabeza?.
—Disculpa, es solo que…
Un fuerte impacto de la guadaña del Hombre de Hojalata se escuchó bruscamente, Kevin lo había detenido con su bastón pero la fuerza en su contra lo hacía ponerse casi en cuclillas. Apretaba los dientes, un poco más y se los rompería el mismo. La presión sobre el hombro sano de Kevin iba en aumento, apenas logró hacer una seña a Yoshira de que se retirará unos metros, quien obedeció casi de inmediato. Lord Ferdinand fue el que se reagrupo con ella en cosa de nada dando unos saltos largos y preocupados.
Yoshira miró fijamente a su alrededor. Todo se había vuelto un caos. Hamelín estaba en problemas con el León, tratando de esquivar las fuertes pisadas, que hasta ahora era lo único que ese macizo animal hacía. Kevin en una batalla con el Hombre de Hojalata en la que, debido a su estado débil, solo podía dedicarse a dar contra ataques, esquivar y cancelar los golpes que fueran potencialmente peligrosos.
Una vez más se encontraba la princesa de porcelana sin hacer nada. De nueva cuenta arrastrada a un solitario rincón donde no se hiciera daño alguno, donde su amoroso perfume inundara sus suaves ropas. Donde cayeran flores del árbol que suavemente se colaran en su cabello, traviesamente endulzando sus ojos. Se maldijo mil veces por dentro, apretó su puño y sin dudarlo un solo segundo se lanzo en contra del Hombre de Hojalata que recién había impactado su guadaña contra el suelo.
Kevin sintió el corazón en la boca.
—¡¿Qué se supone que haces?!
Gritó colérico, pero más que nada para disfrazar su miedo. Pero Yoshira no se iba a detener ahora. Ya tenía bien en mente que ser una princesa que nunca hace nada no era poco más que ser egoísta. Dejaba que todos se lastimaran por ella. No solo Kevin y Hamelín, incluso aquellas personas de su pasado que tanto amaba también. Cerró sus ojos y adelanto su puño con toda la fuerza que tuvo.
—¡Yoshira no!.
Gritó Hamelín a lo lejos. Yoshira no le escuchó. Dorothy Gale también se sorprendió por unos instantes, encontró que el hecho de que la propia chica atacara suponía un hecho de valentía que prefería tachar de estupidez. No tenía la más mínima oportunidad en su contra, pero si quería escarmentar un poco, Dorothy le cumpliría ese deseo. Ordenó con un movimiento de cabeza al Espantapájaros que fuera al encuentro. Este dudo unos segundos la orden de Dorothy antes de esta recalcársela con una mirada completamente seca.
Kevin apenas dio un paso estable esquivando un buen derechazo del hombre de hojalata. Dio dos pasos hacía atrás, casi perdió el equilibrio. La oz pasó frente a él enterrándose enfrente. Se apoyó del mango para un impulso mayor, clavó una sólida patada en la cara del Hombre de Hojalata cuando este se disponía a recoger su arma. Se tamaleó hacía atrás por lo que Kevin, haciendo uso de la astucia, golpeó las piernas haciéndolo caer de una.
Se maldijo tres veces de ver a Yoshira, se dispuso a partir a su encuentro pero el dolor de su brazo lo detuvo en seco. El Hombre de Hojalata se puso en pie. Kevin se dio cuenta por el rechinar. Antes de siquiera adoptar pose de lucha recibió un buen manotazo en el costado derecho que lo tumbo. No pudo levantarse.

Yoshira tenía el aliento en su boca saliendo a mil por hora. No se detuvo ni titubeo. Por primera vez en su vida se sentía con coraje para enfrentar todo y mostrar cuando valiente era en realidad. Aplastó su miedo para lanzarse a la boca del león. Esta vez el momento era suyo.
El Espantapájaros extendió las manos de costado a costado. Tendría unos 2 y medio metros en total de dedo derecho a dedo izquierdo. Una uñas de un material metálico negro comenzaban a crecer desde cada uno de sus dedos. El brillo débil de la luna se reflejaba en el espesor azabache del material del cual estaban hechas. De un potente arañazo el Espantapájaros se las ingenió para poner en trayectoria a impacto de Yoshira. La chica cerró los ojos con fuerza mientras pensaban en lo doloroso que sería todo. Se mordió el labio y exclamó un fuerte grito de valentía.
Para su sorpresa algo más sucedió. Dorothy Gale se quedó con la boca abierta ante la escena que había sucedido. Una de las garras afiladas del Espantapájaros se enterró de una cerca de sus pies. Una bestia enorme de energía pura se había materializado cubriéndola por completo. Un águila maravillosa de un resplandor azulado que emanaba un perfume precioso. Brotaba del cuerpo de Yoshira con fuerza.
Dorothy sonrió de una vez. Caminó unos cuantos pasos hacía adelante. Quitó al Espantapájaros de su camino y se fijo de frente a Yoshira. Extendió los brazos complacida.
—Precioso.
Exclamó orgullosa. —Es precioso Yoshira.
La castaña de menor tamaño se vio sorprendida de estar viva. Pero lo que llamó su atención no fue el águila que salía de su cuerpo, si no la expresión de Dorothy Gale. Se había vuelto una cara suave de amor. Ahora Yoshira veía que su corazón era puro y pulcro. —Es esto lo que has conseguido. Que orgullosa estoy de mi hermanita. —
La cabeza de Yoshira dio varias vueltas con las palabras expresadas por Dorothy Gale. Se le antojo más bien una mentira cruel. Yoshira no tenía hermanas, no que recordara. Por el contrario mamá y papá solo había procreado a dos chicos más. Ella era la única mujer en casa además de su madre. Ahora esta castaña venía con aires chulos de proclamarse su hermana. No sabía que pensar con respecto a tal afirmación. Pero de algo estaba bien segura, solo tenía dos hermanos que bien conocía y estos eran Dyle, un muchacho alto y de tez más bien morena amante del trabajo de campo en el cual, desde poca edad, había estado involucrado con tal de ganar un poco de ingresos extra que permitieran la educación adecuada de, no solo Yoshira, si también de el mismo. Papá se ocupaba de solventar los gastos en realidad, pero la valentía de Dyle y su orgullo de hombre le orillaban a que tenía que encargarse de las chicas de la casa. Con su primer y poco ahorro que junto tras varios meses de arduo trabajo consiguió una buena bolsa de pan de primera calidad que compró en Erfreuen una bien prestigiosa panadería de la ciudad capital. La sola bolsa apenas contenía doce piezas de suave pan bien decorado con azúcar. Ese día mamá se puso contenta y recibió la bolsa pagando a su hijo con cerca de un millón de besos. Luego Yoshira abrazo a su hermano por tal regalo. Dyle era un hermano responsable, igual que papá, un hombre comprometido con sus mujeres más importantes.
Su otro hermano era el más joven y pequeño. De piel pálida y unos ojos hermosos color turquesa que Yoshira amaba con todo el corazón. Un pequeño risueño de largo cabello que Yoshira se encargaba de arreglar todos los días. Kevin.
El corazón de Yoshira se partió en dos cuando mamá, por primera vez, le dijo, bien de frente, que Kevin tenía complicaciones de salud. Era victima de fuerte convulsiones que azotaban su cuerpo —sin piedad. En más de una ocasión se había hecho heridas de cuidado que mamá acababa curando. Lo que en realidad aterraba a Yoshira era el hecho de que un día una de estas horribles convulsiones acabase con la vida de su amado hermanito menor. Ni Dyle ni papá sabían de ello. Era un secreto de las mujeres de casa. Yoshira guardó silencio y continuó como siempre. Día a día con una gran sonrisa, pero por las noches sin poder dormir pensando en Kevin. Quería salvarlo de alguna manera.
Un día Kevin cayó victima de una fuerte fiebre. Yoshira veló toda la noche a su hermano mientras mamá explicaba a Joseph Carydo, su padre, lo que acontecía con la frágil salud de Kevin. Acto seguido explico a Dyle Carydo lo mismo.
Josep se llevó las manos a la cara casi de inmediato y gritó frustrado. Dyle no dijo una sola palabra. Bajó la mirada únicamente mirando hacía el suelo.
Marie Carydo se hundió en una sombría tristeza mientras todo se comenzaba a derrumbar. Tragado por un agujero negro de tristeza. No sabían que sucedería con Kevin.
Yoshira empapó otro trapo con agua fría y lo colocó en la frente de Kevin. Respiraba débilmente y apenas podía sentir el pulsar de corazón. Tenía lágrimas en los ojos pero aun así quería que su hermanito menor se recuperara. Ver el brillo en esos hermosos ojos color turquesa. Daría lo que fuera por salvarlo. Deseaba más que nada en el mundo, incluso sobre su propia vida, que Kevin abriera esos ojos. Pero nunca se recuperó del todo. Kevin nunca fue el mismo tras esa fiebre. Estaba despierto pero su mirada no tenía brillo y no recordaba nada en absoluto. Estaba perdido y pasaba horas mirando el vacío. No se movía ni tampoco caminaba, era poco más que un muñeco de carne sin conciencia. Josep Carydo hizo lo posible por traer un médico quien dijo, dentro de lo poco que podía, que Kevin seguía con vida pero que era poco probable que pudiera moverse de nueva cuenta. Atribuyo todo lo sucedido a una posible posesión demoniaca. Otros vecinos hablaban a voces que habían hecho un pacto con el diablo ofreciendo el alma del pequeño Kevin. Yoshira sintió su corazón hecho mil pedazos.
Marie Carydo se encargó de los cuidados de Kevin. Le daba de comer en ocasiones cuando lo lograba. Otras más le ayudaba a ir al baño tomándolo de los brazos. Kevin no tenía conciencia de su cuerpo y no lo controlaba. Día tras día era lo mismo. Yoshira Carydo solo se cubría la boca y lloraba en silencio.
Decidida, un día a eso antes del alba, Yoshira Carydo salió de casa dispuesta más que nunca a conseguir su propósito. El resto de todo había concluido en aquel pueblo al que llegó en una carreta de un hombre de buen corazón que se apiado de una chica viajando a pie. A través de sus numerosas visitas conoció doctores y brujos, a cada explicando la situación de Kevin. Pero, como esperaba, ninguno de ellos aceptó la oferta de ir a casa para checar a Kevin. Otros más habían resultado unos viejos verdes de los cuales por un pelo acabo siendo victima.
No descansó un solo día hasta el momento que se topó con el Arlequín. Se detuvo y pensó unos instantes en él. Hacía ya mucho tiempo que no lo veía. ¿Cómo estaría? ¿Cuál sería su rol en todo este desastre?. Ignoró por completo a Dorothy Gale, entonces emprendió el camino hacía Kevin. El animal desapareció en el trayecto. Se derrumbó en sus brazos.

El hombre alto, Wendy y la persona sobre el caballo avanzaron un poco más. Se encontraron con un paraje más bien pantanoso de donde brotaba un olor horripilante. Al fondo parecían haber pozas de un material negro, espeso y caliente. Wendy activó Visión Futura para darse revelación de los próximos diez segundos de trayectoria. No parecía haber mucho rastro de la Hidra. Posiblemente se hubiera retirado, ver el futuro conllevaba algunas complicaciones. La primera era que, por lo general este cambiaba repentinamente volviendo la visión primera totalmente inútil. Esto en realidad era poco común, las visiones de Wendy eran casi siempre exactas, pero estar cansada tras la batalla anterior donde forzó sus ojos a detener el tiempo le había agotado horriblemente.
El hombre alto se volvió hacía atrás al escuchar un ruido de una rama partirse. Colocó su mano sobre su espada. Se fijo en el fondo, sonrió cuando detecto un cuerpo enorme arrastrarse.
—Venga, quiero divertirme un rato.
Exclamó. Entonces una bestia con la forma de una serpiente de unos cinco metros de alto se alzó violenta. Tenía cuatro horribles cabezas de un reptil distinto en cada una. Un caimán, una serpiente, una tortuga con horribles dientes afilados y ojos oscuros para acabar con una asquerosa lagartija que parecía tener unos colmillos inusualmente grandes. El hombre alto sacó su espada de un manotazo y la empuño enfrente de la Hidra.
—Hace ya un buen tiempo que no me degustaba con carne de esos monos tan orgullosos.
Expresó con una grave voz, para sorpresa del hombre alto, la Hidra. No movía los labios, era más bien un sonido en su cabeza.
—Así que las bestias como ustedes son capaces de razonar después de todo.
Respondió el hombre alto usando su voz. Sonrió de nueva cuenta. Se preparó para el ataque. La Hidra se abalanzo de una contra la frágil figura humana que palidecía en tamaño. Abrió su boca de caimán y lo devoró de un trago.
AnistondashPublicado el 25 de agosto de 2012
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