Morir Sin Recuerdos

El viejo nada cansado dentro de su millar de lagunas mentales; ya no corta la hierba, porque a pesar de que el machete adorna su mano, ya no tiene posibilidad de encontrarlo. Pasa el día en la calle, con el sol montado en su espalda, jugando como niño sobre quien ya no puede más.

Su vida es un secreto, pero tanta cicatriz muestra sus victorias y derrotas. Cuenta sus dedos, pero nunca llega hasta diez.

Come retazos de todo, y de eso mismo formó su experiencia. Su dama contaba, antes del cáncer, que él solía perderse en los libros como apasionado lector. Hoy, sin embargo, los libros se le pierden a él.

El anciano ya no habla; lleva una paz traicionera atorada en la garganta, y las flores de sus hijas se han arrancado los pétalos por desquicio.

Se ve en la ventana, camina cien cuadras, se orina encima, hace ruidos con sus encías casi limadas y pone música en su demencia.

El viejo se acerca, estira la mano y con las cataratas de su ojo izquierdo y sus nubes del derecho, pide pan, monedas o algo de hipócrita aprecio.

Canté en el teatro del pueblo, con un desafino testarudo y una sofocante extravagancia. Cuando el anciano llegó y se fulminó con un infarto.

Se fue abril con los brazos del sol; se fue el verano con las cervezas en el hielo; se despidió el otoño naranja, con el perdón de sus frutos y se fue el invierno, yaciendo en el piso con su hediondez casi primitiva.

08 / agosto / 2018

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