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Seannus 15 Primeras Paginas de un Relato de Ciencia Ficcion

Sentado en una mesa de una pequeña terraza de Xhantala, con la capucha calada
hasta las cejas vestido de un negro cubierto de polvo, Seannus cortaba en pedazos una
peculiar comida con sus dedos largos y ágiles, y unas yemas ennegrecidas como
tiznadas de carbón sujetaban los cubiertos sin mancharlos. El color negro de los dedos,
como quemados no era suciedad, sino el color y aspecto de su propia piel. No mucha
gente pediría un trozo de madera hecha brasas ardientes de principal y metal fundido
para beber, aún en un universo tan grande como el conocido, pero precisamente eso
estaba saboreando el mercenario, disfrutando de cada bocado y de cada sorbo de aquella
taza ligeramente incandescente por la temperatura de los metales líquidos que contenía.
Ciertamente era un menú peculiar, pero no lo suficientemente extraño como para
llamar la atención del curtido camarero que le atendió pensando que al fin y al cabo no
era lo mas extraño que había visto comer en aquellas mesas medio destartaladas de la
ciudad del desierto. Algunos de los que por allí pasaban sí reparaban en el brillo
incandescente de la taza y en las pequeñas llamas que se iban apagando en el plato,
sobre el montón de brasas rojas, incluso uno de ellos se detuvo al ver masticar al
mercenario un bocado especialmente crujiente que hizo que le salieran chispas por la
boca, pero una mirada penetrante del comensal hizo que el curioso inmediatamente se
pusiera en marcha, pensando seguramente aquello de que la curiosidad mató al gato.
Los ojos aún más rojos que el brillo de las ascuas que salían al partir el trozo de
madera ardiente del mercenario volvieron a centrarse en su ágape, cortando y
masticando metódicamente, sin prisa, pero sin pausa. Aún así, tan centrado como
parecía estar, no dejaba de observar todo a su alrededor, como por otro lado hacía todo
el mundo en las calles de la urbe comercial donde se notaba en el aire el estado de alerta
disimulada, las miradas indirectas por el rabillo de los ojos, que todos y no solo a él,
lanzaban a todas partes. Se podía decir que todos y cada uno de los transeuntes fingian
ignorar distraidamente a todos a su alrededor, centrados en sus prpios asuntos, cuando
en realidad se fijaban en cada detalle que podían, simpre de aquella manera indirecta y
disimulada.
Pero en Xhantala aquella precaucion, aquella atención alerta y disimulada estaba
plenamente justificada, pues como todo el mundo sabía los problemas podían
presentarse en cualquier momento o recodo de sus peligrosas calles. Y en aquel mismo
instante, una vez más, los problemas acudían puntuales a su recurrente cita en las calles
empedradas ligeramente cubiertas de arena, aunque por suerte para ellos, en este caso
no habían quedado con el mercenario que comía tranquilo en la placeta, sinó con un
hombre menudo que acababa de tener la mala suerte de tropezar con tres moles armadas
y corpulentas en el centro mismo de la pequeña plaza.
Los tres gigantones peludos apenas vestían una especie de taparrabos ancho,
siendo el resto puro pelo grueso y aspero, cruzado eso sí por una banda de cuero que les
atravesaba el pecho y la espalda para sujetar un cinturon del que colgaban toda clase de
armas de filo tintineante por el bamboleante modo de andar que tenían, con las piernas
arqueadas como el arco de un puente romano, con las rodillas hacia fuera.
Estaban borrachos y a diferencia de la mayoría habían dejado de prestar
atención, y caminaban imprudentemente como si la calle les perteneciera, cuasando con
su distracción el ligero encontronazo que llevó a derramar la totalidad de la bebida que
llevaba el primero de ellos sobre el pequeño viajero que trató inutilmente de esquivarlos
y quedó completamente empapado. Aún así, ya fuera por educación o por el tamaño de
los tres borrachos, fue el pequeño quien empezó prontamente con las disculpas, tratando
de seguir su camino al mismo tiempo.
El mayor de los tres simiescas criaturas apenas había recibido la salpicadura de
una pequeña parte de bebida espumosa que por otro lado, por el aspecto que mostraba,
seguramente había limpiado más que ensuciado su rizado y espeso pelaje pero aún así
agarró al pequeño por el brazo impidiendole ir y tras un tiron con aquel brazo como la
raiz de un arbol grande, acabó tirándole al suelo, gritándole con grandes aspamientos
mientras tanto. El enano, despues de levantarse, trataba de disculparse apresuradamente,
todo reverencias, inclinaciones de cabeza y súplicas con las manos juntas. Por un
momento parecó que no iba a ir mas la cosa, pues aunque los hombres simio habían ido
rodeando al enano de manera lenta pero implacable, el supuestamente agraviado hizo
finalmente un gesto de aceptación con la cabeza y esbozó una sonrisa con sus dientes
grandes y puntiagudos, incluso hizó medió giro como para irse de allí y olvidar aquel
asunto.
Pero no fue más que una burda treta para coger impulso y para tratar de pillar al
enano desprevenido, pues aprovechando el medio giro de sus hombros lanzó su brazo
con una agilidad francamente notable para su peso dirigiendo el puño a una velocidad
increible hacia la cara de su pequeño adversario. Cara y puño, ambos más o menos del
mismo tamaño, parecían destinados a conocerse de cerca, pues el borracho y orgulloso
fanfarron parecia querer cobrarse la bebida con algo de sangre y algún que otro hueso
roto.
Lo cierto es que en aquel encuentro que se avecinaba entre nudillos y la pequeña
nariz del hombrecillo esta última pareció no estar de acuerdo con los términos de la cita
y renunció a ella reaccionando con rapidez, y con un solo y ágil movimiento, consiguió
esquivar el golpe y adelantarse un par de pasos hacia el giganton, y aprovechando el
brazo extendido que intentaba golpearle se encaramó a su cuello tras impulsarse con el
pie en las rodillas arqueadas de su agresor, y, así encaramado sin perder impulso, golpeó
salvajemente con la frente encapuchada la enorme y ancha nariz, justo en medio de unos
orificios nasales lo suficientemente grandes como para que cupieran dos o tres de los
pequeños dedos que ahora mismo se entrelazaban con fuerza en la nuca del sorprendido
y noqueado hombre simio.
Y no contento con el primer golpe, y siguiendo a la misma y endiablada
velocidad, el pequeño escalador le golpeo una vez más justo en el mismo lugar y aún
con más fuerza, tras arquear todo el cuerpo para lanzar su cabeza como una bola de
demolición, sin soltar en ningún momento el cuello peludo del borracho y copulento
giganton, que se tambaleó y calló al suelo. No contento con haber pulverizado su nariz y
probablemente haber reventado algúna vena ocular el enano siguió golpeandole una
tercera vez, ya en el suelo, y esté último cabezazo ya no sonó a huesos rotos, sinó más
bien como cuando uno aplasta una uva con los dedos, o como cuando se salta sobre un
charco de barro. El golpe sonó como el sónido húmedo de un chapoteo y dejó al
pendenciero y peludo hombre simio tendido, en el suelo todavía sosteniendo su cuerno
hueco y vacio con la mano izquierda.
La gente se había arremolinado rápidamente alrededor de la trifulca, aunque
Seannus mientras masticaba el enesimo trozo de brasa incandescente seguía viendo lo
suficiente bien la acción que se desarrollaba apenas un par de metros enfrente de él. Y
así vio como el enano se levantó de un salto y de espaldas a las mesas de la terraza
encaraba a los otros dos hombres simio, mientras en el suelo, a su derecha, el cuenco
aplastado y deforme en que había convertido la cara simiesca rebosaba lentamente
trozos de sangre, mucosidad y seso, hasta casí manchar las botas del mercenario, que
retiró justo a tiempo, poniendo los pies sobre la silla que tenía enfrente, sin dejar de
comer.
Quizá la inferioridad númerica y física del enano le había obligado a ser tan
expeditivo y violento o quizá simplemente era un sádico despiadado que había
disfrutado espachurrando la cara de aquel fanfarrón, Seannus no acababa de decidirse
por una de las dos opciones, pero la cara bobalicona, incrédula y puramente estúpida de
los dos hombres simio restantes hizo que casí sonriera divertido. Tomó un largo trago
de metal fundido, saboreándola con detenimiento, detectando como el hollín, el residuo
más sucio de la quema de diferentes combustibles le daba un sabor amargo a la bebida
pero atenuado por la potencia de la mezcla de otros metales. Evidentemente la mezcla
había sido hecha al azar, no planificada, y sin duda eran los residuos de alguna forja
cercana, a la que el hostelero habría acudido cuando recibió su petición de almuerzo,
pero sorprendentemente el resultado final era casi extraordinario. Chispeante, pensó
Seannus y esta vez si sonrió por su propia ocurrencia, hasta que la acción en la plaza le
sacó de su gastronómico ensimismamiento.
El pequeño y cruel cabeza cabeza dura había estado mirando a los dos hombres
simio de frente, los tres inmobiles, mientras sangre ajena le resvalaba por la cara y el
cuello. Se había quitado la capucha, y todos pudieron ver la razón de la eficacia de sus
golpes. Un casco con pequeñas borlas de acero protuberante, ajustado como un guante
a su redonda cabeza, y que era el responsable del estropicio que acababa de montar en
apenas unos segundos.
Por las botas que veía debajo de la capa ahora abierta el enano vestía armadura
completa y junto a las rubias patillas y el cabello que le sobresalia debajo del casco,
peinado en gruesas trenzas anudadas con trozos de cuero rojo Seannus dedujo que se
trataba de un enano del sistema Hurin, una deducción por lo demás sin mucho mérito a
la luz de los acontecimientos. Los Huranianos eran conocidos por su agilidad y fiereza,
y si ni hubiera ido tan embozado por la capa, seguramente los hombre simios se
hubieran andado con más ojo, aunque una segunda deducción del mercenario, esta vez
sobre la inteligencia de los hombres simio iba tambien a confirmarse a continuación,
aunque las bocas abiertas y el oscilar de su cabeza ya apuntaba en esa dirección. No
acababa de identificar la raza de aquellos seres peludos pero sin duda debía catalagorlos
entre los “no muy listos”. Se veía claro que dudaban la venganza o la huida y por lo que
sucedió a continuación sin dida escogieron mal.
El corpulento aunque rápido Huriano debió pensar que allí acababa todo, porque
enfundándose otra vez la capucha se dio la vuelta y saltando con agilidad el cuerpo
caido emprendió de nuevo la marcha. Fue una oportunidad que los otros dos
aprovecharon de la peor manera, y después de lanzarse una mirada de complicidad,
pensando que a enemigo que huye ataque por la espalda, se avalanzaron todo lo rápido
que pudieron sobre él, desenvainando unas dagas curvas bastante rudimentarias pero
con muy mala pinta y un filo en la parte ancha mas ancho que sus gruesas manos
extendidas.
El estruendo que habían armado desenvainando y los pesados pasos con los que
se dirigieron hacia el enano habrían sido suficientes para alertar a cualquiera que no
fuera sordo. Y el enano demostró que además de rápido oía muy bien, y desenfundando
la pesada y corta hacha a dos manos que le colgaba del cinto, oculta por la capa, se dio
la vuelta, y con un mismo movimiento de arriba abajo cercenó el brazo y la pierna del
primero de los agresores, que gritó de dolor mientras salpicaba el rostro y las ropas de
los curiosos que estaban más cerca. El círculo que rodeaba la pelea se amplió, dejando
en el centro al enano encarandose al último de los gigantones que se había parado en
seco y lo miraba con una expresión todavía asombrada pero sobretodo de puro terror.
Tras un momento de tensión, el hombrecillo enfundó el hacha y poniéndose la
capa sobre los hombros y la capucha sobre el casco se giró otra vez para irse, y esta vez
el gigantón sobreviviente tuvo la suficiente sagacidad para mirarlo sin mover un pelo.
El huriano desapareció entre la gente y el corrillo de la plaza se disolvió al no quedar
nada ya por ver. Algunos iban comentando lo sucedido con gestos que reproducían la
pelea entre risas y codazos cómplices. Otros se limpiaban las salpicaduras de sangre de
la ropa con cara de pocos amigos. El único que no se movía era el hombre simio que
seguía congelado con cara de no entender nada de lo que acababa de suceder.
Seannus estaba terminando su plato y las últimas brasas de abedul que ya no
estaban incandescentes. Era una madera blanda, incluso pastosa, definitivamente muy
por debajo en cuanto a sabor y textura de la soprendente bebida que la acompañaba. Dio
un último trago, más espeso y frío, aunque igualmente delicioso. Los cuerpos tirados en
el suelo ya no sangraban, aunque el charco formado era considerable, sobre todo el del
segundo de ellos, con dos miembros amputados separados a apenas unos centímetros el
uno del otro que la muchedumbre esquivaba a duras penas, tropezando entre ellos por lo
concurrido de la placeta. Nadie parecía sorprendido o disgustado por la carnicería, sinó
más bien enfadados, no por las muertes y por la violencia desatada sino por las manchas
de sangre en sus zapatos.
El gigantón superviviente se había esfumado por fin y un grupo de niños
desaliñados rebuscaba entre las ropas de los muertos algo que robar y vender. Si lo
sucedido había roto la normalidad del devenir de los acontecimientos en aquella ciudad
no parecía notarse en el ambiente, parecía más bien que aquello era lo habitual en
Xhantala, donde nadie se escandalizaba por una esquivar a saltos dos cadaveres
tendidos en el suelo.
Unas mujeres uniformadas con el dibujo de una cruz y una equis con cuatro
coronas dibujada en el pecho sobre su atuendo negro se llevaron los cuerpos en un
pequeño carro tirado por una especie de cabra de largos cuernos, y mientras acababa
con su comida definitivamente, el viajero vestido del mismo color se reafirmó
mentalmente en dos conclusiones a las que ya había llegado con anterioridad en
infinitas ocasiones, y eran que nunca hay que fiarse de las apariencias y que sin duda
Xhantala, la ciudad comercial del desierto en la que estaba en ese mismo instante, era
una ciudad muy peligrosa. Aún cuando, sonriendo ajeno él también a la sangre
derramada, pensó que si las cosas salian como prometían, sin duda su visita iba a ser
muy provechosa para él.
Seannus se encontraba en una ciudad que se asentaba sobre la arena de un
mundo con su mismo nombre, una arena ardiente bajo tres soles trillizos que ocupaba
toda su superficie y sobre la cual no se conocía prácticamente nada, en parte por su
tamaño y condiciones de supervivencia, en parte poque a nadie le importaba un
pimiento que animales o plantas fueran capaces de sobrevivir ahí fuera. Mientras el
dinero siguiera corriendo en el gran zoco en el que se había convertido la ciudad del
desierto, nada más allá importaba a ninguno de sus visitantes, excepto muy de vez en
cuando, algún que otro explorador imprudente o cientifico loco, que se adentraban en el
desierto para nunca más saber nada de ellos. Xhantala, la ciudad, se asentaba en la falda
de Xhantala, la montaña, y la montaña, como resultaba obvio, también respondía al
mismo nombre que el planeta y la ciudad, y probablemente era de donde habían cogido
el nombre el resto, porque la montaña Xhantala, única y colosal, era la referencia
absoluta de aquel mundo perdido. Al final, aunque habían estas tres cosas con el mismo
nombre, no originaban confusión ninguna, pues formaban un único destino, la ciudad
que se asentaba a la falda de la montaña era lo único que cualquiera con un mínimo de
sentido común visitaría en aquel rincón de la frontera del imperio.
Pero puestos a analizar el detalle de esta circunstancia, probablemente lo más
destacable del conjunto fuera la colosal mole de piedra. Si a cualquiera le preguntaras
que le había llamado más la atención de aquel mundo fronterizo, no hubiera dicho el
enorme desierto de arenas infinitas, ni hubiera dicho el zoco de la ciudad, colorido,
vibrante y con todos los artículos imaginables, sinó hubiera dicho lo único, primero y
más destacable del horizonte del desierto, por lo demás árido y plano. Lo que cualquier
individuo señalaría de este orbe estéril sería la solitaria y titánica mole que dominaba el
planeta. Una colosal cumbre que ascendía sin fin, encaramándose a las capas mas altas
de la atmosfera y que reflejaba al espacio, con el brillo parpadeante de sus nieves
perpetuas, la luz de los tres soles como un faro que indicara el camino o una pequeña
estrella parpadeante.Y Aproximándose en esa dirección, en la dirección que marcaba la
cumbre titilante hacia tres lugares del mismo nombre, era prácticamente imposible
sobreponerse a la atracción hipnótica de la montaña que se hacía más y más grande
como una supernova que se expandía devorando los planetas a su alrededor, y que
parecía querer ocuparlo todo, incluso el aire mismo de los pulmones del visitante.
Pero si se era capaz de fijar la mirada más abajo, algo imposible para los
visitantes primerizos pero posible para los visitantes habituales, uno podría apreciar la
belleza del caos de la ciudad que se levantaba a sus pies pequeña en comparación, pero
que crecía poco a poco conforme se aproximaba, y repararía en el babel de edificios, de
diferentes materiales y alturas que se amontonaban unos sobre otros dibujando una
maraña inmensa de pequeñas calles abarrotadas y cubiertas por coloridos y varipintos
toldos en un conjunto desordenado pero de una belleza viva y cambiante.
Destacando sobre el conjunto desordenado y caótico de la ciudad una amplia
avenida la atravesaba, partiéndola por la mitad, desde la imponente muralla vestigió
quizá de otros tiempos hasta la parte alta de la misma, dominada por una ciudadela
rodeada por un gran estanque de agua y unos muros propios que separaban el recinto del
resto de construcciones. En el centro de la avenida, que coincidia con el centro de la
ciudad una plaza circular amplia agujereaba el conjunto como el agujero de un donut, y
aparecía completamente despejada de edificios o tiendas callejeras, aunque en el centro
de la plaza un géiser de agua levantaba su chorro a modo de fuente varias decenas de
metros en el aire, salpicando la plaza de pequeñas gotas y refrescantes charcos, que
dependiendo de la fuerza y dirección del viento podían llegar más o menos lejos.
La plaza marcaba la fontera entre dos zonas diferentes de la ciudad tanto por
quienes vivían en ellas como por a la altura diferente en la que se situaban las casas
sobre la montaña. En la zona alta de la ladera se encontraban las residencias y tiendas de
los comerciantes más ricos, gozaban de vistas al desierto al poder elevarse unas sobre
otras sobre el terreno inclinado para no taparse las vistas y de esta forma atenuar la
presencia de la montaña en el día a día, pues el ritmo de vida de sus habitantes
transcurría de arriba abajo, dejando casí siempre la presencia omnipresente casí siempre
a su espalda y casí olvidada. En la zona baja, desde la plaza a la muralla esto era
imposible, pues al estar construida sobre la misma arena del desierto era prácticamente
plana y los edificios se amontonaban unos sobre otros y a poca distancia, buscando
algunos, los más altos, un resquicio de panorámica que les permitiera respirar, pero la
mayoría de ellos enfrentados con otros sin más perspectivas que sus propios muros y
donde la montaña parecía avalanzarse como una ola enfurecida pero inmóvil de un mar
tormentoso. En ese ambiente, donde las miradas y los caminos por lo general dicurrian
de abajo a arriba y que resultaba sin duda un tanto opresivo era donde había almorzado
Seannus y tras pagar la cuenta, abultada como todo en la ciudad, se disponía a discurrir
el mismo camino que el resto quería recorrer sólo una vez, aquel que llevaba hacia la
ciudadela, aunque él contaba con la ventaja de la invitación que llevaba en el bolsillo.
Pensando en mundos opresivos recordó el mundo supterraneo de Sepla 2 o los
angostos valles del planeta montañoso Mu Arae, con montañas tan angostas y pegadas
entre sí que sus valles nunca recibían la luz del sol. Pero la zona baja de Xhantala tenía
algo que ninguno de aquellos mundos tenía y era la aglomeración de gente más estupida
e irritable del universo que el conocia. En apenas cinco metros de avance ya había
recibido tres empellones y varias miradas de desprecio en la abarrotada callejuela que
debía recorrer para alcanzar la parte alta y aunque no había tenido ningún percance serio
seguramente por la manera en que él mismo había devuelto las miradas, empezaba a
ponerse de muy mal humor. Para distraerse, recordó la amabilidad en como había sido
recibido tanto en Mu Arae como en el mundo subterraneo de Sepla 2, y concluyó que
seguramente se debía a el hecho de que a pesar de su falta de horizonte o luz solar, en el
segundo caso, los nativos de ambos mundos no conocían otra cosa y estaban
acostumbrados. En cambio en Xhantala todos eran forasteros que llegaban con la
intención de cerrar un trato concreto o de establecerse para cortos periodos de tiempo, y
parecía como si la ciudad fuera el destino de los más estupidos y maleducados de todos.
Se armó de paciencia y siguió avanzando, observando como a pesar del
ambiente y la hostilidad que rezumaban estas gentes, el negocio en Xhantala iba sobre
ruedas y en cualquier rincón que uno se fijara había alguien comprando o vendiendo, o
negociando para hacerlo, en cualquiera de las tiendas, tenderetes o puestos callejeros o
de los edficios colindantes. Centro de mercaderes dudosos, contrabandistas y
mercenarios, la ciudad del desierto era una metropoli vibrante del comercio en el
Imperio, básicamente todo ilegal, aunque no exclusivamente, pues también había quien
comerciaba con productos legales, aunque pocos más alla de los suministros básicos.
Razas que normalmente no se soportaban las unas a las otras convivian aquí en
pro de un enriquecimiento rápido. Todos llegaban a Xhantala con la idea de largarse tan
pronto como tuvieran los bolsillos llenos o la mercancía que buscaban y algunos lo
conseguían. Otros simplemente aparecían muertos en un callejon repleto de basura,
como los dos hombres-simio que acababa de dejar atrás.
El ritmo en la ciudad no paraba nunca, reemplazando a los actores de su tragedia
unos por otros, disponiendo de un suministro inagotable de nuevos candidatos para el
éxito rápido provenientes de todo el Imperio o incluso de más allá, con nuevas
mercancias que vender o negocios turbios que realizar, y el mismo Seannus era uno de
ellos, aunque uno que ya había conseguido escapar en más de una ocasión del funesto
destino de los perdedores que deshechaba la desalmada urbe. Aquella libertad casí
anárquica estaba propiciada por una permisibidad imperial casi legendaria, facilitada
por la situación geográfica de la misma en relación al centro Imperial y engrasada
constantemente por un estandarizado y generoso sistema de sobornos tanto en la propia
ciudad como en la estación de salto situada en órbita del planeta desértico.
Mas allá de sobornos puntuales, había una organización que se encargaba de que
ningún funcionario o soldado se quedara sin su parte, que facilitaba el comercio ílicito y
protegía y garantizaba la seguridad de los compradores más relevantes, extendíendo sus
tentaculos por cada calle o tienda de Xhantala, e incluso se decía que su dinero llegaba
a bolsillos sentados a la mesa del emperador junto con sus manos y oidos. Así la
maquinaria imperial estaba en esta ciudad muda, ciega, sorda y manca, y el dinero
corria por las calles, como la sangre que necesitaba el organismo al que regaba para
seguir vivo. Y Seannus se dirigía al cerebro y al corazon de este organismo para
seguramente recibir un encargo de la organización que lo dirigía todo, y a pesar de los
empujones e insultos proferidos en voz no tan baja, esta prespectiva era capaz de
mejorar su humor al instante, pues pocas veces en su profesión uno recibia la invitación
personal de los que eran probablemente las personas más ricas del Universo.
La nota con el sello de las Cuatro Coronas era escueta y muy cortés, como la
invitación a un acto de la corte, si Xhantala fuera un reino y los Cuatro mercaderes
reyes, en cualquier caso sería una corte que no daba fiestas y rara vez recibía visitas.
Sorprendentemente la misiva le emplazaba a visitar a los Cuatro en su residencia
personal de lo alto de la ciudad de la montaña en vez de remitirle a algún intermediario
de los muchos que tenía la organización repartidos por todas partes y lo que era a la vez
más inusual aún y altamente prometedor para sus intereses, venía con cuatro firmas
distintas estampadas directa y personalmente a mano en el papel.
Hacer negocios con la Organización no era extraordinario, pues metian mano en
multiples y variados asuntos, incluso cuando uno llegaba a un determinado nivel en su
profesión, no era tampoco extraño visitar la ciudad del desierto para un encargo
digamos más directo de algun representante de alto rango, como el que recibio para
escolar aquel cargamento por los valles de Aru Mae, por los que recibió unos honorarios
más que generosos y pagados al contado. Pero una carta como aquella firmada del puño
y letra de los Cuatro de Xhantala era algo extraordinario y mucho más prometedor que
cualquier negocio que hubiera hecho hasta ahora con la organización o con cualquier
otro, o por lo menos eso es lo que pensaba el mercenario al dirigirse hacia la zona alta
de Xhantala mientras repasaba todo lo que sabía sobre la organización de mercaderes,
sólo por si acaso.
Sobre los Cuatro de Xhantala y su organización circulaban todo tipo de rumores
que podían resumirse en dos teorías, ambas sin nigún viso de ser contrastadas jamás
debido al secretismo que rodeaba siempre sus asuntos, y a lo hermético de cualquiera
que trabajara en ella. Las dos teorias trataban de explicar el hecho de que en nombre de
Cuatro personas se controlara desde hacia siglos por completo y con puño de hierro una
ciudad tan incontrolable como aquella y lo que era aún más sorprendente, buena parte
del comercio ilegal del Imperio. Cuatro individuos conocidos simplemente como los
Cuatro y sobre los que se agrupaban en dos la explicación a su asombrosa longevidad,
pues siempre se decía que los Cuatro dominaban Xhantala y mucho más, y en teoría los
Cuatro no habían cambiado desde hacía siglos. Así pues, algunos decían que eran seres
eternos, fundadores además de la ciudad del desierto y regentes con puño de hierro de
todo el comercio ilicito o buena parte de él desde entonces aunque obviamente había
quien no creía en esa longevidad asombrosa y señalaban que en realidad los integrantes
mas ricos y poderosos de la organización se sucedían unos a otros en el cargo.
Por lo demás, hasta donde él era capaz de saber, las pocas veces que los Cuatro
se mostraban en público lo hacían siempre con sus máscaras, por lo que esta última
explicación era perfectamente plausible. Lo que si era cierto y además cien por cien
comprobable era su riqueza, poder y absoluta falta de piedad. Nadie que les traicionara
escapaba nunca con vida, y en el caso de encontrarse en su ciudad, el castigo era
sorprendentemente inmediato, casí fulminante. Se decía que los ojos de los Cuatro veían
bien de lejos pero que de cerca veian aún mejor.
De hecho en aquella ciudad sin reglas existían dos que siempre se cumplian,
muy concretas y concisas, que eran respetar la parte de los Cuatro, es decir un
porcentaje de todos los intercambios en la ciudad a modo de impuesto y no inmiscuirse
nunca en los negocios de los Cuatro, no competir con ellos ni mezclarse de ninguna
forma en sus actividades. Estas dos reglas estaban vigentes desde que Xhantala era
Xhantala, y hacían que una cantidad inmensa de riqueza fuera siempre a lo alto de la
montaña, ya fuera por el impuesto o por los negocios que tenian montados como
monopolios impuestos a sangre y miedo.
De vez en cuando mercaderes avaros o ladrones estupidos quebrantaban una de
las dos reglas o las dos, ya fuera por temeridad o necesidad cometian un error que
siempre sin excepción pagaban con la vida, y aparecian muertos de una muerte peculiar
que se conocía como la marca de los Cuatro.
La marca dejaba los cuerpos de los infractores momificados y quebradizos como
ramitas secas, sin vestigio alguno de ningún líquido ni humedad en organo alguno, y
rara vez se producía más allá de las murallas de Xhantala. No es que se pudiera escapar
de la Organización una vez revasados los muros de la ciudad, porque no era así, sinó
que aquel sello personal, aquella forma de matar ya fuera en habitaciones convertidas en
bunqueres inexpugnables o en callejones solitarios de la ciudad rara ve se extendía más
alá de la ciudad, aunque eso sí, en Xhantala sucedía de forma recurrente y incluso
habían casos de que entre el hecho a castigar y el castigo apenas transcurría un instante,
y numerosos testimonios aseguraban que el sujeto en cuestion, tras vender algún
artículo monopolio de los cuatro, o quedarse parte del diezmo en su caja fuerte
empezaba ahogarse en su propia sangre, que le revosaba también por oidos, ojos y otros
orificios, y que abandonaba su cuerpo elevandose hasta desaparecer en el aire.
Evidentemente esta forma de matar contribuía a la leyenda y al terror, y aunque Seannus
no acababa de comprender, incluso de creer, estos cuentos sobre muertes inexplicables
en lugares inexpugnables, o castigos fulminantes lo que sí tenía claro es que las dos
reglas estaban para cumplirse, sobretodo si permaniecias en aquella ciudad.
Fueran seres inmortales con poderes o astutos mercaderes con muchos recursos,
infundian un temor reverencial y supersticioso incluso a mercenarios curtidos,
conocidos suyos, que no eran precisamente hermanitas de la caridad, y que se hubieran
meado encima si hubieran sabido que los Cuatro iban tras, pero a los ue también se les
hubieran iluminado los ojos con la posibilidad de trabajar para ellos y mas directamente
para los cabecillas, porque a aunque el riesgo o de trabajar para psicopatas vengativos
era la cruz, la cara de aquella moneda era la extraordinaria riqueza que a través del
tiempo había conseguido amasar la organización.
Así que, lo que podía ser uno de los trabajos más lucrativos de su larga vida
podía estar a la vuelta de la esquina, un trabajo que seguramente le permitiria ganar lo
suficiente para retirarse una temporada e incluso fundirlo y beberlo de un trago, si es
que le pagaban en oro. Su predilección por una buena taza de oro fundido por la mañana
era un habito delicioso pero enormemente caro, aunque por fortuna y gracias a su
excelente reputación era capaz de permitirse bastante a menudo.
Acababa de dejar atrás a un Huarg muy cabreado, tras un empujon y casí llegar a
las manos y para más inrí se había dado cuenta de que una substancia azul y maloliente
le resvalaba por la capucha, seguramente un escupitajo de algun imbecil descerebrado y
empezaba ha estar muy harto de andar a trompicones. Además el cansancio del viaje y
los coletazos de su anterior misión, una aburrida escolta a la mujer de un alto
funcionario que no paraba de hablar y lanzarle miraditas que pretendian ser seductoras,
aumentaban su sensación de hartazgo, así que decidió tomarse un descanso y acudir a la
reunión al día siguiente, descansado y con la mente clara.
Además, por la mañana tendría tiempo de reconocer el terreno, por si debía
recurrir a la vieja técnica de la retirada táctica. No había prisa, la invitación no cerraba
una fecha u hora concreta y las calles de la ciudad estarían más despejadas por la
mañana y el mediodía, cuando los tres soles incidían directamente y el calor era
abrasador. Es más, con todas esas tiendas callejeras con sus toldos y mesas de madera,
los cestos de mimbres y cajas apiladas. Con numerosos almacenes colindante de aceites
o granos así como combustibles y bebidas alcoholicas y el calor del día, aquella ciudad
era una pira en potencia y si fuera necesario, pensó mientras unas pequeñas llamas
surgian de las yemas de sus dedos ennegrecidos juntandose en una sola en la palma de
su mano extendida, se convertirían un la hoguera que necesitaría para cubrir su retirada.
Lo que estaba claro es que no podía seguir andando a codazos entre aquella
anarquía de mercancias y gente maleducada así que en el trecho que le quedaba por
recorrer hasta encontrar una taberna decente lo mejor sería mostrar el salvoconducto que
le habían hecho llegar. Esperaba poder ir más cómodo, además de que sería más seguro
y tomada ya la decisión, anunciaria a la organización que había llegado mediante los
numerosos ojos que sin duda tenían por todas partes, si es que no lo sabían ya. Así que
sacandolo de su bolsillo se colgó del cuello la gruesa cadena de oro que sostenía el
medallón de las cuatro coronas unidas por un circulo y una cruz, cada una en uno de los
cuatro puntos cardinales, mientras una X cruzaba el conjunto representando la ciudad.
El efecto fue inmediato, en cuanto el medallón fue visible, arrancando reflejos
dorados de la iluminación callejera, fue como si una burbuja transparente pero tangible
le envolviera y ya nadie dejó de reparar en él. Observó comentarios susurrados entre los
dueños de los tenderetes frente a los que pasaba y en cuanto los viandantes se
percataban del colgante se apartaban ,como un rio al rodear una gran roca en el discurrir
de su cauce, incluso recibió alguna reverencias o sonrisas nerviosas a modo de saludo y
muestra de respeto. La cantidad de sangre derramada para institucionalizar este respeto
temeroso a un mero símbolo en una ciudad tan salvaje, anárquica y maleducada, debía
ser digna de tener en cuenta, pero aprovechando la circunstáncia no volvió a tener nigún
empujon, si quiera un mero roce y mucho menos un insulto hasta que encontró la
posada adecuada para descansar hasta la mañana siguiente
La posada no parecía gran cosa por fuera, simplemente la eligió porque era la
única de las que había pasado que no parecía un estercolero inmundo o una casa de citas
de la mas baja estofa. Su puerta grande de madera, vieja, y la zona baja de la ciudad
donde se encontraba no invitaba a imaginar muchos alardes pero por lo menos su
fachada parecía limpia, el letrero estaba completo y una agradable luz salía de su única
ventana de la planta baja, así que entró.
En cuanto se acostumbró a la escasa luz de las pocas luces amarillas repartidas
por el local pudo ver una salón más grande de lo que hubiera esperado, con una larga
barra de piedra y numerosas mesas que en ese momento estaban vacias. El suelo estaba
limpio y el mobiliario, aunque antiguo, ofrecía un aspecto robusto y cómodo, con
cogines raidos sobre cada una de las sillas de madera y mesas grandes y macizas. A
primera vista le produjo una sensación mejor de la esperada, pues parecía ofrecer
tranquilidad y limpieza, lo mínimo que él necesitaba en ese momento. Detras de la barra
de piedra un posadero, grueso y sudoroso lo miró inquisitivo, valorando si era un cliente
o alguien buscando problemas, mientras jugueteaba con un inmenso rifle de dos
cañones que tenía apoyado encima del mostrador y limpiaba un vaso con un paño no
muy sucio. Lo curioso del asunto es que para limpiar el baso usaba dos manos, así que
obviamente era con la tercera con la que acariciaba distraida pero notoriamente el
gatillo del arma. Aunque no era habitual, los implantes no eran lo más raro del universo,
así que Seannus no le dio mayor importancia. La moda de los implantes o la
regenetización había probocado una ola de fundamentalismo contra los modificados,
pero él nunca tubo ningún prejuicio de ese tipo. Incluso había conocido a una mujer
recodificada con genes de pantera que había resultado ser un auténtico y espectacular
descubrimiento hacía años.
En cualquier caso, en cuanto el posadero vió el medallón abandonó el jugueteo
nervioso con el arma apoyando su tercera mano sobre la barra despues de invitarle a
acercarse con un gesto, sin dejar de frotar el vaso cuyo cristal debía brillar ya como la
superficie de la desaparecida Calaxtra, si es que Calaxtra existió alguna vez y no era
solo un cuento de niños. Avanzó por el ámplio comedor acercandose a la barra, que
debía debía ser también la recepción de los huespedes de las habitaciones que habrian
en el piso de arriba, con la cada vez más apremiante necesidad de descansar, cuando
apenas había dado dos o tres pasos dentro del edifició cuando se percató que su primera
impresión de hayarse en una sala vacia había sido falsa.
Al fondo de la sala, medio borroso por la falta de luz o por algo que no pudo
identificar en ese instante algó grande y corpulento llamó su atención. Al mismo
tiempo, sintió físicamente un contacto con aquella especie de ondas o tentáculos que los
psíquicos utilizaban a veces para desarrollas sus habilidades especiales. Aquello si era
extraño pensó rápidamente, a diferencia de los mutados o los modificados los psíquicos
eran rarísimos en el universo y los pocos que habían solían acabar en las filas del
ejercito imperial, casi todos medio encerrados en el mundo capital bajo las ordenes
directas del propio Emperador, así que encontrarse con uno era como encontrar una
aguja en un pajar, un pajar de kilometros de diametro. De hecho, en cuanto consiguiera
más información debía valorar la posibilidad de cobrar la recompensa que se ofrecía por
la entrega de cualquier psíquico, y que por la potencia de la sensación que le produjo su
escrutinio en este caso debía ser alta.
Automáticamente, sin detenerse ni cambiar el gesto, puso en marcha algunas
defensas contra psíquicos que había aprendido en sus tiempos del ejercito, mente en
blanco y musculos relajados, y continuó hacia la barra mientras trataba de enfocar el
origen de la sensación que experimentaba y trataba de disimular que había percibido su
condición. La mayoria de la población ni siquiera era consciente al entrar en contacto
con los sentidos y habilidades extras de los psíquicos, aunque con el entrenamiento
adecuado era posible no sólo detectarlos, sinó mucho más. Aún focalizando aquella
presencia en el fondo de la sala no acababa de distinguir su contorno, y empezaba a
ponerse en tensión cuando la sensación que notó desapareció, al tiempo que la forma,
que pudo ver sentada a la mesa, fue aclarándose.
El otro cliente de la taverna terminó de hechar su peculiar vistazo al nuevo
visitante, que era él, y se habían retirado prudente, volviendo a su plato y atacándolo
con fruicción. Entonces fue cuando vió porqué no había sido capaz de observar su
contorno bien definido. La piel, o lo que fuera que recubria a aquel ser, era capaz de
cambiar de color como un camaleon, y lo hacía con una velocidad y precisión increible.
Aún ahora que lo había localizado, le costaba seguir el movimiento de las pinzas con las
que atacaba la masa informe de la que se estaba alimentando. Al llegar frente al
posadero le llegó nítidamente el olor de aquello, fuera lo que fuera, de lo que se estaba
alimentando.
-¿Es asqueroso verdad?, ¿ve usted lo que come? -le dijo el posadero percatandose de la
atención que habia dispensado Seannus a su otro cliente-, o mejor dicho¿lo huele? No
sabe lo que he tenido que hacer para prepararle eso y no hablo sólo de recoger a los
grandes gatos y las ratas medio podridas del callejon de las peleas, no. Hablo de tener
que triturarlos prepararle esa mezcla descompuesta casí ha hecho vomitar varias veces,
y eso que tengo un estomago fuerte… y servirlos en una de mis queridas fuentes…por
dios tendré que lavarla veinte veces como he hecho con la licuadoray aún así no se si al
final tendre que tirarla. Ahora bien -añadió sonriendo mientras guiñando un ojo- se lo he
cobrado a precio de oro.
-Cada uno esoje su comida conforme sus necesidades y a mi me importa más bien poco,
la verdad-dijo Seannus- Buscaba una habitacion.
El menú del otro cliente no le llamaba tanto la atención como su aspecto, y
Seannus no le quitaba ojo, tratando de identificar su raza o por lo menos algún indicio
de su procedencia. Se dio cuenta que lo que cambiaba de color, imitando el baile de las
luces parpadeantes sobre el color marron claro de la pared del fondo era un
exoesqueleto dúro, como el de un insecto. En realidad todo en él recordaba a esta
familia de animales con dos grandes pinzas que se confundian con la madera de la mesa
sobre las que las tenía apoyadas y otras dos, que le nacían un poco más arriba, que se
movian a más velocidad transportando aquella gelatina amorfa hacia una boca con
mandibulas externas, cortandola y sorviendola sin parar. Lo único que difería de lo
normal en los insectos, a parte de su capacidad de mímesis, era el tamaño. Debía medir
unos tres metros desde la cabeza hasta el final de un grueso abdomen tambien
acorazado, aunque con la parte de abajo blanda. Del abdomen, que sería más de la mtad
de su cuerpo, salían cuatro largas patas picudas que ahora tenía dobladas, como de
cuclillas, para poder adaptarse a la altura de la mesa y comer cómodamente.
Lo cierto es que le resultaba familiar, y aunque después de aquella primera
inspección el bicho no había vuelto siquiera a mirarle, Seannus no podía evitar mirarlo
fijamente, tratando de recordar a que le recordaba. Cuando se centró en sus ojos lo vió
claro.
-Es un habitante de las colmenas-dijo el posadero en voz baja, como si adivinara sus
pensamientos.
Era cierto, aquel bicho era un ser de los mundos colmena, uno de un tipo de los
que Seannus no había visto nunca, a pesar de haberlos combatido durante años. Aquello
no tenía sentido, un ser como aquel, sólo y en el Imperio, era algo que no tenía ni pies ni
cabeza, y además era un psiquico. Nunca había oido hablar de la presencia de psiquicos
en las filas del ejercito de las tres reinas.
-Es increible verdad?-continuaba el posadero. Seannus casi se preguntó si aquel hombre
grueso y sudoroso también sería un psiquico pues le estaba leyendo la mente- Cuando lo
vi entrar no me lo podía creer, un bicho en la posada de un veterano apunto estuve de
pegarle un tiro en cuanto lo reconocí, aunque me llevó lo mio…nunca había visto a uno
como ese, y eso que serví en black buruca…
Seannus no dijo nada, anque él también habia estado en la gran batalla de aquel sistema,
donde ambos ejercitos se dieron cuenta de que el resultado de la guerra iba a ser tablas.
De momento así era. Desde aquella carnicería donde los dos bandos hecharon el resto
imperaba una tregua que ya duraba varias decenas de años, casí una paz permanente.
-Tampoco yo había visto nada parecido nunca-concedió el mercenario.
-Es usted veterano? Estuvo el Black Buruca? En que compañía?
Seannus no dijo nada, y el posadero hechando un evidente vistazo a su colgante añadio.
-Sabe porque no le heche a patadas? Él tambien tiene uno como ese-dijo en voz baja con
una expresión de quien hace una confidencia que sabe que es importante y se siente
orgulloso de ello.
Aquello podía complicar las cosas, si es que tenía algo que ver con el motivo por
el que Seannus estaba aquí. Intentó plantear un escenario que juntara las piezas, pero
estaba cansado y no tenía suficiente información, así que desistió. Lo que tuviera que
ser sería, mañana lo haberiguaria. Viendo el gesto cansado de la cara del mercenario,
que se había quitado la capucha el posadero se apresuró a decir.
-Pero bueno, ¿dónde están tus modales estúpido cabeza buque? ¿Es que no vas a a dejar
de hablar y atender a tu cliente? -dijo esbozando una gran sonrisa- ¿Desea comer algo?
Además de que ya había almorzado la referencia a algó para picar no era muy
apetecible con el olor que se le pegaba a las fosas nasales. La pelea de aquellos gatos y
las ratas debía haber pasado hacía muchos días. Lo que necesitaba era un lugar tranquilo
y una buena hoguera para pensar y coger fuerzas. Aún sabiendo la respuesta preguntó
por una habitación con chimenea.
-¿Con chimenea en Xhantala? ¿Para que demonios querriamos una chimenea en este
maldito desierto? -pero mirando el medallón añadio rápidamente- Muy buena señor!
Que ocurrencia! Es usted muy gracioso!
Seannus no dijo nada pero entrecerró ligeramente los ojos.
-No tengo chimeneas, pero para un cliente tan importante como usted -remarcó con el
rostro bastante mas serio que hacía un segundo- tengo las habitaciones más limpias y las
camas más blandas ¿desea que le prepare algo de comer o prefiere que le enseñe la
mejor habitación de la casa?
-Enseñeme la habitación pues -cerró Seannus.
Mientras salía de la barra el posadero lanzó una mirada nerviosa al habitante de
las colmenas como pensado si dejar a aquel ser gigante sólo en su comedor era buena
idea. Finalmente no se detuvo en su camino hacia las escaleras, farfullando algo sobre
unas camareras malditas que nunca estaban cuando se las necesitaba. Mientras el
horondo personaje subía por los peldaños de piedra agitando al andar un manojo de
llaves con una de sus tres manos, sudaba profusamente, y no sólo por las escaleras,
pensó Seannus, se notaba que la presencia en su posada de dos invitados de los Cuatro,
uno de ellos un tryanide, no era algo que contribuyera a la estabilidad de su tensión
arterial.
- Perdón por mi curiosidad, ¿señor, qué metal es el de ese bastón?- dijo cambiando de
tema. Se refería al báculo liso y negro de Seannus - Entiendo algo de metales, mi primo
era herrero en nuestro mundo natal, un herrero muy bueno, demasiado para lo que le
convenia, el imperio lo reclutó y ya nunca más lo volvimos a saber de él, mi tía se
quedó destrozada, totalmente enajenada, fijese que antes la llamaban Francy
mediocuerpo porque era rolliza y sanota y luego se lo siguieron llamando, pero ya
porque se quedó en los huesos -el posadero cogió aire al llegar al rellano del pasillopero
me voy por las ramas, señor, ¿qué metal es ese? Nunca había visto algo semejante.
Seannus lo miró por un instante mientras encaraban el pasillo del piso de arriba,
valorando si contestar o no, o si por el contrario, incinerarlo hasta los huesos para que
cesara el parloteo del que no habia dejado de hacer gala desde que había entrado allí.
- Es de mi mundo natal, un metal muy abundante allí, ligero, rígido pero
maleable, pero se quiebra con facilidad -mintió-. Carece de valor para forjar nada, pero
es un recuerdo de mi hogar y me sirve de apoyo en el camino.
El posadero se mantuvo en silencio, esperando quizá mas detalles sobre el origen
de su cliente portador también llevaba un medallón de los Cuatro, y uno igual de grande
y de gran valor, a la vista del oro y las piedras preciosas que lo adornaban. Igual que el
del insecto gigante. El posadero no había visto nunca desde que se establecio en
Xhantala hacía casi treinta años medallones como aquellos. El emblema de los Cuatro
si, en uniformes como los de las limpiadoras, o broches como los que llevaban los
sirvientes de la organización pero aquellos medallones denotaban algo más. Empezaba a
creer que se encontraba en el centro de un asunto grave, quizá una conspiración, y que
de un momento a otro acabaría más seco que los salazones de pescado que guardaba en
la despensa.
Habían llegado al final del pasillo y el posadero sostenía una llave frente a una
puerta grande de madera, parado y sin dejar de transpirar. Al permanecer Seannus
callado sin añadir nada más de su procedencia ni concederle siquiera el mas minimo
resquicio de información que pudiera tranquilizarle, no tuvo mas remedio que abrir la
puerta y levantando los tres brazos como para enfatizar sus palabras y gritando como si
quisiera que le oyeran en la mismísima ciudadela dijo:
-Mi mejor habitación para mi mejor huésped!! - mientras se ponía a un lado
dejando a Seannus pasar.
Algo sobreactuado pero bien, pensó Seannus, que una vez más permaneció en
silencio. Le había cogido el gusto en ver sudar a aquel nervioso manojo de grasa y
brazos. Dejó su bolsa sobre la cama y el bastón apoyado en la pared, y al ver que se
estaba acomodando el posadero aprovecho para lirse y cerrar la puerta un poco más
rápido y fuerte de lo que abria hecho normalmente. Sus pasos en el pasillo sonaron
apresurados, aunque su maldición a mitad de camino fue inteligible, el mercenario
sonrió haciendose una idea de por donde iban los tiros.
La habitación era amplia, de techos altos, con una fuente y una pila donde corría
el agua sin cesar al lado de la ventana, y una cama enorme con dosel. El detalle de la
fuente no sorprendió al mercenario, en Xhantala a pesar del desierto circundante no
escaseaba el agua y estaba presente por todas partes. Dos sillones de aspecto cómodo en
torno a una mesita formaban una pequeña sala de estar, y aunque no había donde
encender fuego, en conjunto era mucho mejor de lo que cabría esperar. Mientras se
quitaba la capa y el jubón de cuero pensaba en el Tryanide de allí abajo, y si el hecho de
que ambos coincidieran allí era mera coincidencia o no. Probablemente debería haber
interrogado al posadero, y sin duda aquel le hubiera dicho todo cuanto sabía facilmente,
en vista de su locuacidad. Pero el posadero no sabría casí nada y hubiera sido interesarse
publicamente por algo que si fuera de su incumbencia lo haberiguaría en unas horas.
Con los asuntos de los Cuatro lo mejor era ser prudente. Mañana tendría la iformación
necesaria para decidir, y si nó, se largaría de allí y a otra cosa.
La piel oscura del mercenario aparecía escamosa y quebradiza y desprendía un
fínisimo polvo negro que caía de manera imperceptible pero constante al suelo. Cerró
con llave y terminó de desvestirse y se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. No
era el momento para dormir profundamente, pero una larga meditación le ayudaría a
descansar el cuerpo y poner las ideas en orden, a pesar de la poca información. Había
despejado la zona de la mesita, arrinconandola contra la cama, por lo que tenía espacio
suficiente para meditar.
Seannus se quitó la capa desabrochandose también el jubon con el torso
desnudo, su piel se mostraba quebradiza, escamosa y de un color marron ceniciento o
gris oscuro y se desprendía parcial y lentamente con con una lijera bruma polvorienta
casi imperceptible. Si alguien hubiera entrado en ese momento quizá hubiera reconocido
su raza y procedencia, siempre y cuando recordara antiguas historias. Un momento
despues de cerrar los ojos su piel oscura empezó a plagarse de pequeños surcos
brillantes, diminutos rios de lava fundida que empezaron a surgir abriendo gritas en ella.
Una nube ceniza empezó a elevarse cuando la capa externa de la piel se desprendió por
el calor en un fino polvo que flotaba en el aire mientras los surcos brillantes se
ensancharon y pronto parecieron serpientes ígnias danzando sobre el cuerpo del
mercenario con un movimiento casí hipnótico y casí al instante empezaron a surgir
llamas las primeras llamas, pequeñas al principio, pero que enseguida se conviertieron
en una sóla que envolvió el cuerpo sentado en el suelo con un fuego blanco y amarillo
que ardía contenido en la habitación. Al cabo de un buen rato dos puntos rojos, frios en
medio del fuego aparecieron cuando Seannus abrio los ojos mirando en dirección a la
puerta pero sin ver nada, mientras la intensidad del fuego bajó hasta apenas un par de
centimetros alrededor de su cuerpo, del que se volvió a distinguir el contorno, aunque
ahora su piel no tenía ni rastro de la anterior textura escamosa y aparecia renovada de un
color rojo oscuro y casí en movimiento bajo las llamas y costaba distinguir el final del
cuerpo con el principio del fuego. De la intensidad con la que había ardido esos minutos
quedaba un surco negro en el techo y una cama ligeramente chamuscada y una
temperatura en la habitación elevada que permaneció las horas que transcurrieron desde
ese momento hasta el amanecer, con el mercenario inmobil sin cerrar los ojos con el
cuerpo envuelto en pequeñas llamas como danzando a su alrededor.
BorjaPublicado el 19 de noviembre de 2015
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