El Bufón y la Reina

El bufón jamás se lleva a la Reina, su amor no puede ser correspondido, pues la vulgaridad de su existencia es la divina muralla que lo separa de su amada. Nuestro bufón recuerda con nostalgia las tardes primaverales en las que solía salir a los campos reales a recoger delicadas flores para regalárselas a la Reina, siempre escogía las más bellas, pues sentía que entregarle flores comunes equivaldría a insultar a su inconmensurable hermosura, que, según él, dejaba ciego a todo aquél que la contemplara por un periodo de tiempo muy largo, puesto que pocas son las miradas dignas de apreciar tan majestuoso cuerpo, la suya, ciertamente, no la era, por eso gozaba de mirarla por poco tiempo, quemando en sus recuerdos cada milímetro de su suave piel.

Hace mucho tiempo, el bufón del que hablamos, había sido Rey, se había casado con la Reina, fueron felices por muchos años, sin embargo, la Reina, su amada, padecía de una grave enfermedad capaz de corroer su memoria, destruyendo solo los fragmentos más felices de su vida, por lo que no importaba que tanto amor el Rey -nuestro bufón- le entregara a la Reina, ella lo terminaría olvidando. El olvido no es un traje que sea de deseado uso para las personas, por lo que el Rey no pudo soportar tan diabólica tortura, por más que la amara, jamás podría lidiar con todas aquellas agujas clavándose en sus ojos, así que fingió su muerte, quemando la habitación real, con un cadáver vestido con prendas suyas adentro. Funcionó, los rumores de su fallecimiento se esparcían como plagas, él escapó, se refugió durante años en una cabaña en el bosque, donde vivió de aquello que la naturaleza gentilmente le entregaba, sumido en oscuras reflexiones.

Finalmente volvió, su rostro había envejecido, sus ojos estaban cansados, su andar era lento, pero emanaba un aura sabia y jovial, la gente parecía notar esta contradicción, o quizás notaban el enorme parecido que este anciano tenía con el antiguo Rey, del que ya no se hablaba. Escuchando a la gente supo que la Reina seguía viva, esto lo entusiasmó un poco, pero se mantuvo calmo, planeando una forma de acercarse a la bella dama que solía ser la luz de cada uno de sus días. Cierta mañana se presentó ante la corte real como bufón, prometiendo risas, malabares, cantos e imitaciones, todo por alegrar a la hermosa Reina, ella lo miró de reojo y le habló:

-¿Cuál es tu nombre, humilde bufón?
-No tengo, su Alteza -dijo sonriente el bufón- pero me puede llamar, simplemente, bufón.
-Te asemejas mucho a alguien que no logro visualizar del todo, ¿sabes? Yo soy incapaz de recordar momentos felices, por eso mi nombre es Reina Elizabeth I, La Desgraciada -dijo la Reina con un semblante melancólico-.
-Mi Reina, jamás ha visto a este tonto bufón, se lo juro.
-La muerte del Rey, mi esposo, me ha hecho muy infeliz, han pasado años, y a pesar de que no logro que su rostro se haga visible en mi memoria, se muy bien cuánto lo amé... hoy lo odio, lo odio por morir, si estuviera vivo, yo ordenaría que le cortaran la cabeza por lo que me hizo. En fin, lamento que hayas tenido que oír eso, bienvenido a la corte, tú serás mi nuevo bufón espero que...

Pero el bufón dejó de escuchar, el dolor inundaba sus oídos, que idiota fue, no pensó en el sufrimiento de la Reina al enterarse de su muerte, es cierto que olvidaba lo que la hacía feliz, pero no olvidaba que ALGO la hacía feliz, por lo que jamás dejaría ir aquellos sentimientos que la mantenían viva y hacían de sus días algo soportable. El castigo del bufón sería hacerla reír, ver su alegría, admirarla cada día y seguir siendo olvidado, por el resto de su triste y maldita vida.

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