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Un Día Llamado Navidad

"Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad…"

¡Es Navidad!

Los escaparates de los establecimientos comerciales, están adornados con figuras de la última película de dibujos animados. Sobre las calles, guirnaldas de luces intermitentes que parecen el reclamo de un club de carretera, nos informan de la llegada de esta extraña fiesta en la que, todos los años y por arte de un inexplicable fenómeno, nos volvemos «amables», felicitamos al vecino con el que nunca hemos intercambiado palabra y, como símbolo más visible de nuestra integración en tan universal evento, ponemos un árbol de plástico con bombillas de colores en el balcón de nuestras casas...

¡Es Navidad!

En una casa, casi derruida, en el callejón posterior al edificio en donde vivo, una familia argentina, recién llegada de la patria lejana, está colocando sobre la mesa las escasas viandas que han logrado comprar con el jornal de la esposa que trabaja cuidando ancianos por las noches: un potaje de lentejas, salchichas baratas, una barra de pan y unas magdalenas. Él, desde su llegada, ha estado buscando trabajo, sin éxito… ¡Quizá después de Navidad!
En la pequeña habitación, el olor a hierba mate lo invade todo. Dos niños, ojos grandes y negros, contemplan a su padre que cuelga del árbol unas bolas de colores y pequeños paquetes llenos de ilusión y vacíos de regalos…

¡Es Navidad!

Dos nigerianos, negros como la noche, cargados de discos compactos cuyas carátulas de colores desvaídos indican bien a las claras su procedencia clandestina, bajan del autobús urbano.
Ambos, el rostro casi blanco por el frío y la lluvia, caminan por la acera ofreciendo su mercancía a los viandantes con gesto algo temeroso.
«¡Negro de mierda! ¡Mira por donde caminas!»
El grupo de jóvenes, con altas botas y un corte de pelo que permitiría ver sus ideas si las tuviesen, se queda esperando una posible reacción a su xenófoba provocación. Los dos africanos, cargados con las mochilas repletas de baratijas y discos compactos, siguen su camino, en silencio y con paso rápido, sin mirar atrás…

¡Es Navidad!

Los médicos de guardia no dan abasto. Urgencias está a punto de colapsarse. Los ingresos, por accidentes de circulación y algún que otro coma etílico, parecen haberse multiplicado esta noche. El ulular de las sirenas de las ambulancias que llegan continuamente, se mezcla con los sempiternos villancicos que salen de los altavoces instalados en la fachada de un gran centro comercial cercano. En la sala de espera, nerviosos y haciendo caso omiso de las recomendaciones de una enfermera, varios familiares insisten en querer saber que sucede y cómo están sus parientes, recién ingresados.
En la décima planta del hospital, dos niños de apenas cinco años con la cabeza completamente calva por efecto de la quimioterapia, están jugando con una consola, sentados en la cama. Más allá, en la habitación de enfrente, otro pequeño de cara pálida y ausencia de sonrisa, está conectado a un gotero, con la mirada perdida en el blanco techo de la habitación.

¡Es Navidad!

Ha puesto sobre la mesa un pequeño y sucio mantel. Abre la lata de sardinas, y como si se tratase del manjar más caro del mundo, vacía con exquisito mimo su contenido en un viejo plato de porcelana.
Sienta sus casi noventa años, trabajosamente, en la silla. Mojando pequeños trozos de pan en el aceite, va comiendo despacio, parsimoniosamente, como alargando la masticación hasta lo indecible.
Vive en soledad desde hace más de cinco años. Su esposa, tan vieja como él, murió de neumonía el año pasado. Sus hijos, un varón y una hembra, viven a escasos veinte kilómetros. Una vez cada dos o tres meses, le visitan. Estas Navidades, las pasarán en Canarias. Han prometido llamarle el día de Nochebuena, para saber cómo está y felicitarle las fiestas. A él, dicha sea la verdad, ya le da lo mismo...

¡Es Navidad!

Por el pasillo corretean dos niños rollizos. En el salón tres hombres ven la televisión mientras en la cocina, las mujeres se afanan en preparar la cena: pavo relleno, rodaballo, brazo de gitano, vinos de Rioja, turrones variados, mazapán, licores y café... Ellas, con los rostros enrojecidos por el trajín y el calor de la cocina, no dejan de charlar mientras colocan las bandejas repletas de manjares sobre una mesa.
Bajo el árbol, un pino natural de casi tres años, decorado con brillantes bolas de cristal y muchos paquetes cubiertos con papel de alegres colores, juegan los niños...
El ambiente cálido, lo mullido del sofá y un par de copas, contribuyen a que ellos se adormezcan, mientras esperan la hora de degustar la cena que, en grandes bandejas, ya están sirviendo en el comedor.

¡Es Navidad!

En el Hogar Juvenil, dependiente del Gobierno Autónomo, varios educadores se afanan en terminar la decoración del árbol situado en el centro de una de las aulas. Todo está preparado, como cada año, para repartir los regalos: camisas, pantalones y alguna que otra consola de juegos para los más pequeños...
José, uno de los adolescentes que ha pasado casi toda su vida entre aquellas paredes, mira por la ventana que da a la bulliciosa calle comercial.
Su mirada, acostumbrada a buscar cada Navidad entre la gente que pasa, tiene el brillo de la esperanza, y la tristeza de quien tiene la certeza de no poder encontrar lo que busca.
Lleva, desde que tiene recuerdos, vagando de Hogar en Hogar y nunca ha conocido a sus padres. Esta Navidad, como todas las precedentes, serán tristes. Está deseando que todo pase para volver a sumergirse en las clases y olvidar una fiesta que le deprime. ¡Se ha prometido a si mismo que cuando sea mayor, nunca celebrará la Navidad!

¡Es Navidad!

Gaiko, apenas cumplidos los diecinueve, está leyendo el manual con detenimiento, siguiendo con su dedo índice los trazos del esquema de la bomba lapa. Es su primera misión de «guerra». Ha recibido la orden de colocarla, precisamente el día de Navidad, bajo los fondos de un coche de un Guardia Civil que vive en la cercana localidad de Hernani.
Hace apenas dos años que comenzó su «carrera» en la «Kale Borroka» para, más tarde, ser captado para formar parte de un comando liberado de ETA…
Antes de poner la bomba, cenará con sus padres y cantará los tradicionales villancicos en euskera con toda la familia. Después, con el pretexto de salir de copas con los amigos, se dirigirá a Hernani para poner la bomba en los bajos de aquel coche. Está ansioso por leer en la prensa de la mañana siguiente, el macabro resultado de su «patriótica» hazaña...

¡Es Navidad!

Los tanques, lanzando el negro humo de sus escapes hacia el cielo cuajado de estrellas de Ramala, circulan en largas hileras camino de las afueras del poblado palestino, después de haber derribado la casa de su primo Yasir. Ahmed, apenas seis años, siempre los ha visto como grises monstruos que le despiertan bruscamente de sus sueños.
No conoce otro paisaje que el de las ruinas de casas destrozadas a su alrededor. En ellas, juega todos los días entre el ruido ensordecedor de los tanques y el silbido de los obuses sobre su pequeña cabeza.
Su visceral odio, herencia del de sus abuelos y padres, crece en su pequeño pecho cada vez que observa la estrella de David sobre los blindados. Su única ilusión es ser mayor para poseer un arma y combatir al enemigo.

¡Es Navidad!

Alberto, con la copa en la mano y la mirada perdida, es abordado por una de las chicas del bar de alterne. Morena, de hermosos ojos castaños y con el pelo rizado, no tendrá más de veinte años. Su mínima vestimenta, deja adivinar un hermoso cuerpo...
Él, regresando de sus pensamientos, la mira con curiosidad. La chica, acostumbrada a todo tipo de caras, se presenta con el estereotipado: «¡Me llamo Tania! ¿Y tú?»
Alberto no contesta de inmediato, pero se acerca un poco más al cálido cuerpo de la joven prostituta: «¡Alberto!» Su voz suena como cansada, y sus pensamientos le transportan de nuevo lejos de allí. Hace dos meses que su esposa le abandonó, después de múltiples problemas, peleas y desencuentros.
La falta de trabajo, su afición a la bebida y la falta de entendimiento entre ambos, les habían llevado a un callejón sin salida. Ella, cansada de aquella vida, optó por marcharse con sus padres.
Él, viviendo del paro y de lo que su madre le da a espaldas del viejo, se pasa las noches de barra en barra, como buscando lo perdido en aquellas chicas que siempre ríen sus gracias; que parecen no poner nunca en duda las historias que les cuenta.
La joven prostituta, cansada de esperar una oferta por parte de Alberto, termina por abordar a otro cliente recién llegado: «¡Me llamo Tania! ¿Y tú?»
Alberto, con la copa cerca de los labios, continúa con la mirada perdida…

¿Es Navidad?


© 2009-Fernando J. M. Domínguez González





Canteiro12 de diciembre de 2009
Archivado en:
navidad fiesta

1 Comentarios

  • Danae

    Fernando ...
    Estas estampas navideñas que has presentado aquí refleja toda la miseria de estas fechas. Es Navidad ... pero el espíritu navideño es con frecuencia un espejo de mil caras de pobreza y tristeza, de ilusiones rotas,de desesperanzas ...
    Me ha llegado esos flashes de infelicidad en medio de la alegría que se nos quiere vender en estas fechas. Excelente.
    Un abrazo fuerte para ti!!!

    23/12/09 06:12

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