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Desalojaron Hasta a Los Muertos


Don Diego -padre de nuestro rey- fue sepultado en 1968 en el clásico cementerio de las grandes familias tradicionales de Argentina, el cementerio de La Recoleta, ubicado en el centro de la ciudad capital de la República, Buenos Aires. Su entierro se efectuó en la bóveda de la familia de su esposa, doña María Gregoria Cucullu. Allí descansaban, entre los de otros muchos miembros de esta extensa familia, los restos mortales de don Vicente Cutillas y su esposa, doña María Ángela Olivera.

En realidad el pequeño monumento sepulcral, si bien estaba concedido a perpetuidad, ya resultaba muy pequeño para alojar los despojos mortales de los miembros de las muchas ramas del árbol familiar -muchísimas en realidad porque cada cabeza de hogar engendraba una decena de hijos, o una docena si mejor le venía-, si bien algunos cadáveres ya reducidos habían sido dispuestos en pequeñas urnas. Lo cierto es que al ir depositando los sucesivos ataúdes el espacio disponible en algún momento se agotó, los cadáveres más hacinados que familia pobre en habitación de conventillo. Algunos deudos ya recurrían a los monumentos funerarios de las familias de sus consortes, o disponían de bóvedas en otros cementerios, menos elegantes y aristocráticos quizás, pero ¡qué puede importarle la elegancia y posición social a los cadáveres, si la muerte los iguala, dirían!, otros ya no vivían en la gran ciudad muchos en sus muchas estancias-, otros se radicaron en otras provincias. O en el extranjero. No resultó extraño entonces que se decidiera vender la bóveda, y a buen precio, por cierto, pues muchos nuevos ricos los demandan creyendo que su posesión les ayuda a escalar la pirámide social. Habría que entregarla desocupada, o sea que los muertos serían desalojados.

Cada rama familiar debió disponer de los despojos de ancestros y familiares, directos y colaterales, más o menos recientemente muertos. El traslado de los más antiguos ya reducidos y en urnas despertaron menos emoción, menos dolor, menos compasión, algunos menos compromiso, algunos indiferencia absoluta, algunos debieron soportar la indagatoria retórica, obviamente- acerca de su ubicación en esta o en aquella rama familiar y encontraron rápido destino, algunos inconfesables.

Con los ataúdes el tema resultó algo engorroso, pero la cremación fue una solución práctica ya que en 1963 la Instrucción Piam et constantem suprimió su prohibición y las consecuentes sanciones. Hasta entonces la Iglesia exigía inhumación, para que el rito cristiano se diferenciase claramente de los ritos mortuorios de los paganos. Polvo eres y en polvo te convertirás, la verdad es que las bóvedas tampoco cumplían estrictamente el requerimiento de inhumación, in humus, en tierra, entierro. O sea que parte del beneficio de la venta (que aunque importó una suma interesante llegó muy menguada una vez distribuida a los bolsillos de cada uno de los miembros de cada una de las más de cuarenta ramas familiares) se esfumó en el costo de las cremaciones. Pésimo negocio para quienes tuvieran muertos recientes. En muchos casos hubo que desembolsar más de lo que se embolsaba. En consecuencia quienes ayer habían disputado agriamente alguna herencia jugosa, hoy luchaban más agriamente aun para desentenderse de los despojos del tío que ayer los había vuelto ricos pero hoy les reclamaba un desembolso. Y así es como quedaban tíos guachos por doquier.

Consta que alguna digna solución debió haberse encontrado porque la bóveda se entregó desalojada en término y hoy la ocupan nuevos inquilinos. Hasta que se multipliquen y la historia se repita.

Sor María Ceferina.
Londres, 41 de febrero de 2056.

14 de julio de 2016

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