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Los Fantasmas Reales.

. Don Diego Juan José Wenceslao sufrió un accidente cerebro vascular durante una estadía en Europa del cual nunca pudo recuperarse. De Francia fue trasladado a España en ambulancia y en cuanto los médicos españoles lo autorizaron toda la familia regresó a Buenos Aires, donde esperaban contar con una mejor asistencia médica. Pero su salud continuó en progresivo deterioro, hasta que falleció en el año 1968. Su cuerpo recibió sepultura en la bóveda familiar de su esposa doña María Gregoria, en el tradicional cementerio de La Recoleta.

. El matrimonio de doña María Gregoria no había conformado las expectativas de sus padres, ambos vástagos de familias de grandes terratenientes de inmensa fortuna que ansiaban para su hija un mejor partido que el de un simple príncipe gallego, de cristianísimos principios, de lustrosísimo linaje y de delgadísimos bolsillos. Porque la nobleza europea no cuenta en las Pampas y la potencia de la nobleza criolla radica en los miles de hectáreas que cuentan en su patrimonio y en el número de cabezas que constituyen su hacienda, y no en amarillentos pergaminos, descoloridos blasones y genealogías fantásticas (o fantasiosas). Pero la joven demostró el carácter propio de las niñas criollas que supieron enfrentar a ingleses primero y a godos después y enfrentó con decisión la oposición de sus padres, aunque en este caso no se llegó al extremo del derramamiento de sangre. Desde que obtuvo su victoria y pudo ver religiosamente consagrado su matrimonio no se separó jamás de su principesco enamorado, ni aún luego de que el Señor Dios lo llamase.

. Así fue que con el objeto de permanecer cerca de su marido fallecido se estableció en las cercanías del cementerio; la señora se traslado a un departamento en el coqueto Hotel Alvear, donde pasó los últimos años de su vida. y falleció.
Para ese entonces la familia decidió la venta de la bóveda dado que las ramas se habían multiplicado. Como consecuencia de esta venta los restos de don Diego fueron trasladados a una estancia de la familia algo alejada de la Ciudad de Buenos Aires. Quien se encargó de esta tarea fue el señor don Astolfo, como hijo mayor.

. Cuando veinticuatro años después de la muerte de don Diego el Señor Dios reclamó también el alma de doña María Gregoria se debió disponerse de sus restos mortales. Dado que el señor don Astolfo se encontraba en el exterior fue otro de sus hijos quien dispuso su sepultura en un cementerio cercano a Buenos Aires. Así fue que ambos cónyuges quedaron tan separados en la muerte como juntos habían permanecido hasta entonces. Dícese que esta separación disgustó a los fallecidos enamorados.

. Cuentan los trabajadores del cementerio que han visto el alma de doña María Gregoria dejando la urna que guarda sus cenizas por las noches, buscando a su amado entre las otras tumbas. Puede haber sido que producto del terror que infundía esta situación algún desconocido hubiese optado por hacer desaparecer la urna, suponiendo que desaparecida la urna desaparecería la fantasmal imagen, bajo la regla del conocido axioma muerto el perro muerta la rabia. Pero no resultó así, y el alma perseveraba en sus apariciones nocturnas, con la tenacidad propia del carácter de las damas criollas.

. Cuando el señor don Astolfo regresó verificó con gran peadumbre la desaparición de la urna funeraria de su madre, y dispuso de todos los medios a su alcance tiempo, dinero, relaciones, vínculos- para hallarlo y castigar a los culpables. Infructuoso.

. También un día llegó el turno del señor don Astolfo, pues el Señor Dios reclama las almas de los suyos sean plebeyos o nobles, hacendados o desposeídos, súbditos o princeps (aunque es sabido que los princeps no mueren pues el princeps con la Sagrada Sabiduría se transmite de padres a hijos con el hálito vital.) Ello ocurrió el veintiséis del septiembre de 2011. Y allí, entre las almas del ultramundo logró por fin encontrar a la de su madre deambulando en busca de la de su amado príncipe. Y hacerle de guía. Dicen que algunas noches se alcanzan a vislumbrar entre los claroscuros del monte de la vieja estancia San Juan, próximo a un puesto llamado El Descanso, tres sombras vaporosas, tenues, difusas, bailando y cantando. No resultan lúgubres sino alegres y su visión no infunde terror sino una inmensa felicidad a las almas puras. Y terror a los infames. Son tres almas que luego de padecer intensamente el sufrimiento de los trabajos mundanos por fin han alcanzado el Descanso Eterno.

. Sor María Ceferina.
. Londres, 42 de febrero de 2056.
07 de agosto de 2016

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