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Un Paseo por El Infierno.

Abrió los ojos de un sobresalto, era un nuevo día. Un nuevo día en el que seguía con vida, su sueño, desaparecer, tampoco se cumplió durante esa noche.
Miremos años atrás, desde su infancia, para comprender que pasaba por la mente de Ariadna.
Ariadna era una chica feliz, una chica con sueños y metas desde pequeña. Su relación con la familia era magnífica, al igual que con sus amigos y sus notas de primaria. Era la típica chica que si sacaba un cinco en algún examen, lloraba porque se había esforzado para sacar más. Era muy valorada por todos los profesores, por todos los chicos y chicas que conocía, y amada por su padres. ¿Pero entonces qué pasaba para que Ari acabase así? En el último curso de primaria, empezó a no quererse cuando escuchaba los motes que sus compañeros le habían puesto. Pensó que era una tontería, seguro que se les pasaría a los días, eran niños, ¿qué esperaba? Pero realmente, los niños pueden ser las armas más destructivas.
Pasó a primero de ESO, calló en una clase en la que no conocía a nadie, pero pronto, hizo una buena amiga. Todo parecía ir bien, las notas bajaron un poco, pero era un gran cambio, y se veía comprensible. El segundo año en la ESO, fue el que cambiaría su vida, y no para mejor precisamente. Conoció a unas chicas, con las que empezó a salir. Descuidó a su mejor amiga, esa chica que conoció cuando entraron al instituto. Ariadna se sentaba siempre al fondo de la clase, no hacía nada, nunca participaba, sólo se reía con algunos compañeros de las bromas que hacían. Cuando llegaba a casa, nunca tocaba los libros, prefería estar en la calle con sus nuevas amigas. A sus padres no les atraía nada la idea de que su pequeña Ari se relacionase con esas chicas. Pasaban los días, y todo seguía igual. Traía todas las asignaturas suspensas, se volvió una chica irresponsable, algo que nadie jamás hubiese imaginado. Ariadna repitió. Sus padres cansados de la actitud y las juntas de su hija, le prohibieron verse con esas chicas. Pero ella, desobedecía. Pensaba que ellos no eran nadie para dirigir su vida. Y de pronto, sin esperarlo, se derrumbó lo que ella llamaba vida. Esas chicas, las que consideraba sus amigas, empezaron a darle de lado. Su antigua amiga ya tenía amistades, pero no dudaron en aceptarla pese a todo lo que había pasado. Pero ella, no se sentía a gusto, no se sentía querida. Fue entonces, cuando conoció a un chico cinco años mayor que ella. Empezaron a salir, al principio todo era perfecto, se gustaban, y ella, de esta forma, no se sentía sola. Al mes, lo que era color rosa, empezó a desteñir. El chico quería llegar a puntos que ella no aceptaba bajo ningún concepto, pero si no lo hacía, volvería a quedarse sola. Sin querer, ella aceptaba y no rechistaba a nada de lo que él le decía. Él le decía con lo que podía y no podía salir a la calle, vaya que los demás le viesen así vestida. La forzaba a hacer cosas que ella no quería cada día. Y así pasaron los meses, hasta que llegó el punto en el que Ariadna, no podía más. No podía ni quería seguir así. Y lo paró, paró todo. Decidió bajar de ese tren pese a tener miedo de lo que él le pudiera hacer. Ahora ella se encontraba sola de nuevo, pero prefería la soledad, a seguir dejando que un desconocido llevase su vida. Pasaban las semanas, parecía que todo empezaba a mejorar, retomaba amistad con su mejor amiga y empezó a esforzarse en los estudios. Pero entonces, apareció un chico del instituto. Le empezó a amenazar, él le decía que si no salían juntos, se iba a suicidar, y todos sabrían que la culpa habría sido suya. Recibía cada día mensajes suyos, y todos iguales. La vida de Ariadna volvió a caer. No tenía fuerzas para seguir aguantando aquello. Y cuando menos lo esperaba, sus malas amistades de tiempo atrás, volvieron a su día a día, pero no precisamente para ayudarla...


Abrió los ojos de un sobresalto, era un nuevo día. Un nuevo día en el que seguía con vida, su sueño, desaparecer, tampoco se cumplió durante esa noche.
Ariadna despertaba triste cada mañana, se sentía sola, sentía que hasta su propia familia se había cansado de ella. Desayunaba, se ponía cualquier ropa que encontrase en su armario e iba para clase. No se pintaba, ni se arreglaba, ni se preocupaba de su imagen, su mente estaba ocupada en otras cosas...
Siempre iba cabizbaja, con los ojos húmedos y sola. Oía risas por donde pasaba, sabía que eran por ella. Se sentaba sin compañía en clase, su cabeza no le permitía atender por mucho que ella lo intentase, sus pensamientos siempre se desviaban. No hacía los deberes, sólo se dedicaba a escribir. Le gustaba escribir, quizás porque el folio era el único que siempre le escuchaba y estaba cuando ella lo necesitaba. Nadie leía sus escritos, de hecho, nadie sabía que escribía. No se sentía orgullosa, siempre escribía cosas tristes y pesimistas. Era su desahogo, sólo se expresaba así. No demostraba sus sentimientos a nadie. De hecho, cuando alguien le preguntaba como estaba, ella ponía su mejor sonrisa y decía que genial. No quería que nadie le molestase, que nadie se preocupase por alguien como ella, que no perdieran su tiempo.
En casa siempre se encerraba en su cuarto, no quería contacto con ningún familiar, por mucho que ellos lo intentaran, solo recibían reproches.
Le gustaba llorar en la ducha, para que las gotas de agua se mezclasen con sus lágrimas y pasaran desapercibidas. También esperaba a que todos durmiesen para volver a llorar y que sus sollozos no fueran escuchados.
Y esto sin quererlo ni buscarlo, se convirtió en su día a día.


Aquellas chicas aparecían cada día en la vida de Ariadna. Se reían de ella, se burlaban, le despreciaban. En las redes sociales escribían sobre ella. Ni allí la dejaban tranquila. Ari se preguntaba a cada minuto el por qué se lo hacían. Joder, fueron amigas, o eso pensaba ella. ¿Por qué la trataban de esta manera? ¿Acaso era menos que ellas? Quizás sí, y por eso estaba sola, ¿no? Su cabeza iba a estallar, iba grabando cada palabra que recibía. Cada insulto. Cada ''eres patética''. Cada ''nadie te quiere''. Cada ''das asco''. Cada ''eres un orco''. En cada recreo ellas le señalaban mientras se reían. Ariadna se encerraba en los baños a llorar. No tenía a nadie a quien contarle todo lo que le pasaba. Llegaba a casa y lo primero que hacía era meterse en los perfiles de ellas, para ver si habían escrito algo. Y siempre, encontraba cosas. Ellas sabían que Ariadna les leía, y que así podrían hacer daño cuando ni estuvieran enfrente.
Y no eran solo ellas, el chico que se iba a suicidar sino salían, volvió a aparecer.
Ariadna no salía nunca de casa. Sólo cada mañana para ir a clase, luego se adentraba en su guarida, en su mundo, y perdía el contacto con la realidad.
Pasaban los meses, y todos eran iguales, iba en decadencia...


Acabó creyéndose cada insulto. Ahora, también se insultaba ella. Ya no necesitaba que nadie lo hiciera, ella era su mejor autodestrucción. Se despreciaba. Se miraba con asco. Se comparaba con las demás. ¿Por qué no valía nada? ¿Merecía seguir viva? Era algo que se repetía constantemente. De 24 horas que tiene un día, 25 las pasaba llorando y sufriendo. ¿Cómo evadirse? ¿Cómo podía desahogarse si ni la escritura servía entonces? Pensó que quizás haciéndose daño físicamente... Era una locura, ¿pero y si funcionaba? Se dejaba los nudillos en cada pared, pero no era suficiente, seguía sintiéndose vacía, quería sentir más, hacer sufrir ella misma por ser como era. Sentía la tentación de probar con una cuchilla. Y así fue, buscó rápidamente una cuchilla, la miró, y acarició una de sus muñecas. Se sentía aliviada. No estaba nada mal aquella sensación. Estaba llegando a puntos que jamás hubiese imaginado. Y aún, estaba por llegar lo peor.


Ariadna llevaba tiempo sin quererse, sin valorarse, sin gustarse. Evitaba mirarse en el espejo. Una mañana, se dejó el desayuno entero. Tenía el estómago tan cerrado que era imposible que le entrase algo. Y esa misma mañana, se adentró más en el infierno. Se puso frente al espejo, agarraba cada parte de su cuerpo, cada milímetro de grasa que creía que le sobraba. Pellizcaba su cuerpo. Jamás se había visto así. Tío, si era una foca. Normal que estuviese sola y nadie le quisiera. Pensaba ella. Entonces buscó una balanza para pesarse. 50 kilos. ¿CÓMO PUEDO PESAR TANTO? Dijo desesperada. Volvió al espejo rápidamente, se miró de arriba hacia abajo, sin pasar por alto ni un solo detalle. Empezó a llorar sentada en el suelo. Era un monstruo. Se cambió de ropa y se puso la mas ancha que tenía, no podía permitir que nadie viese sus lorzas, como ella las llamaba. Se fue para clase y pasó toda la mañana inventando excusas para saltarse la comida. Cuando se reían de ella, empezó a creer que también lo hacían por su gordura. Sí,seguro que era por eso también. Ahora se veía fea y gorda. Se odiaba tanto...
Llegó a casa y le dijo a sus padres que se encontraba mal y no tenía hambre. Y así día tras día. Empezó a ver cambios, bajaba unos gramos y ella se sentía feliz. Engordaba y creía merecer castigo. Los padres de Ariadna, empezaron a preocuparse respecto a su alimentación. Ellos sabían que llevaba tiempo rara, pero jamás se imaginaban por todo lo que su hija había estado pasando. Ella tampoco les decía nada, siempre estaba irritada, y no se podía mantener charla alguna con ella.
''Todos se preocupan porque debes comer, pero nadie se pregunta si estás triste o no te sientes bien.'' Se decía ella para sí misma.
Ahora se sentía peor que nunca. No comía, siempre estaba débil y floja, sentía una soledad inmensa que la intentaba disminuir con autolesiones. Quería morir. No quería, lo deseaba. Estaba muerta por dentro, ¿qué le retenía para estarlo de una vez también por fuera?
Y así pasaron los meses, sus padres cada vez mas a menudo le pillaban llorando, y ella les repetía una y otra vez que estaba bien, que les dejasen tranquila. No tenía ya ni alma, por su cabeza sólo pasaba la idea del suicidio. Su cuerpo estaba lleno de cortes, estaba obsesionada con la imagen. Le dolía vivir un día, y otro, y otro... Quería vivir, no estar viva. Pero ya no podía. Fue entonces esa noche cuando entre lágrimas, tomó pastillas con la esperanza de no despertar. Murió mucho antes de intentar suicidarse. Pero despertó, no lo creía aún, no fueron suficientes y amaneció. Necesitaba ayuda, ¿pero cómo la pediría? No, era demasiado duro y no quería que su familia sufriera por ella. Si Ariadna sonreía, era porque estaba pensando en una nueva forma de matarse. Su propia mente era el peor monstruo de todos. El más cruel, porque conoce todos sus secretos y debilidades.
Un día, derrumbada y sin poder más, Ariadna le contaba a su madre lo que pasaba, le contó solo algunas cosas, las mayorías las calló. Su madre no lo podía creer, No, era imposible. No podía estar pasando todo esto.
+¿Por qué se meten contigo?
-No lo sé.
+¿Les hiciste algo?
-Sí.
+¿El que?
-Existir...


Al día siguiente, rápidamente llevaron a Ariadna a su médica de cabecera. Le dijeron lo valiente que fue al contarlo todo. Y de allí, la mandaron a un psicólogo.
Ella seguía yendo a clase y sufriendo, seguía sin comer, y si comía, lo vomitaba, seguía matándose a ejercicio, haciéndose todo el daño que pudiera. Pero cada vez era más difícil. Sus padres ahora la tenían controlada.
+¿Porqué no eres feliz?
-¿Y porque tengo que ser feliz?
+Da gracias a que estás viva.
- Ese es el problema, estoy viva.
O también...
-Si no comes te vas a morir.
-Esa es la idea.
¿Por qué no la dejaban morir si era lo que ella deseaba con todas sus fuerzas?
Sus padres estaban ya desesperados, no aguantaban más la situación. Se culpaban de todo. Cuando llegó el día de ir al psicólogo, entró la madre con ella, le preguntaron cosas desde su infancia, y ella no sabía qué decir. El psicólogo la mandó a un centro psiquiátrico, al de su ciudad. Pasaron las semanas y todo era la misma rutina, ayunos, llantos, vómitos...

Llegó el día de ir al psiquiatra. Estaba en la sierra de la ciudad. Llegaron muy temprano, tenían la primera cita de la mañana. Ariadna estaba sentada en la sala de espera muy nerviosa, miraba al suelo, temblaba... Iba acompañada por sus padres, los cuales estaban en un sin vivir.
¿Ariadna? Se oyó desde la puerta que daba al pasillo que conducía a las consultas. Una señora mayor, con gafas y bajita era quién la llamaba. Se levantó y se dirigió hacia ella, sus padres iban detrás. ''Seguidme'' Les dijo aquella señora. Había dos sillas, era una consulta enorme, con una mesa para niños pequeños al fondo de ella. Su padre arrimó otra silla para sentarse. Teresa se llamaba la psiquiatra. Empezó a preguntarle y Ariadna se puso a llorar desconsoladamente, no podía articular palabra. Su madre, echó a llorar también. Jamás olvidará aquellas lágrimas. Después de horas, aquella psiquiatra hizo salir a los padres de su consulta.
¿Alguna vez has tenido pensamientos malos, Ariadna? Dijo. Sí. Respondió ella.
¿Y has intentado algo? Le preguntó nuevamente. No. Mentía ella mientras tapaba su muñeca escondiendo aquellas cicatrices y sus cortes recientes.
Volvió a hacer pasar a sus padres. Entonces Teresa, dio su diagnostico. ''Ariadna tiene una depresión muy grave, no sé como ha podido llegar a este punto siendo tan joven. También tiene Anorexia Nerviosa Purgativa. Todo viene desde el instituto. Deberá dejarlo un tiempo, no está en condiciones de volver. Si lo hace, su hija podrá poner y final a su vida.'' Unas palabras demasiado duras para que las escuchen unos padres, ¿no? Ninguno se merece esto. Ella se culpaba. Sus padres sufrían por ella. No, no merecían una hija así. Teresa le recetó uno antidepresivos, otras pastillas para cuando se pusiera nerviosa y otras para dormir cada noche. Cuando salieron de consulta, su madre la abrazaba fuertemente. Le decía que la quería, que era una chica muy fuerte y valiente. Ariadna seguía llorando, no podía parar. Esa misma mañana, fueron a darle de baja en el instituto. Ningún profesor se creía todo aquello. ¿Cómo podían haber estado tan ciegos?


Ahora ya no iba a clase. Pero eso no la calmaba, eso no hacía que dejase de sufrir. Estaba todo el día medicada, en un estado casi vegetal. Le daban pastillas para tenerla siempre durmiendo. ¿Es era vida? Ella seguía con la idea de querer morir. Nadie se la iba a quitar. Cada semana iba a aquel psiquiátrico. Pero pensaba que era una tontería, aquello no le hacía efecto. Seguía sin quererse, seguía queriendo pesar 35 kilos. Ese era su único sueño, y hubiese matado por tener aquel cuerpo que veía en chicas extremadamente delgadas. A los meses, le tuvieron que cambiar los antidepresivos por otros aún más fuertes. Ya no la dejaban ni estar sola en su cuarto. Teresa les dijo a sus padres, que tenía que estar bajo vigilancia 24 horas al día, que jamás la dejasen sola, porque sino Ariadna actuaría... Por las noches, tenía que dormir con su madre, ni durmiendo podía estar tranquila con su soledad. Seguía sin comer, y si comía hacia lo posible para librarse de sus padres y vomitar. No podía tener nada en el estómago. Le gustaba la sensación de vacío, de sentir como su estómago se pasaba el día rugiendo, para ella eso eran como aplausos porque estaba consiguiendo lo que quería. Y así, siguieron pasando los meses. Ni la psiquiatra ni su nutricionista, hacían que mantuviese algo en el estómago. Quisieron ingresarla, pero ella dijo que empezaría a comer sino la metían en aquel triste hospital.


Ari desde el principio de todo este infierno, se creo una cuenta anónima en una de las redes sociales. Nadie sabía quien era, y eso le ayudaba a expresarse y desahogarse. Allí encontró apoyo en chicas que pasaban por la misma situación, y también en algún que otro chico. Todos sufrían de trastornos alimenticios, depresiones, bullying, y enfermedades relacionadas. Todavía recuerda a cada persona que conoció y le ayudo a seguir adelante. Nunca se olvidaría de ni una sola. Eran realmente su único apoyo, o así lo sentía Ariadna. Guarda sus números de teléfono, y de vez en cuando, se seguían escuchando. Pero hay una chica, que le marcó la vida más que ninguna. Kiara se llamaba. Kiara era una chica de 15 años. Hablaban mucho. La chica estaba enferma, estaba interna en un hospital, de su madre biológica no sabía nada puesto que estaba en un centro psiquiátrico de otro ciudad ingresada, de su padre, de la respectiva novia y de la hermana, le hacían la vida imposible según ella le contaba, y su hermano, murió en un tiroteo hace cuatro años. Después de meses, le dijeron que podría operarse con un 87% de posibilidades de morir, ella decía que sabía que iba a morir por lo que aceptó. Sólo deseaba estar arriba con su hermano. La operación acabó en coma, su amiga me informaba cada día de como estaba, hasta que llegó el día en que les dejó a todos. Kiara tenía anorexia, problemas de corazón, cerebrales y cáncer. Una historia demasiado triste. Ariadna se acordaba cada día de ella. Y Kiara, siempre será un ángel que encontró su camino al cielo demasiado pronto.


Ariadna, escribió esto cansada de que la gente dijese que tener anorexia es una chorrada,es una tontería que se pasa en dos días y la tienes porque quieres. No, esa gente no sabía realmente nada, y ella cansada de escuchar semejantes idioteces, dijo:
Sabes que cuando te atracas por lo menos podrías hacerlo de cosas sanas, pero no, lo haces de guarrerías y te sientes débil. Los insultos se hacen más duros, cualquier cosa aunque no vaya para ti, duele. Necesitas ir a tu casa y quedarte ahí para siempre, llorando. Te dirán que solo quieres llamar la atención por desahogarte en el único sitio que puedes. Ven a una persona delgada y dicen "es anoréxica". Pero no saben que la anoréxia es mental, no física.
Pesarás menos, mucho menos, pero te verás igual. En realidad nada cambia, más bien es peor. Adelgazas, pero tú no lo notas. Te ves gorda, muy gorda, aunque peses 40 kilos. Al principio piensas que serías feliz con 50. Luego te obsesionas por ver un 4 como primer número y por último, luchas por ver un 3. Con la anorexia no pierdes solo peso, pierdes tu vida también. Piensas que no podrás salir nunca de aquí, y cuando sales, vuelves a recaer. Es un círculo del que no se puede salir. Llorarás por las noches, desearás morirte e incluso planearás tu muerte en sueños. ¿Eso es buena vida? Nunca más volverás a comer tranquila, sin importar las calorías ni los kilos. Nunca. Y aún así, hay gente ProAna. No tenéis depresión por estar dos días triste. Ni anorexia por saltaros el desayuno. Ni sois suicidas por querer morir un día. Para mí la anorexia, no es nada por lo que estar orgullosa. Tener anorexia no es una forma de vida, es una ENFERMEDAD. Un trastorno. Serás antisocial, preferirás quedarte sola antes de que alguien te hiera y hundirte aún más. Preferirás encerrarte en ti misma que enseñar lo que hay dentro de ti por miedo a lo que puedan decir o pensar. Cuanto antes aceptes la verdad, mejor. El miedo existe en el único lugar de donde no puedes escapar. Tu mente. 'No te suicidas porque en realidad tu vida no está tan mal' Prueba a vivir mi vida y luego me cuentas si vivir así no es morir poco a
poco. ¿Sabes algo de mí? ¿Sabes cómo es mi día a día? ¿Sabes mi pasado? ¿Sabes que me ha llevado a esta situación? ¿No? Pues cállate. Piensas que nunca vas a encontrar a alguien que realmente te quiera,
que realmente te necesite. Nosotras, las anorexicas, estamos atrapadas, y aún así, hay quien dice serlo solo para ser el centro de atención. Nosotras vivimos entre cortes, entre sangre y entre dolor, ¿por qué lo hacemos? Para sentir, para poder sentir lo mierda que somos, que lo único que necesitamos es vernos bien. ¿Cómo se puede ser feliz con anorexia? No se puede, es una continua tristeza interior. Si no haces deporte te arrepientes porque sabes que podrías estar adelgazando en vez de llorar. ¿Eso es buena vida?
Cada día nos repetimos: "Ana no es mi amiga, Ana no quiere lo mejor para mi, Ana no existe, se llama Anorexia Nerviosa y estoy enferma" ¿Quienes son Ana y Mia? Son las macabras amigas del dolor, la frustración, la rabia y la muerte. Te levantas y haces como si nada. La sonrisa está ahí y los cortes de
anoche también. Haces como si anoche no hubieses intentado suicidarte.
''Que tiene un máximo de calorías por día, y si las supera sus días se convierten en pesadillas. Dime tú si eso es vivir, tío'' La solución no es ir al psicólogo, la solución es parar los insultos de la gente y toda esa mierda que te hacer llegar hasta este extremo. La anorexia te consume, te provoca y luego te hace sentir culpa, te destruye tanto que te hace ver a la muerte como un ángel. Duele tener anorexia. Duele vomitar lo poco que comes. Duele odiar a los que te aman. Duele tener que fingir, pero mas duele ser gorda.
Cuando estas muerta por dentro, prácticamente ya nada te importa y lo único que te detiene son las personas que te quieren. No se necesita ser gorda para odiar tu cuerpo, sólo se necesita baja autoestima y estar destrozada. La anorexia no es solo ayunar y la bulimia no es solo vomitar. Esconden un infierno dentro. Son más que ayunos y vómitos. Son cortes, dolor, soledad, lágrimas, cansancio, destrucción, mentiras, miedo más, mucho, más que nunca llegarás a imaginar hasta que lo padeces.


A día de hoy, Ariadna, está medianamente feliz. Ahora come, ríe, baila, canta, escribe, dibuja, sale, entra, sonríe, comparte, disfruta. Es algo que ella jamás hubiese imaginado. Después de tantos años de sufrimiento, de intentar suicidarse, de odiarse. Después de llegar a un punto extremo, ahora ella tiene ganas de vivir. Ahora ella disfruta la vida. Más de dos años de tratamientos en el psiquiátrico han dado sus frutos. Aún sigue con algún que otro medicamento, pero eso no le impide nada. Ha conocido a chicas maravillosas en terapia, y se alegra de estar llegando al final de este largo túnel oscuro y escalofriante. Ahora tiene unos amigos increíbles que siempre le hacen estar deslumbrante. Tiene un novio fantástico que siempre la está apoyando. Con su familia todo son buenas caras y sonrisas, bromas, cariño... ¿Os imagináis qué hubiese pasado si ella hubiese desaparecido como quiso? Esto demuestra que nunca, NUNCA debes rendirte. Siempre tienes que luchar. Sólo se tiran piedras al árbol que ha dado frutos, y si van a por ti, es porque vales. Jamás te des por vencido. Vive la vida a tu manera, pero no te hagas daño. Piensa en ti y en los tuyos antes que nadie. Mira por tus metas y tus sueños. Si lo quieres, ve a por ello. Que nada ni nadie te frene. Piensa que todos poseemos suficiente fortaleza para soportar la desdicha ajena. Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre. El hombre es dueño de su propio destino. Tú mismo, por el poder de tu pensamiento, creas tu destino. Pero puedes anularlo si quieres. Todas las facultades, energías y poderes están latentes en ti. Desarróllalas y hazte libre y grande. Uno se convierte en aquello que piensa. Tu vida ha de ser como tus pensamientos. Mejora tu modo de pensar. Pensamientos mejores comportan acciones mejores. Cuando tú digas: “¡Ya no puedo más!” algo en el ámbito espiritual se activa, algo en los cielos se comienza a formar, y es que hay alguien que sabe hasta donde puedes y por tal razón, estará a tu lado ayudándote cuando de corazón y con toda sinceridad se lo pides. Te tomará de la mano, te hará que te pongas de pie, limpiará el polvo de tus vestiduras, levantará tu rostro, limpiará tus lágrimas, te mirará a los ojos y mientras te dirá: “¡Vamos, Inténtalo una vez más!, Yo estoy contigo” Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes. No es grande aquel que nunca falla sino el que nunca se da por vencido. Nadie puede hacer que te sientas inferior si tú no se lo permites. Para triunfar en la vida, no es importante llegar el primero. Para triunfar simplemente hay que llegar, levantándose cada vez que se cae en el camino. Los grandes espíritus siempre han tenido que luchar contra la oposición feroz de mentes mediocres.
Sí, esa soy yo, y esta, es mi historia. Si yo he podido con todas estas adversidades, confío en ti para que superes todas las que se pongan en tu vida. Lucha, y jamás caigas. Por ti. Por los tuyos. Por los que te quieren. Y también para los que no lo hacen. No hay nada peor para tu rival que ver como creces entre las sombras que te puso. Gracias a todo aquel que me hundió, gracias a todos vosotros soy fuerte, y ahora, indestructible.
ChicaluchadoraPublicado el 30 de septiembre de 2014
Archivado en resumen mivida anorexia depresion acoso bullying violacion autolesiones aceptarse quererse vida sufrimiento relato tristeza dolor

2 Comentarios

  • Superandoloimposible

    Hola Ariadna, tu texto... no sabría bien como decirte que me ha hecho sentir.Por un lado me he sentido identificada en algunas cosas, yo tambien he sufrido aunque no tanto como tu, pero llego a entender lo que has pasado. Me ha conmovido mucho tu historia y me ha hechobpensar que si una persona no hubiera entrado en mi vida yo ahora podria haber llegado a esa situacion y tal vez no hubiera salido como tu. Por eso le doy gracias al cielo y sobretodo a esa persona. Tambien he de decirte que tu escritura es fantástica y que tienes un don para atrapar al lector desde el primer momento. Tengo la sensacion de que nos entenderemos bien, bienvenida a tt (tustextos), espero volverte a leer pronto y quiero que sepas que a partir de hoy tienes un par de oídos más que te escuchan y dos manos que intentaran ayudarte como puedan. Un beso :)

    01/10/14 12:10

  • Mastera177

    Perfecto. ciertamente, me he sentido identificado en muchas cosas. y es cierto eso de que, a pesar de caerse y romperse los huesos, uno debe levantarse para seguir caminando... ¿por que?... cada uno tiene sus motivos, y lo importante es tener constancia en cuanto a fortaleza se refiere, al igual que en un millon de aspectos.
    tienes una narrativa muy interesante, y lo mas importante, que llega y te sirve para des-ahogarte. y el fin del texto fue mas que motivador.
    sientete apoyada y no pierdas eso. saludos.

    02/10/14 05:10

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