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Frente a la Barbarie.7.

Eran María y Jaime.
"Tanto esfuerzo y al final para nada" pensó con desazón.

Su mente le hizo retroceder cinco años. Era el día de Nochebuena más bonito que un niño podía esperar. Jaime nunca había visto la nieve, y aquel año iba a ser el único regalo que, aunque sólo fuera por unas horas, iba a poder disfrutar.-

- ¡Mira mamá!¡Es nieve!, ¿verdad?-.
- Sí, mi vida. Son unos grandes copos de nieve, justo a tiempo para la Navidad - le respondía su madre mientras le acariciaba con mucho cariño los rizos a su niño grande.

Aunque casi mayor de edad, tenía la ternura y la inocencia de un niño de primaria. No obstante era feliz. Tras el aciago e infausto día del nacimiento de la criatura con anoxia cerebral que le condicionó un árduo y penoso peregrinar por éste, su valle de lágrimas particular había logrado, como se dice ahora, insertarse en la sociedad, en general, y en el mundo laboral, en particular, de la mano de un trabajo artesanal en una fundación, que era subvencionada por el estado en una parte y por las ayudas desinteresadas, económicas y en forma de voluntariado, en otra.

La abuela miraba la escena con una sonrisa de satisfacción.

Muchos habían sido los problemas y las trabas que su nieto había tenido que sortear para integrarse de una forma aceptable a pesar de su discapacidad intelectual. Milagrosamente su cerebro se había desarrollado en unos términos que jamás hubieran pensado sus progenitores el día en que vino a este mundo con un color grisáceo apagado, sin tono en sus bracitos y piernas, ni fuerzas para llorar.
Un invierno eterno de rehabilitación psicomotora, logopedia y lágrimas de desesperación en el que cada movimiento automatizado, cada palabra articulada, cada acción independiente, eran "ochomiles" conquistados con los que retroalimentar la esperanza de que su retoño pudiera alcanzar un futuro: no ser totalmente dependiente. Se veía la primavera en el horizonte, nuevos arroyos. Se intuía el canto de las ninfas.

El padre, profesor en la universidad en la facultad de medicina, había sido invitado a un ciclo de conferencias. Había estado varios días fuera y tenía previsto llegar al aeropuerto el día veinticuatro por la mañana y estar en casa a media tarde para disfrutar de los preparativos.

Jaime quedó entusiasmado con aquellos diminutos cristales blancos que se iban apilando en el suelo, creando una maravillosa alfombra blanca, que tapizaba el suelo alrededor de la casa de campo familiar, haciendo desaparecer las irregularidades del terreno y escondiendo en su seno los enseres salpicados delante de la vivienda, a ambos lados del camino principal. Un osado conejo de pelaje terroso salido de la nada, se convertía de repente en un blanco perfecto en aquel entorno idílico, aunque sin tiempo a pestañear cruzaba como un rayo delante de los sorprendidos ojos de Jaime, para un instante después desaparecer cual mago, dejando sólo el rastro de sus cuatro patitas. Aquello supuso una nueva emoción en su corazón, rebosante de un júbilo desmedido.

Dejándolo disfrutar de los últimos rayos de sol a través del gran ventanal del salón, su madre acompañó a María, la abuela del chico, a la cocina para juntas ir acabando los preparativos de la cena navideña. Unas deliciosas rosquillas de anís y unas galletas de mantequilla con forma de estrella casi totalmente horneadas inundaban con su apetitoso aroma la estancia. La carne del centollo mezclado con sus corales, los calamares rellenos y una tabla con ibéricos y quesos esperaban junto al cardo con nueces para ser degustados.
Una vez sacaron galletas y rosquillas, acabaron de preparar la fuente de barro con tres dedos de agua, colocando encima con la piel hacia abajo, el medio lechón que desde la noche anterior había reposado untado con manteca a la espera de ser el protagonista de cena del día siguiente.

El sonido del timbre en la puerta principal desató el entusiasmo por la llegada de los primeros invitados. Jaime corrió a recibirlos. Eran Rocío y sus tíos. Al verlos empezó a dar saltos de alegría abrazándose a su prima, con la que se llevaba genial y hacía unos meses no veía. De la cocina salieron María y su hija a saludar a los recién llegados. De pronto sonó el teléfono en el pasillo que unía la cocina con el salón y Luisa, la madre de Jaime, acudió a contestar.

- Hola Luisa, soy Margarita ¿han llegado ya Héctor y Bárbara?- preguntaba con cierta inquietud la abuela de Rocío.
- Sí, no te preocupes, que tu hija y mi cuñado acaban de llegar con la niña. ¿Cómo estáis? ¿Cómo va esa rehabilitación de la fractura de cadera- se interesaba-.
- Bueno, hija, pues regular y con este tiempo del demonio me duele un día sí y otro también pero dicen los médicos que otra cosa no se puede hacer. Así que paciencia, caminar y aguantar. ¡Oye!, que estaba preocupada, pues con este tiempo ya se sabe. Vosotros ¿qué tal todo? Ahora ya mejor , no...
- Pues sí, la verdad que es sí. Jaime ya lleva seis meses en el taller y está muy contento y también lo están con él, así que es un pasito más.
- Me alegro. ¿Y Felipe?
- Estará al caer. Esta semana ha estado de conferencias. Volvía hoy-.
- Bueno, no te entretengo más. Que paséis una buena noche y Feliz Navidad. Da recuerdos a todos.
- Lo mismo Margarita, un beso.

Tras colgar y reunirse con los demás, con gran excitación Jaime empezó a señalar el exterior
- ¡Mirad! ¡las sirenas de una patrulla de la Guardia Civil! ¡Qué chulo!- viendo que el vehículo se detenía delante de la puerta.

Un súbito silencio se hizo en el salón. Unos instantes más tarde, éste se vio roto por la campana del timbre. Tras abrir la puerta...:

- Hola buenas noches ¿qué desea?...-
- Buenas noches,¿es la casa de Felipe Urieta Gómez?- preguntaba con tono serio y comedido, un hombre de mediana edad, con tez morena y rasgos faciales angulosos con gorra y uniforme de la guardia civil con rango de sargento.
- Sí, si...., soy su mujer- sin encontrar las palabras, a la vez que el pecho se le encogía y la cabeza se le embotaba- ¿qué ocurre?- con un hilo de voz escondido entre sollozos crecientes.
- Soy Julio Fernández, agente de la guardia civil. Lamento informarle de que su marido ha sufrido un accidente de tráfico, a consecuencia del cual ha fallecido en el acto.

Ni que decir tiene que aquellas palabras enterraron en vida a Luisa. Se había acabado la Navidad en su corazón aquel año y todos los venideros. Tras todos los trámites legales pertinentes, finalmente se pudo celebrar el funeral, muy concurrido y emotivo. No fue consuelo que su marido no tuviese la culpa del choque frontal, ni que recibiese una considerable indemnización. Su mundo se había vuelto una vez más oscuro y tenebroso. De un plumazo la primavera había dado paso de nuevo al invierno más duro y agreste, convirtiéndose en algo inherente a su vida. Jaime dio entonces muestras de su gran madurez, resistiendo a la embestida emocional que supuso la muerte de su padre y la profunda depresión en la que cayó en barrena su madre, la cual se fue consumiendo gramo a gramo hasta que no quedó rastro de ella. Tal fue así que acabo acompañando a su marido en el camposanto justo un año y un día después. Abuela y nieto nada pudieron hacer como madre e hijo por evitarlo. Pero a partir de ese momento, María a pesar del largo cúmulo de cicatrices que "llagaban" sus entrañas, se volcó en el bienestar de Jaime, a la vez que éste encontró en ella el apoyo que necesitaba en esos momentos tan difíciles que le iba a tocar vivir a partir de entonces cada minuto en su día a día.

"Al final, tienes que llevártelos a los dos..., cuando empezaban a ver la luz... Que estaban a veinte metros de mí y ni siquiera fui consciente. ¿Pero qué mierda es ésta?"- vociferaba encolerizado e indignado su corazón en silencio.
Clopezn13 de diciembre de 2018
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