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Frente a la Espera.3.

Felipe Urieta acababa de terminar una larga intervención de reconstrucción facial de una joven de veintidós años que había sufrido un accidente de tráfico con un Quad, sin llevar casco. Tras mejorar el nivel de conciencia y el estado neurológico general, una vez estabilizadas sus constantes, se decidió realizar esta complicada cirugía en aras de facilitarle a la paciente en un futuro, su vida, ya de por sí truncada a medio plazo, dado el alcance de las lesiones.

- ¿Es que nunca van a aprender que el casco te salva la vida?- se lamentaba mientras retiraba los guantes de sus manos, se aflojaba la mascarilla y se disponía a quitarse gorro y bata quirúgica.

Ese día había acabado la jornada, y ya había empezado a vestirse con ropa de calle, tras quitarse el pijama. Mientras se ataba las lazadas del zapato, un olor y ademanes familiares le hicieron sonreir y mirar hacia el recién llegado.

- ¿Qué tal profesor? ¿Cómo usted por aquí?- entusiasmado de ver a su mentor el Dr.Arana.

- Ya ve..., con nostalgia de hospital,...- bromeó, para acto seguido adoptar un gesto severo en su rostro mientras se sentaba en el banco de madera al lado de su pupilo.- Mire Felipe, tengo un gran favor que pedirle  empezó pausadamente, pero sin rodeos-. De sobras conoce mi relación con las estructuras del régimen anterior y de los círculos políticos en los que me he movido durante todos estos años. Por caprichos del destino, ocurrió un incidente a principios de los ochenta después de asistir a una subasta de terrenos como mero espectador, en el que habría perdido la vida con seguridad absoluta, de no haber mediado la actuación de un personaje alemán que con sangre fría se desembarazó del problema sin pestañear. Nunca nos habíamos visto antes, pero a raíz de aquel hecho, coincidió que frecuentabamos ambientes similares, lo que hizo que si no amistad, surgiera cierto trato e incluso algo de afecto. Además, lo acaecido generó en mi una deuda de vida, que sentía debía corresponder si se daba la oportunidad. Esa ocasión se acaba de presentar, aunque quizá algo tarde, para poderla llevar yo a cabo. Los años no perdonan, y este temblor- mostrándole la ostensible oscilación de sus dedos en el aire  son una limitación total.

El discípulo escuchaba atentamente, siendo consciente de la desesperación de su maestro y de la responsabilidad y respeto que en él depositaba con aquella revelación y posterior petición.

- Este alemán, Karl Kellner, tuvo un hijo Dietrich, con un carácter más parecido al instinto nazi de su abuelo que a la moderación y mesura de su padre. La dictadura se había dejado atrás con la Transición, pero las cloacas del sistema continuaban en funcionamiento, y en los albores del nuevo siglo, el retoño, había demostrado ser más hábil si cabía de lo nunca lo había sido su predecesor. Su función era la del que limpiaba y hacía desaparecer los cabos sueltos. En el último trabajo, algo no ha salido como estaba planeado. El caso es que ha recibido una paliza de tal calibre que no lo conoce ni su madre, aunque salvó la vida. Acudió a la Clínica y se realizó una primera cura cuidadosa y minuciosa, pero la evolución posterior no ha dado los resultados esperados inicialmente, por lo que un vez ha bajado la inflamación y no hay signos de infección, es el momento de abordar el tratamiento de cirugía estética que corrija o en su caso minimize los defectos.

Felipe analizaba cada una de las palabras que le estaban confiando, a la vez que mentalmente recorría sus primeros años en la práctica de la medicina, tras salir de la facultad, de la mano del Dr. Arana; un docente de paciencia infinita y un virtuoso del bisturí que hacía desaparecer de nuestra vista, cualquier cicatriz. Si Sebastián Arana se debía a su salvador, él poco tenía que pensar. Así que de forma escueta:

- Mañana he cogido libranza. Que preparen el quirófano para las nueve de la mañana. ¿Con quién puedo contar para que me ayude?
- Puede tener de instrumentista a Pascual. Además he hablado con su cuñada Bárbara, y me ha confirmado que si finalmente la intervención se realiza, no tiene ningún problema en asistirle.

- De acuerdo. Lo haremos- obligándose a no reflexionar mucho sobre lo que estaba a punto de hacer.
- Le estaré eternamente agradecido. Nadie más que usted, podría hacerse cargo de esta intervención- visiblemente emocionado, conteniendo la presión sobre sus ojos, mientras su alumno aventajado entonces y amigo siempre, le cogía la mano temblorosa y la apretaba con cariño.


Era un mañana clara de primavera. Todavía hacía frío en las primeras horas del día y la nieve permanecía en las cumbres permitiendo para júbilo de los aficionados al esquí el difrute de una bajada, y otra, y otra... No había sido Felipe sin embargo, aficionado a esta disciplina y por ello muchos fines de semana o días festivos, mientras sus compañeros de trabajo descargaban la tensión de la semana en las laderas de los valles, él disfrutaba de la compañía de su mujer y su retoño, en la ciudad. Los planes previstos para ese día debieron ser aplazados, aunque cierto es que lo hizo de buen grado.
Con puntualidad británica todo el equipo, personal y material, estaba dispuesto a la hora indicada en el quirófano. El paciente en la antesala, esperaba su llegada para tras escasas palabras ser premedicado por los anestesistas escogidos. Ya trasladado a la mesa de intervención se procedió a su sedación, intubación y conexión a la ventilación mecánica.

- Vamos allá - procedió el Dr.Urieta.- ¿Bisturí...?- Alargando la mano sin dejar de mirar el campo operatorio recién conformado.

La intervención duró alrededor de ocho horas. Fue laboriosa pero con gran destreza se fueron sucediendo finas suturas en todos los puntos de su rostro, consiguiendo un gran trabajo.
Su mentor presente en gran parte de la intervención, al finalizar, le felicitó reconociendo que él no lo habría podido hacer mejor, y así se lo transmitió al padre del paciente, que con gran dosis de calma y contención, había aguantado estoicamente sentado en soledad en la sala de espera de familiares, a la expectativa de noticias.
No había esposa y madre. En su mundo la discrección resultaba fundamental, y en este caso se había seguido a rajatabla. Ya en horario vespertino, Dietrich fue conducido a la unidad de cuidados intensivos donde el intensivista de guardia, contactado a tal efecto, se hizo cargo del paciente. En el servicio de medicina intensiva, habría de permanecer, varios días. El despertar debía ser tranquilo para evitar contratiempos en las suturas. La extubación a las horas, no se esperaba que reportara problemas. El meollo del asunto lo constituía la ciactrización y la ausencia de infecciones durante su desarrollo.
Para alivio de todos, los días se fueron sucediendo y la recuperación fue asombrosa, pudiendo pasar a planta y desapareciendo la inflamación lógica, con una adecuado cierre de las heridas.
Llegó el día. Sin embargo la expresión en el rostro al retirar el vendaje, fue gélida con un punto de resentimiento. No pronunció palabra. El padre agradeció el resultado. Una semana más tarde fue dado de alta.

Pasaron los meses y las heridas se difuminaron dejando una cara nueva. Quizás ese fue el problema. Dietrich no se reconocía en el espejo. Se encontraba incómodo con lo que veía al otro lado. Una ansiedad creciente se había instalado en su interior a medida que las curas se espaciaban y el resultado final se acercaba. Esa cara apacible sin cicatrices..., sin mácula, no encajaba con su corazón negro como el carbón....
Y así llegó el día de Nochebuena, en el que redimió sus demonios.
Clopezn06 de noviembre de 2019
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2 Comentarios

  • Regina

    Buena historia, se espera la siguiente.
    Saludos muy cordiales Clopezn.

    10/11/19 09:11

  • Clopezn

    Me alegra que así sea. Se sigue cocinando. Un saludo cordial

    17/11/19 06:11

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