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La Huída

Una preciosa luna llena iluminaba el firmamento secundada en la sombra por interminables estrellas que sin embargo en la gran urbe tintineaban imperceptibles. Era sábado, en una serena noche de verano en la que no se movía ni un pelo de aire. Seguro que en la ribera del río los grillos estaban cantando animadamente. Era agosto y la ciudad prácticamente se encontraba desierta, lo que no impedía que unas horas antes las terrazas estuvieran llenas de amigos tomando algo para refrescarse del sofocante calor que hasta entonces, había caído "a cachos" durante todo el día. Ahora ya todas las mesas estaban apiladas frente a la fachada, atadas con cadenas o dentro de los propios locales para evitar que alguien jugara con ellas. En los barrios residenciales ya había pasado el servicio de basuras vaciando con los viejos camiones, los grandes contenedores dispuestos para tal efecto. La mayoría de la gente dormía plácidamente preparándose para una fabulosa mañana de domingo al aire libre.

Había decidido no continuar la fiesta que estaban celebrando en la zona de bares, pues en unas pocas horas debía salir de viaje. Dada la espectacular noche y puesto que no vivía muy lejos - en el centro- pensó en dar un pequeño paseo hasta su casa. A medida que se iba alejando de la "zona", el bullicio y leve griterío todavía existentes en las calles se iba diluyendo, dando protagonismo al tacón de sus zapatos que resonaban a cada paso sobre el cemento bajo el largo porche por el que deambulaba.

No había nadie, ni tan siquiera pasaba ningún coche, ningún taxi, todavía no circulaba ningún autobús urbano...De repente, no eran los suyos los únicos pasos que se escuchaban bajo el largo soportal. No pudo evitar mirar hacia atrás de soslayo, observando una figura corpulenta que se acercaba presurosa y que no le causó una buena impresión. Distaba unos cincuenta metros e instintivamente empezó a acelerar la marcha, a la vez que su corazón paulatinamente iniciaba el trote dentro de su pecho, su respiración se transformaba en un leve jadeo nervioso y el sudor empezaba a humedecer la superficie de su piel. Con la vista al frente su mente empezó a escrutar el camino que tenía por delante. En la próxima bocacalle a la derecha - se dijo -. Y así lo hizo. Sin aminorar el paso al llegar al punto planeado dobló la esquina, avanzó unos metros hasta el primer portal quedando momentánemente en la penumbra de la calle, haciendo ver que iba a entrar. Sin embargo las pisadas siguieron a buen ritmo avenida arriba por la acera bajo el porche.
Un leve suspiro y el sudor enfriándose sobre la piel le permitieron liberar la tensión de sus músculos y relajarse del mal trago vivido, aunque el problema real estaba a punto de surgir

- ¡Hombre, como tú por aquí!, ¿te acuerdas de mí?- oyó de pronto a escasos cinco metros, apareciendo como un fantasma una silueta bajo la farola en medio de la calle.

No se lo podía creer. Palideció. En esta ocasión todo su cuerpo se paralizó.

- No creas que esta vez te vas a escapar - continuó la voz-. Dos personas más aparecieron flanqueando la calle en sus dos salidas. En esta ocasión no estaba su amigo Juan, ya que estaba convaleciente todavía tras un accidente de moto.

Una cuarta persona salió de la nada y le agarró por detrás metiéndole un pañuelo en la boca que apagó el grito que con todas sus fuerzas había empezado a emitir. Había algo en él que hizo que se durmiera rápidamente. Entre dos le cogieron de brazos y piernas, mientras uno arrancaba el coche en la calle anexa y el cuarto vigilaba que no hubiera moros en la costa. Abrieron el maletero y depositaron en él, el cuerpo inerte de forma temporal, que previamente ya habían atado y amordazado.

¡No,no...! ¡Julián, Julián...! Despertó sobresaltado su padre de la cama, despertando a su vez a su madre que todavía endormiscada no entendía nada. Javier corrió nervioso hacia el dormitorio de su hijo, con la pelea que había tenido tres meses antes todavía grabada a fuego en su cabeza y que se había saldado con un navajazo en la pierna, por el que necesitó quince puntos. Al llegar al umbral abrió la puerta como si no hubiera un mañana y para su alivio, en la cama encontró a su hijo al que también había despertado, con la mano y la expresión de su rostro indicando una buena jaqueca tras alguna cerveza de más, preguntado que qué pasaba.- Nada hijo. Duerme- fue la respuesta.
ClopeznPublicado el 29 de enero de 2018
Archivado en relato corto

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3 Comentarios

  • Clopezn

    Muchas gracias.

    30/01/18 12:01

  • Azuldiferente

    Me gusta leer realidad, tu texto está cargada de ella.
    Un saludo.

    02/02/18 11:02

  • Clopezn

    Muchas gracias.

    02/02/18 11:02

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