La Pelota de Trapo.

Cuando vivía en la calle, más de una vez acompañé a algunos vagos por ahí. A buscar algo para meterse adentro. Cuando Darío se cansaba de inyectarse vino en alguna vena del pie para que le pegue más rápido y tenía alguna moneda y no estaba re puesto, iba a comprar pasta. Pasta base. Paco. Nunca lo fumé, y hacía mucho había dejado la gilada... pero muchas veces estaba al pedo, y acompañaba a alguno a comprar. Más allá de lo peligroso, para mí era un paseo y una distracción. Yo nunca llegaba hasta lo del transa, me quedaba por ahí boludeando y la mayoría de las veces me volvía solo, porque mi acompañante quedaba re loco.
Una de esas tardes en que me cansé de dar vueltas, iba a emprender el viaje de regreso a mi parada, solo, y me perdí.En el laberinto de pasillos angostos y sucios de algún lugar.
Habíamos escabiado toda la noche y el sol ya se levantaba, y yo solo pensaba en irme a dormir.

Y lo ví.

Estaba en pata, con la cara sucia y los mocos chorreando. Parado, estoico, como un gladiador que espera que lo tiren al coliseo de la vida. Pisaba una pelota de trapo.
La acomodó en el piso, la dió vueltas mientras miraba de reojo a un arquero que solo el veía. Calculando la jugada.
Transpiraba el pibito. Y el chocolate que formaba la tierra en su cara y su cuerpo se derretía con cada gota. Pero no le aflojaba. Se corría el pelo pegoteado de los ojos y se aprontaba.
Pisaba el fúbol y daba indicaciones.Los pantalones rotos se convertían en unos adidas naranja flúor.
La pisaba y tocó en corto.
Un auto pase. Medía a sus adversarios, mientras corría hacia el arco.
Una gambeta rápida, intentó un jueguito. "Martín", gritó alguien por ahí, "Dale, mierda!".
Y se me antojó que era algún compañero de equipo, impaciente por recibir la pelota de trapo para patear al arco.
"Martín!", volvió a gritar alguien.
Y el maracaná se esfumó de la imagen del pibito. Y lo ví gambeteando la pobreza y el hambre, los golpes, la droga...la muerte. Levantaba polvo en su carrera el pendejo. Que habilidad!
Pero ahí caía. Los brutos adversarios le ponían la gamba una y otra vez. Y el pibito cada vez más lastimado y más sangrante, se paraba y alzaba su cara desafiante y seguía su gambeta eterna de hambre y hastío y mocos chorreando.
"Dale pelotudo, vení...vení."
Prendieron un cigarrillo y pitaban rápido y desesperados para que hiciera cenizas. La tiraban adentro de la pipa improvisada. Una lata de coca. En menos de un suspiro mío el cigarro acabó siendo cenizas, y el que llamó a Martín tiró con cuidado el polvo en la lata.
Y en otro suspiro mío, ya estaban con los ojos vidriosos. Se secó los mocos con el brazo y se tiró en el piso. Estaqueado por una vida que le negaba todo. Que le ponía la gamba cuando encaraba al arco y le hacía faul cada dos pasos.

Y Martín no va a tener un i phone. Ni las llantas esas nuevas que brillan en la oscuridad. Ni un viaje de egresados. Ni el viaje a disney. Ni el master en yankilandia. Ni la pelota de rugby. Ni el almuerzo...ni la cena.

Un par de sopapos lo volvieron a la realidad. Trajo el caballo flaco y lo ató al carro. Y ahi se fue con su miseria a juntar basura que pudiera vender.
Y me miró al pasar con sus ojos vidriosos de paco. Y miré al 10 que pisaba la bocha. Y viendo a lo lejos como la vida le volvía a meter la pata. Le robaba la sonrisa. Y le robaba su pelota de trapo.

07 / junio / 2016

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3 Comentarios

  • Indigo

    Notable la manera de acercar esa realidad de las urbes.
    Pienso que Yankylandia tiene un papel protagónico en tanta desgracia.

    09/06/16 11:06

  • Micaelaviva

    Triste pero real..Tu relato me conmovió y mucho!

    19/01/17 03:01

  • Cuentosdelacalle

    Gracias!

    19/01/17 01:01

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