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La Otra Granada

La voz dulce de Sherine sonaba en la radio, Náyim bajó las luces y el cuerpo de las llamas en las velas se contoneaban al compás del Ala Bali. Siguiendo aquella danza del fuego, y sintiendo como el humo afrutado que exhalaba me adormecía, agradecí estar en Granada.

“Yo viví en Granada”, esa era la frase que mas veces oí, desde que anunciara mi partida.
“No veas que juergas” en el noventa por ciento de las veces, estas palabras solían completar la frase anterior.
Yo de natural, jamás fui muy dado a las fiestas, pero siempre supe que Granada sería el espejo donde llegaría a ver mi propio rostro.

Y si bien es cierto, que los dos primeros años vividos en Granada, sufrí más que en los veintisiete años anteriores, sé sin duda que el viaje mereció la pena.

Los trabajos, las traiciones de las personas más queridas, el no saber administrarme, el ver como la comida basura empezaba a deformarme por dentro y por fuera, y muchas cosas más, se convirtieron en una prisión desde la que podía ver la Granada prometida a través de los barrotes de la ventana.

Quítate los pendientes y el piercing, aféitate, corre al trabajo, haz deporte, come menos,… lo cierto es que me gustaba este estrés. Hacía que cada vez que miraba atrás comprobase, como la mayor parte del año ya había pasado, como si tuviera prisa por llegar a alguna parte.

Y este es mi caso, que ni tengo hijos, ni mujer, ni hipoteca, ni letras del coche. No quiero ni imaginar qué será de mí, cuando me haga mayor.

Me quedé en el paro, como gran parte del país. Y fue sin duda lo mejor que me pudo haber pasado.

Y sin más, de súbito un día. Con música en mis oídos, siento como Granada empieza a hablarme. Después de tres años, ya había confianza para hacerlo.

Su voz sonaba grave y dulce al mismo tiempo, conseguía incluso alterar el orden de mi ritmo cardiaco, la tierra clamaba y vibraba bajo mis pies. No hacía otra cosa que pedirme que la siguiera, cambiaba el rumbo fijo que había trazado años atrás. Me obligó a mirar más allá, me pedía que detuviese mi vista en las ventanas más alejadas del Albaicín, o en la verticalidad de los ramales en carrera de la virgen, sugirió que oyese tan atento el rumor del río genial al fluir, que al hacerlo, dejara de oírlo, e igual hizo con los pájaros de la plaza trinidad.
Dejé de oír el barullo en Pedro Antonio, dejé de ver a la multitud que lo transitaba. Podía atravesarla sin ser visto, es cómo si estuviera en el mismo plano, pero de una dimensión alternativa.

Dejé de vivir en Granada, para vivir Granada.

Sonreía como si me hubiese vuelto loco, y sentí tensarse mis labios y utilizar músculos que jamás había utilizado. Me daba igual, la gente no podía verme. O eso creía yo en un principio.

Para mi sorpresa, los labios de una chica imitaron a los míos en el momento en que se cruzaron. Ella pudo verme, su sonrisa me daba la bienvenida a la otra Granada, a la que subyace bajo la archiconocida tierra de la Alhambra.

Al subir los escalones de las Pasiegas, unos chavales con guitarras y una darbuka, me saludaron y un perro empezó a seguirme. Con lo que supe que en este estado, los animales también podían verme. Igual pasó con el hombre del acordeón, y como no, con mi amigo Náyim, que besó mis mejillas al verme en la antigua calderería.

Al caer la noche, detuve mis pasos frente a la virgen de la plaza del triunfo, miré a mi alrededor, y a día de hoy, no sabría explicar lo que sentí. Me sentí rodeado, mis ojos me decían que estaba solo frente a los barrotes que rodean aquella fuente de luces de colores. El frío arañaba mi cara, y yo sentía el rumor de miles de personas hablando lenguas diferentes. Supe que Granada, era tan solo la primera parada. Tenía la certeza de que después de tres años, había emprendido mi viaje.
Todo era familiar, los borrachos de la lejanía, mi sombra cambiando de posición, la tierra que se extendía bajo mis pies, la voz que siempre supe que estaba en mi, y que las prisas y responsabilidades habían conseguido acallar.

Buscar un final a este relato implicaría que el viaje ha acabado, cuando en realidad espero, no haya hecho más que comenzar.

P.D. Te tendré informado.

P.D.2. No había fumado nada, ¿eh?
26 de enero de 2011

8 Comentarios

  • Folicega

    No fumaste nada? seguro?
    Bueno... te creo, tal vez te inyectaste algo... :)

    26/01/11 04:01

  • Debenetash

    Jajaja que va, que va

    26/01/11 05:01

  • Norah

    Dejé de vivir en Granada, para vivir Granada , en verdad y como siempre ocurrente y muy buen decir.Cariños.

    26/01/11 05:01

  • Mary

    Tan bonita Granada, y sobretodo el Albaicin, ese barrio me encanta por
    sus calles empedradas y estrechas, y sobretodo las vista de la Alhambra
    son un lujo. No hace falta ir fumao para dejarse llevar, quien la conoce
    lo sabe.

    Espero continue ese viaje y nos sigas contando.

    Un abrazo dios fuego!

    27/01/11 10:01

  • Nigth14

    si lo que escribes expresa textualmente lo que sentiste, pues yo diría que tuviste una regresión extrasensorial que muchas veces logramos tener sin darnos cuenta. Aunque no me creas, yo he pasado por esa sensación que relatas, he podido escuchar como la naturaleza me habla y me invita a soñar e imaginar cosas que no existen,y no es locura ( o quizas si?) lo llamaría más bien LIBERACIÓN del cuerpo y exaltación del espíritu.

    tu texto me ha dejado mucho que pensar amigo.

    saludos!! :)

    28/01/11 07:01

  • Debenetash

    Muxas gracias Norah.

    28/01/11 03:01

  • Debenetash

    Eso espero yo tambien Mary, a ver si te veo por aqui un dia. Besos.

    28/01/11 03:01

  • Debenetash

    Nigth14, en Granada lo dificil, es no haberlo sentido antes.

    28/01/11 03:01

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