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Apuntes de un Escritor Malo

Ya era tarde, y como siempre tú yo esperábamos. No de esa espera ansiosa, nerviosa, no, nunca fue así. Esperábamos nunca separarnos.
Aquel día fue especial: No cumplíamos años, no nos reconciliábamos; una fecha más en el calendario. Y aún así, fue especial.

Esa mañana llegué retrasado a tu casa, la verdad no sabía qué ponerme pues quería verme guapo para ti.
Bajé del coche y toqué tu puerta una vez, al hacerlo sólo pude escuchar un "Híjole", eso me decía que al parecer aún no estabas lista. Y en efecto, así fue. Se escuchó el abrir de tu ventana:
-¡Espérame cinco minutos, por favor!- Gritaste desde el primer piso. Me lanzaste las llaves para que entrara y así lo hice porque afuera hacía un "friazo".

Caminé con calma por la entrada y llegué a la sala de estar. Siempre me encantó tu salita, no era grande ni pequeñita, lo justo; Un par de sofás oscuros, una mesa de vidrio, paredes color crema y en ellas unas pinturas muy raras, yo te decía que eran de un movimiento nuevo llamado feísmo, así se llamaba porque yo te las hice y quedaron feas, feas... no entiendo por qué te gustaron tanto, aún así, me hace feliz que las conserves.

Los segundos se convirtieron en minutos, los minutos en una hora. Cinco minutos en el mundo femenino serían en el masculino algo así como cinco eones. ¿Se habrá perdido en el armario? ¿Se habrá caído mientras se ponía el pantalón? ¿Y si un ángel se dio cuenta que no está en el Paraíso y se la llevó? Vaya demencia la mía. Demencia y cursilería.

En eso sentí tus brazos, rodeándome:
-¡Lo siento por haber tardado tanto!- me dijiste apurada.

Era algo que ya suponía que harías, mas no me importaba pues los frutos de la espera son los más dulces; el cabello castaño recaía sobre tus hombros, tus ojos negros brillaban como un diamante, vestías un hermoso vestido largo color crema a las rodillas y unas balerinas azul marino. No sabía si combinaba, pero para mí sólo te definías en una palabra: encantadora.

Te sentaste a un lado de mí y comenzaste a platicarme cosas sin sentido, de esas que me gustan. Por una extraña razón amo discutir tonterías contigo. Quizá así me puedo embaucar en tu tono de voz y si me pierdo en la conversación no importa. Es eso, o que estoy loco, mmm, ¡una combinación de ambos!

Después de media hora tomaste tu bolso y yo tomé tu mano mientras caminábamos hacia el auto.
-Qué bonito jardín tienes- comenté, observando los blancos rosales.

En lo que subías al coche yo buscaba las llaves para cerrar tu casa.
-Diablo de idiota, ¿las habrás dejado dentro?- Murmuraba. Aunque a decir verdad yo actuaba en ese momento, no estaba buscando bien dentro de mi bolsillo a propósito; estaba distraído viendo cómo me observabas con curiosidad.
-¿Se te perdieron de nuevo?- me dijiste con una sonrisa burlona.
-No, aquí están. Sólo que me distraje viendo la rosa más linda del jardín.-

Ya en el coche me seguías mirando, ¿cuándo llegamos a enamorarnos así?

Introdujiste un CD que sabías me encanta, una música muy linda de escuchar; guitarras haciendo arañitas y pianitos jugueteando en los compases. Yo me entiendo, yo me entiendo... era una canción de Los Doors.

-¿A dónde quieres ir?- Te pregunté, acercándome al infinito amor de tus ojos.
-A donde sea, pero que sea contigo-.
Diegor7Publicado el 07 de enero de 2014
Archivado en amor romance cuento felicidad enamoramiento musica

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