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Olvidé...

Y me amo porque toca, también quizás porque haya tocado fondo.

Me entregué, con los ojos cerrados y sin pensármelo. Di todo, y di más que todo. Di mis ganas, mi fuerza, mi corazón, mi alegría, mi felicidad. Y ahí está la cosa, lo di todo.

Olvidé que todo soy yo y que no puedo entregar mi felicidad a nadie, porque por el contrario, cuando ese alguien se vaya me quedaré vacía, rota, con ganas de no volver a montar mis piezas rotas.

Incluso cuando no me han dejado lo he pasado mal, ¿por qué? Porque me he fijado más en qué le faltaba al otro, qué defectos tenía, qué hacía mal o qué no hacía. Y olvidé centrarme más en mi vida, en mis virtudes y no tan virtudes, en qué dejaba de hacer o hacía, me olvidé de que mi felicidad no puede variar según los antojos de nadie.

Que pueden tirarte, pueden tumbarte y pisotearte, pueden incluso aislarte y hacerte creer que eres inferior, pero solo tú tendrás la palabra final, solo tú tendrás el poder de decir: me afecta, me hundo, ya no puedo más. Y de la misma forma tú puedes decirte: me quiero, puedo, esto no es real.

Y es que si sabes quien eres, qué quieres y por qué lo quieres, no tienes nada que temer. No temas el que dirán, ni el que dicen, ni siquiera temas a la gente cercana que no te apoya o no cree en ti.

¿Mi consejo? Confía en ti, vive por y para ti, y recuerda: tu felicidad depende de tí, no de nadie más.
31 de mayo de 2016

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