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El Abrazo que Ya No Puedo Darte

Hacía tiempo que no nos veíamos. La verdad es que coincidimos poco a pesar de llevar años viviendo en el mismo edificio. La educación y el respeto han hecho siempre que esas breves ocasiones sean cordiales. Pero la última fue diferente sin que haya un por qué.

Llegaba del trabajo y tu salías para acompañar en la distancia a esa hija que está entrando en la etapa adolescente y a la que no gusta que vayas a su lado, porque le da vergüenza que la vean con su madre ahora que es tan mayor. Me dirigiste una fugaz mirada de resignación a la vez que una sonrisa, mientras tus ojos señalaban el comportamiento esquivo de la niña. No lo pude evitar y con escaso disimulo sonreí, intentando que no se notara.

Aún quedaban algunas decenas de metros antes de alcanzar el mismo punto cuando nos saludamos de viva voz.

¡Vecina!

¡Vecino!

Y en un extraño e inesperado arranque, impropio de nuestra edad y de la relación insustancial que habíamos mantenido durante años, echamos a correr el uno hacia el otro y cuando nos juntamos, nos fundimos en un abrazo cordial, que nos sorprendió. Juraría que nos ruborizamos antes de empezar a reír de forma un tanto nerviosa, como lo hacen los niños cuando son sorprendidos haciendo alguna trastada. Lo que vino después fue tan normal como en cualquier otra ocasión: preguntar por nuestras familias, algún que otro comentario intrascendente y una rápida despedida motivada por las prisas; una porque se le escapaba la colegiala y el otro por las ganas de llegar a casa.

En cualquier otra circunstancia de la vida, ese gesto tan humano como social que tuvimos, no sería merecedor de ser recordado mas allá de una anécdota simpática. Ahora es diferente. Un extraño virus de origen no muy claro, ha puesto patas arriba la forma en que nos vamos a relacionar de ahora en adelante: con desconfianza y miedo.

Recuerdo que en alguna ocasión durante el confinamiento, me ha parecido verte asomada a tu ventana en compañía de tu hija. La distancia no me permitió entonces apreciar con certeza el matiz de tus gestos, que se me antojaron de preocupación, tal vez por semejanza con los míos.

Vino a mi mente en ese momento la escena que habíamos vivido hacía unas cuantas semanas. Ahí me sorprendió la realidad como esa bofetada que te llevabas antaño en el colegio, cuando de no se sabe dónde, salía la mano inesperada del profesor, para corregir tu distracción y centrarte en la clase.

El pensamiento que me invadió fue tan simple como demoledor: iba a pasar mucho tiempo hasta que pudiera volver a abrazarte, si es que volvíamos a vernos. Y no solo a ti, también a mis más queridos amigos, que con independencia de ser hombres o mujeres, siempre intercambiamos un beso. Lo peor es que el círculo se estrecha con el mismo resultado: tampoco a la familia más íntima, ni si quiera a esos hijos que no viven con nosotros, tampoco a nuestros padres. Cualquier gesto de humanidad ahora es como la ruleta rusa y te puede costar la vida, o puedes ser el causante de segar otra.

Es difícil determinar cuál es el peor efecto colateral de esta pandemia que padecemos, si las colas del hambre, la ruina de los negocios o las pérdidas de tiempo que comporta el distanciamiento social. Todos son importantes, por supuesto, pero por la trascendencia emocional que tiene, va a ser doloroso volver a verte y no poderte abrazar.
Enroque26 de mayo de 2020

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