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Cap 18º Cambia de Estacion



El fin de semana había transcurrido sin mayores altercados, el bueno de Alfred se había caído por una pequeña broma que le gasté y ahora me reñía cada vez que nos encontrábamos por los pasillos de la casa. Era lunes y como costumbre de mi padre quería que le acompañase a un bar que hacia ya tiempo habían abierto por una de las callejuelas cercanas al centro comercial. El precio era barato para la calidad del café y el preciado sabor de las rosquillas bañadas en chocolate blanco con crema de arandanos, era un pecado que el señor Donovan no podía resistir, al menos cada lunes de la semana.
Sin dirigirnos la palabra tan solo para darnos los buenos días entramos en el coche que ahora usaba entre semana y pusimos rumbo a la cafetería.
La verdad, para mí sorpresa la cafetería tenia cierto parecido a la que yo solía ir mientras vivía en Londres.
Las puertas correderas dan paso a unas baldosas intermitentes de blanco y negro. Al entrar una musiquilla country recorre mis oídos. A lo lejos, a la derecha se extiende la cafetería con mesas de hierro, anchas y grandes sujetas por un único palo nacido desde el medio de la misma, y en medio de la estancia un muro que separa en dos la pequeña cafetería. A la izquierda una amplia pared blanca con una marquesina de partituras de música decora la estancia. Sobre ella, fotografías de personas desconocidas para mí me sonríen invitando a devolverles la sonrisa. Algunas solo están sonriendo a la cámara, otras son pilladas de improvisto con la boca abierta comiéndose uno de esos donuts de los que Jhon hablaba. Del techo, las lámparas se desprenden como escaladores de montañas, su luz es tenue haciendo la cafetería acogedora y familiar. Las sillas rojizas avivan la monotonía del blanco y negro y de fondo el humo de la cocina sale por una ventana circular situada en una puerta de madera.
- ¿Café? – Me pregunta Jhon, señalando una de las mesas vacías para que me siente.
- Solo doble con hielo
- ¿Quieres una rosquilla?
- No tengo muchas ganas, prefiero otra cosa, un croissant y un zumo de naranja, unas gachas o un plato de huevos revueltos.
- Chico, ya no vives en Nueva York, aquí los “croissant” o los “huevos revueltos” no los tenemos, si quieres unos churritos madrileños…
- Donuts, relleno de avellana y el café, siempre que haya en España café – respondo, con un tono irónico y una sonrisa en mi boca-.
Mientras Jhon se marcha por el pedido yo me recuesto sobre la silla echando un vistazo al resto de personas que están en el bar.
Unos padres con dos niños pequeños batallan en la dura lucha de hacerle comer una papilla a uno de ellos, mientras el otro mas mayor sonríe enseñando los 4 dientecitos que tiene mientras termina de morder uno de los donuts llenándose la cara con sirope de fresa.
La madre expulsa un pequeño gritito de inconformidad y el padre le trata de limpiar la cara no sin antes mancharse la corbata y parte de su cara. Al parecer el enano tenía también la mano manchada de sirope y el padre no se había dado cuenta. Lastima, le castigan y se queda sin donuts.
Más allá de la familia feliz, en otra mesa descansa un hombre mayor con una espesa barba blanca y bigote. Con unas pequeñas gafas de ver de cerca y un periódico deportivo abierto por la mitad.
La puerta corredera se desliza y alguien entra, no consigo ver con claridad ya que otra familia ha decidido salir del local y me es imposible adivinar la figura que esconde aquella melena rubia. Pero creo, que por la mirada que le ha echado el viejo del periódico deportivo, esas curvas son más interesantes que los goles del Barcelona o del Madrid de la pasada jornada.
A pesar de la música country de aquel lugar, y del balbuceo que iba en aumento del niño de la cara manchada de fresa, era inconfundible el sonido de unos tacones retumbando por la sala.
- ¿Qué haces que te vas a partir el cuello Liam?
Jhon había vuelto con el desayuno, un café negro como el carbón e hirviendo me miraba provocándome a beberlo para ver si aguantaría el calor, al lado estaba el donut que había pedido.
- Hirviendo
- No sabía que te habías vuelto tan blandengue Liam.
- ¿Por qué no pruebas a meter la lengua en el café y me ahorro de escuchar tonterías? –le invito, acercándole el café con un dedo.
- Buenos días señor Donovan, ¿interrumpo algo?
Una voz suave, de chica, nos saca de nuestro enfrentamiento.
- ¡Oh! Nicole, pensé que hoy no vendrías pues, cuando yo suelo llegar ya estas tú por aquí.
- Lo se señor Donovan pero hoy me he entretenido con algo más de la cuenta… - responde mientras se coloca las pulseritas que le tapan la muñeca.
La observe, detalle por detalle. Su pelo rubio platino caía mas halla de sus hombros menudos y blanquecinos. Su cuello largo y elegante daba paso a unos labios anchos y carnosos con un piercing plateado en forma de arito en uno de sus lados. Sus pómulos sonrosados daban algo de vida a su tez blanquecina y sus ojos grandes y verdes quedaban escondidos tras las gafas de pasta negra que le daban un toque de misterio y sensualidad. En su nariz recta y pequeñita acabada en punta mirando hacia el cielo lucia otro piercing, menos llamativo en forma de arito cruzado.
- ¡Liam!
La voz de mi padre me saca de mis pensamientos. La joven me miraba tras aquellos ojos grandes y preciosos. Estaba esperando algo y no sabía el qué.
- ¿Qué, que pasa?
- Te he preguntado si acaso no recuerdas a Nicole.
Y entonces la miré, Nicole. ¿Mi Nicole? Tras esas gafas que escondían la pequeña marca de nacimiento que tenía en su ojo izquierdo y esas curvas de infarto se escondía mi mejor amiga de la infancia, había cambiado tanto que apenas podía buscarle parecido a la pequeña niña que deje llorando en el aeropuerto hace 9 años.
- Has vuelto –me dice, dejando entre ver una hilera de dientes blancos perfectos-.
- He vuelto – respondo, mientras me levanto y nos fundimos en un abrazo-.

Y aquí os dejo mi blog:
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Y el enlace del cap 18ª!:
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Equivocados26 de enero de 2013

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