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Mil y una Forma de Volver a Vernos

para los amantes su amor desesperado podrá ser un delito... Pero nunca un pecado.
Es lo que tienen los días, que a medida que pasan y no suceden nada, piensas que se han olvidado de ti, que ya nadie tiene preparado algo nuevo para tu vida, y que eso del destino y las casualidades son simples anécdotas que cuentan los abuelos.
Van pasando y se van llevando pedacitos de alma y trocitos resquebrajados del recuerdo de nuestras noches prohibidas. Ya apenas son un susurro en mi rutina, uno de esos recuerdos, preciosos en el pasado y molestos en el presente, porque ya no puedes volver a repetirlos y eso acaba pasando factura.
Así que, como un día más y sin pensar en las consecuencias del azar y del sino, la magia de los destinos compartidos comenzó a obrar, sin siquiera avisarme o prepararme. Desprovisto de inquietudes fui armando las piezas sin saber lo que me demoraban al final del camino.
Martes, martes de tranquilidad en aquella semana santa tan larga y duradera de Abril, cargada de esperanza y deseos para todos.
Sí sólo aquella noche hubiese dormido bien, si tan solo aquella mañana mis fuerzas no me hubieses abandonado declarándose en huelga hasta la noche. Sí solo una de las mil millones de acciones que podría haber tomado hubiese sido distinta, jamás me lo hubiese perdonando.
Avancé, como los presos con cadena, lento y agitado, mirándolo todo por última vez, hacia el destino prometido. Era un martes más en un día excéntrico del año, la única diferencia era que caminaba por el mismo camino de siempre, pero cuatro horas más tarde.
El aire respiraba por mí, y el viento me traía recuerdos perfumados. Solo me queda una recta para un día más. Un día gris sin que nadie sobrescribiera una línea de mi vida. Pero las casualidades son así de traicioneras, no avisan, no te explican, y no te sacian.
Era el paisaje de siempre, aquel parquecillo con sus bancos, sus abuelos, sus palomas y sus chillidos. Una iglesia en un extremo y un ángel en otro.
Allí estabas tú, caminando sin darte cuenta hacía mí, con esos ojos que no me permiten dormir por las noches. Eras tú, pero habías cambiado, ahora llevabas esas gafas negras que había visto por fotos, y esa sonrisa desdibujada. Te giraste, sin todavía poder creérmelo. En aquella in casualidad tan mezquina y poco probable como certera Y entraste por la puerta del garaje, sin pestañear, a la luz del ocaso y el manto de estrellas, pues el cielo comenzaba a oscurecer. Te giraste antes de verme, te giraste dejándome ver la rebeca marrón que me nublaba tú dulce silueta, aquella con la que había jugado tantas noches, pues tú cuerpo era el pecado a mi deseo. Y tus labios mi única salvación a mi condena. Tus besos eran droga dura, y te fuiste sin darme ninguna cura. Sin anestesia. Y yo que pensaba que las casualidades se habían olvidado de mí.
Así que me moví deprisa, pensando que bajarías por las malditas escaleras y corrí a verte por última vez. Con la sorpresa de verte parada esperando el ascensor, de espalda a mis ojos, de espalda a nuestro destino. Pensando en que si solo me hubiera retrasado dos minutos, mis labios te hubiesen dicho lo mucho que te añoro. Me voy pensando en mil maneras de olvidarte de nuevo. Y tú, te marchas pensando en mil maneras de vernos de nuevo.

Memorias De Un Joven Escritor.
Equivocados24 de abril de 2014

1 Comentarios

  • Libelula

    Bueno es entretenido , no creo en las casualidades.Pero son tan mágicas.
    Animo y a escribir.
    Saludos

    24/04/14 03:04

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