SÍndrome de Darwin

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Llegué a casa con un molesto dolorcillo en el coxis (creo que así se llama donde termina la columna vertebral). ¡Cómo no me va a doler, si me la paso sentado todo el día en la oficina! Me tomé una aspirina mientras preparaba un plato de cereal nada más, no tenía mucha hambre. Cené de pie pues lo que menos quería era sentarme. Me puse la piyama y me acosté. Acostumbro ver algo de televisión antes de dormir y la prendí en una serie policiaca. Coloqué las almohadas como respaldo y me intenté acomodar: imposible. Apagué la tele y me recosté de lado para que mi coxis no tocara el colchón. No pude dormir bien pues, cuando cambiaba de posición, mi trasero rozaba la cama y me dolía. Al día siguiente tomé como siempre el metro para ir al trabajo; aunque el vagón iba casi vacío, viajé de pie. Nada más de ver los duros asientos de plástico me dolía el huesito. En la oficina hice todo lo posible por no estar sentado; iba por fotocopias, llevaba reportes a los jefes, arreglaba los anaqueles de los archivos… en fin, cualquier actividad que me permitiera evitar la silla. A la hora de la comida me escabullí a una de esas farmacias que están cerca de los hospitales y que venden de todo. Compré una de esas llantitas que se usan cuando te duele incluso más abajo del coxis. En un supermercado adquirí una funda y llegué a mi oficina con un discreto cojincito para mi asiento. El jefe me asignó escribir un par de reportes financieros larguísimos; tuve que estar sentado por varias horas. No sé que hubiera hecho sin la llantita. La molestia crecía gradualmente y, al llegar a casa ya era un dolor francamente insufrible. Haciendo actos de contorsionismo pude reflejar mis nalgas en el espejo del baño; una protuberancia sobresalía notablemente. Algo así como una colita. Desde luego me alarmé terriblemente y decidí ir al doctor al día siguiente antes de ir al trabajo. En la sala de espera de la clínica del Seguro Social cantidad de personas aguardaban turno. Hablé a la oficina para avisar que llegaría tarde. Curiosamente todos hacían fila parados, los asientos quedaban vacíos. Quizá tendrían el mismo mal que yo. ¿Nombre? Horacio Peralta. ¿Edad? 45 años. ¿Qué lo trae por aquí Don Horacio? Fíjese doctor que me está creciendo algo en el coxis; como una colita. ¡Caray uno más! Lo que le está pasando a usted y a todo los pacientes que he visto hoy es lo que en la ciencia médica llamamos un atavismo. Es decir, el organismo empieza a presentar características primitivas de nuestros antecesores. En pocas palabra lo que usted tiene es una cola como la que presentaban los simios que evolucionaron hasta llegar a ser homo sapiens. En toda mi carrera solamente había visto un caso, pero ahora parece que hay una especie de epidemia. ¡Los pacientes con este padecimiento llegan por montones! ¿Qué se puede hacer, doctor? Lo que se recomienda en estos casos es la cirugía. Una vez quitada la protuberancia no vuelve a salir. ¡Pues, adelante! Lo malo, Don Horacio es que los quirófanos están a reventar. Entrará usted a lista de espera y su cola seguirá creciendo. Espero que en un mes, mes y medio haya espacio para usted. Caminé al trabajo pues quedaba cerca. No le habían avisado al jefe que llegaría tarde y recibí un fuerte regaño. No quise explicar el motivo de mi retraso. Mientras revisaba unos papeles, noté en el trasero de Carmen la contadora una pequeña protuberancia. Paty, la que presumía tener las mejores nalgas de la oficina y que las lucía vistiendo apretados pantalones y lycras, ahora usaba unas horribles y holgadas faldas. Algo trataba de esconder. En algunas semanas, la colita ya era notable en todos los compañeros de la oficina. Yo me había gastado mis ahorros yendo a una clínica privada donde me hice la “colotomía”. Se había tenido que acuñar un neologismo para la nueva operación. La epidemia no era privativa de nuestro país; era mundial. Los noticieros mostraban imágenes desgarradoras de gente aglomerada a la entrada de los hospitales exigiendo cirugía. La gente que vivía en lugares donde no existían los medios económicos ni hospitalarios se resignaba a vivir con el apéndice. De hecho, se sugería a la población mundial que no acudiera a los hospitales y aceptara con resignación esta regresión evolutiva. En menos de un año, la humanidad se percató que el crecimiento de la cola no era el único síntoma: abundante vello crecía en todo el cuerpo y la capacidad de hablar disminuía progresivamente. Un día que olvidé entregar un reporte, el jefe me llamó a su oficina. En lugar del tradicional ¡ya ni la chingas, Peralta!, el jefe subió de un brinco al escritorio y empezó a emitir horribles chillidos y gruñidos a la vez que me lanzaba agresivos manotazos. Salí corriendo de su oficina utilizando mis cuatro extremidades. A estas alturas todo ser humano estaba cubierto de pelo. No tenía sentido depilarse o rasurarse pues el vello volvía a crecer con mayor abundancia. Se recomendaba evitar la reproducción pues los nuevos niños nacerían ya con características simiescas. Esto es lo último que puedo comentar. Me cuesta un enorme trabajo pensar y escribir, todas mis facultades racionales se pierden…
Finalmente, hombres y mujeres quedaron transformados en primates. Al sufrir la humanidad esta regresión, los individuos luchaban por sobrevivir en igualdad de circunstancias. Se habían disuelto las clases sociales, las religiones. Curas, gobernantes, ricos y pueblo peleaban a mordidas por algún alimento sobrante del supermercado. Gran parte de esta ex -humanidad pereció. Muchos habitantes de la ciudad murieron electrocutados al trepar por los cables eléctricos. Los nuevos simios buscaban parques donde hubiera árboles, pero eran insuficientes. Empezaron las grandes migraciones. La mayoría moriría en el camino pues se habían perdido todas las habilidades adquiridas al paso de milenios. No podían cazar, pescar ni sembrar. Solamente dependían de la recolección. Los que originalmente vivían en la selva o cerca de ella simplemente permanecieron y se unieron a otros primates que ahí habitaban. En unos cientos o miles de años, las ciudades desaparecerían, los materiales empleados por el ser humano regresarían a su fuente original. El concreto, el acero, el plástico y el vidrio formarían parte del suelo de donde fueron extraídos. Las especies en peligro de extinción se salvarían y los ríos y los mares limpiarían sus aguas generadoras de vida.
Publicado por Flacco el dia 03 de julio de 2013.

2 Comentarios

  • Hace tiempo que un relato no me enganchaba así. Muy bueno.
    Si la naturaleza pudiera decidir....
    Un saludo.

    por albertocubeiro | 04/07/13 @ 05:07

  • Gracias por tu visita Alberto.
    Saludos

    por flacco | 04/07/13 @ 11:07

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