Mis Tormentas Pesan Más que Nuestras Margaritas

A veces me vuelvo egoísta
y dejo que mi yo desquiciado
domine sobre mi yo más zen.
Es irracional
buscar la estabilidad permanente
en personas humanas
cuya naturaleza es desaparecer eventualmente.
Todos somos ciclos
en las vidas de los demás,
lecciones que deben y debemos aprender
antes de pasar de nivel.
Tengo el pequeño gran problema
de temer los finales de cada etapa,
como si se nos olvidara
lo refrescantes que resultan los comienzos,
como si no recordáramos lo que se siente
cuando te quedas hecho pedazos
y te reconstruyes,
con la emoción de quien empieza algo nuevo.
Todo tiene un tiempo,
una razón,
una fecha de caducidad.
Nada es casual, sino causal,
y tengo que obligarme a tenerlo en mente
antes de estallar en lágrimas,
de deshacerme,
de alargar el tiempo de duelo
más de lo estrictamente necesario.
Somos fuertes,
nos adaptamos a todo,
nuestra mayor capacidad está en la mente.
No necesitamos de nadie
para saber quienes somos ni a dónde deseamos llegar.
He de aprender a amar sin condiciones ni apegos,
con la libertad típica del que conoce
que todo es pasajero y nada es eterno.
Por eso,
si decides irte hoy de mi vida
porque mis tormentas pesan más que nuestras margaritas
(por mucho que ellas insistan en decirte siempre que sí),
eres libre de marcharte sin cumplir siquiera la apuesta.
Nada te retiene a mis caderas,
a mi actitud siempre sedienta de tu sexo,
a mis besos incansables en el súper,
a mi manía de admirar tu talento musical.
Nada te ata a mis miedos,
a mis inseguridades,
a mis celos creados por fantasmas pasados,
a mis enfermedades y dilemas mentales,
a mis demonios feroces,
sangrientos,
luchadores.
Es comprensible
si no tienes intención de entregarme la parte más tierna y honesta de ti,
si no quieres enamorarte de mis ojos tristes,
si quieres dejar de leer lo que te escribo siempre aquí,
si no vives la relación
con la misma pasión ciega con la que la vivo yo,
con la que te vivo a ti.
Porque al final de todo
en una relación debe primar el compañerismo y la comprensión,
no la huída cuando llegan los baches.
Eso,
en sí mismo,
ya es una llamada de atención.
No puedo pedirte más de lo que me has dado
pues me has dado más de lo que esperaba al conocerte.
La decisión es y será siempre tuya,
aunque presiento cuál va a ser.
Cuando tengas claro lo que te apetece,
háblame,
sácame de la ignorancia
y dime qué hacer.

Más en mi blog: http://myowncarpediem.blogspot.com.es

13 / mayo / 2018

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