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Nunca Nieva En Este Puto Pueblo

Miro la pantalla de mi teléfono por enésima vez en diez minutos. Llega tarde. Suspiro y una nube blanca de frío abandona mi boca y se eleva hacia el techo del portal. A mi mano derecha, un vecino y un amigo suyo critican a sus novias. Me miro en el espejo y casi podría decir que parezco delgada. Aunque sé que esa sensación durará menos de dos minutos. De pronto, unas bambas negras con dos líneas rojas se paran a mi lado, en la acera llena de chicles. Van seguidas de unos tejanos oscuros y de una chaqueta negra de sobras conocida. Su barba, su sonrisa. "Llego tarde, ya lo sé. No me mates", se excusa, como un niño. Estiro mi mano para que me ayude a incorporarme y le doy un beso, sonriendo. "No importa", concedo. Echamos a caminar por la calle, mientras bromeo acerca del anuncio de un vidente africano. Chiste arriba, chiste abajo, avanzamos. Me pierdo observando los edificios y el cielo azul, escuchando cómo desearía que nevara alguna vez. "Nunca nieva en este puto pueblo. Deberías saberlo", comento, riendo. "Ya lo sé, idiota". Seguimos, calle abajo, hablando de esto y de lo otro. Suelta y agarra mi mano derecha una y otra vez y no puedo evitar el hecho de enervarme cada vez que lo hace. Mira su móvil, contesta algún mensaje. Comenta alguna cosa de poca importancia. El dolor de cabeza vuelve y pide que busquemos, por favor, un sitio en el que no haya demasiada gente, en el que el ruido sea el mínimo posible. "Misión imposible en la tarde de Nochebuena, pero se puede intentar". Nos sentamos en los bancos de la plaza de delante del instituto, y dejo que se estire en mi regazo. Dos niños de entre tres y cinco años juegan en el tobogán mientras su madre los mira desde el banco, sonriente. "Mamá, ¿por qué Dios tiene tantos hijos?", pregunta uno de ellos. No alcanzo a escuchar la respuesta pero no puedo menos que sorprenderme ante la mente filosóficamente teológica del niño. Él, en mis brazos, se ríe también ante la ocurrencia. Pero al otro lado, la charla prosigue. "Dios tiene muchos hijos, ¿para qué necesita tantos?". Más risas. Comentarios sobre la infancia de ambos, no tan lejana, pero ya muy olvidada. Le acaricio el pelo y me mira, riéndose. Cierra los ojos, busca mi mano. Noto el aire rozándonos veloz en su camino a donde sea que vaya. Se incorpora para buscar el nombre de un artista en Wikipedia, y yo me agacho, mirando al suelo con impávida atención. Me abraza por la espalda. Me besa el cuello casi con adoración. Me giro mecánicamente y una larguísima serie de besos tímidos, cariñosos, tiernos comienza sin control. Un minuto. Dos. Tres. No me hace falta respirar. Él es el único oxígeno que necesitan mis pulmones. Se aleja. Me mira en silencio. Vuelve a la carga, cogiéndome la pierna y dejándome acariciarle la piel blanca de su mejilla. Le quiero. No puedo evitarlo. Nuestra relación no es idílica, presiento que se aburre, a veces dudo de que realmente me quiera, pero no puedo evitar amarle tanto.
Más tarde, en casa, entre bocado y bocado y en mitad de un discurso del vecino hablador que ha venido a cenar con su mujer, le mando algún mensaje. "No me cansaré de ti", "Nos queda toda una vida juntos"... Trago saliva e intento por todos los medios no parecer demasiado emocionada. "Ojalá sea como dices", respondo. Y decido creer que es así.
25 de diciembre de 2013

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