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Andrea

-La amo. Mi vida sin ella no tendría sentido. Y gracias a Dios, ya me queda poco tiempo en esta pocilga. Atender gente estúpida por teléfono todo el maldito día me está enfermando del mate. Pero no importa. Ya termina mi turno y podré verla de nuevo. Que felicidad más grande siento cuando estoy a su lado. Todo sacrificio vale la pena si puedo vivir en paz con mi tesoro, mi Andrea.- Pensó mientras preparaba sus cosas para ir a casa.

Riiing Riiing...

El teléfono volvió a sonar.

-Buenas tardes, mi nombre es Marcelo Cisternas, ¿en qué puedo ayudarle?- Escuchó al cliente y en breves segundos le interrumpió.

-Bien señor, espere en linea unos segundos.- Se acercó hacia un compañero y le dijo:
-Toma hueón, es para ti.- Y salió corriendo de la oficina.

La estancia de Marcelo estaba ubicada diez kilómetros al sur de Santiago, en una zona campestre normalmente frecuentada por muy poca gente. Los que allí viven -en su mayoría personas decrépitas, viejos y viejas Decadentes- lo hacen en casas antiguas, de grandes salones y cuartos inútiles llenos de polvo, cuartos que alguna vez rebozaron de vida. La humilde morada de Marcelo no era la excepción.

Como de costumbre, Marcelo estacionó el auto a un lado de la vivienda, entre el heno y los pastizales escarlata.

-Llegué mi amor.- Anunció cantando y danzando.

Nadie contestó.

-Que hermosa te ves hoy... Andrea, ¿te hiciste algo en el pelo? Te hace ver sexy.

Ni una palabra de vuelta. Pero a Marcelo parecía no importarle. Siguió conversando muy entusiasmado.

-Compré algo en el super muy rico para comer hoy. ¡Adivina qué es!.- Dejó unas bolsas encima del mesón de cocina, luego tomó asiento en una de las dos sillas de la mesa de roble. -¡Así es, comeremos pizza!- dijo mirando en dirección a la silla de enfrente, como sí alguien estuviera sentado en ella.
Frios29 de diciembre de 2010
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esquizofrenia

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