¿para Qué Sirve un Museo?

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Una extraña forma de democratización, o más bien de masificación, ha ido transformando, probablemente para siempre, los museos occidentales. La globalización económica ha abierto nuevos espacios gracias a la velocidad, el movimiento y el intercambio: su representación es el turismo de masas, un fenómeno difícil de integrar en la visión tradicional del museo. Resulta en este sentido significativo que, durante mucho tiempo, los museos hayan funcionado como espacios íntimos y casi privados para entendidos que se recreaban contemplando unos objetos que ya conocían. Eran como iglesias cuyos iconos se adoraban en silencio y su estructura se limitaba a la consolidación del discurso canónico establecido por comisarios formalistas, que habían sido entrenados para repetir incesantemente la misma doctrina, con muy pocas excepciones.
De hecho, los encargados de esta tarea son todavía hoy los conservadores o comisarios, términos que no inspiran una especial apertura y experimentación. Todos formaban parte de la industria del arte que, a través de museos, instituciones culturales y crítica especializada se dedicaba, entre otras cosas, también a reivindicar y engullir la creatividad y el talento artísticos para después regurgitarlos en forma de nuevo dogma ortodoxo.
Sin embargo, no es competencia del arte la tarea de preocuparse de su destino: “sus propios impulsos lo conducen pura y simplemente adonde, sin que él lo sepa, tiene que ir”, recordaba Nietzsche. En el fondo se trataba de una situación similar a la que podíamos encontrar también en el ámbito universitario, donde cada disciplina aparecía dominada por un centro monolítico, alrededor del cual se encontraban una docena de prestigiosos departamentos cuyos profesores, por su notoriedad y la proliferación de fundaciones, revistas especializadas y prensa universitaria, controlaban el debate y la trayectoria profesional de los miembros de esa disciplina. Un universo incestuoso que consideraba al mundo exterior a él como incompetente y poco objetivo.
Por tanto, ahora parece apropiado reconsiderar el papel de los museos modernos en esta era de globalización y turismo. Pero al afrontar esta nueva situación, se ha optado por la salida más fácil. Los museos se han convertido en un espectáculo popular, son ahora centros turísticos y de mercado, y han abandonado el camino de la contemplación interior, la vía del conocimiento y la formación espiritual que, por encima de todo, es lo que da sentido a la práctica del arte. Siguiendo la tradición televisiva, se trata de atraer al público con exposiciones fáciles, de personajes famosos, como Picasso, Van Gogh o los impresionistas, organizadas sin demasiado criterio, pero con mucha fanfarria y expectación, colecciones que son enviadas de un lado a otro como mera mercancía, del mismo modo que también el público es tratado por volumen de espectadores.
Vemos cada vez más ese desdén por el público, que es también desdén por el arte y los artistas, cuando debería ser al contrario. En casi todos los museos importantes ha habido ampliaciones en los últimos tiempos, debido a la afluencia masiva de espectadores y al consumismo de obras de arte, lo cual no deja de ser una moda que probablemente irá remitiendo. Esto puede hacernos reflexionar sobre los museos espectáculo y generadores de expectación. Al fin y al cabo, lo importante de un museo no es que la gente vaya, sino que la gente vuelva.
Creo que la cultura clientelista en los museos, eso de asociar éxito con número de visitantes está tocando techo. Las colecciones no sólo deben mostrarse para exhibir gestión y dinero o para demostrar que uno ha sabido rodearse de nombres importantes, sino sobre todo para explicar porqué esos cuadros son importantes y en qué contexto se crearon.
Hoy el público sólo se entusiasma en función del aparato promocional. Igual que ocurre en México con el cuadro de la Virgen de Guadalupe, donde se hace pasar tanto a turistas como a devotos por una pasarela móvil para evitar una exposición demasiado prolongada a la obra, también en el Prado, según los estudios del propio museo, el espacio de tiempo que pasa cada visitante delante de un cuadro es nada menos que tres segundos de media, en este caso sin necesidad de pasarela, solamente en función del recorrido y la duración habitual de cada visita.
La opción de los museos académicos, con su función de custodia de obras frágiles, es una buena vía de partida frente a estos fenómenos masivos y de entretenimiento, pero comprendiendo que no es posible volver atrás y añadiendo un intercambio respetuoso, atractivo y crítico con el nuevo público acerca del pasado histórico de las obras, su contexto y su valor en el presente. Habría que ofrecer al espectador material suficiente para comprender qué estaba en juego, cómo se llegó a algunas soluciones y presentar argumentos sobre la importancia de las obras de arte. Los artistas no crean obras por diversión o sin razón alguna, ni pintan cuadros sólo para colgar de una pared o por motivos meramente decorativos.
Lo ideal sería, no que se multiplicaran los visitantes, sino que se mejorara la calidad de cada visita. Hay museos agotados porque han invertido toda su energía en realizar un programa de exposiciones temporales, algo que podría valer en el caso de museos de arte contemporáneo, pero no para museos clásicos o históricos como el Prado, porque entonces el Prado entraría en competencia contra sí mismo. En fin, ya veremos.


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Publicado por Garcilasso el dia 09 de enero de 2008.

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