TusTextos.com

"luna de Plata"

Capítulo I.- La ciudad de la furia.

Aquel era un día como cualquier otro, al menos para Erisell Valois, quien aún estaba muy lejos de comprender la inescrutable premonición de su destino. Apenas acababa de tender la ropa sobre el cordel y nada parecía haber cambiado en el mundo, el murmullo de la aldea, su aspecto de humilde desamparo, el viento cálido de la mañana, y el azul interminable del cielo.
Los Harû se habían asentado en Aym-Rihad desde hacía algún tiempo, huyendo del hambre, la discriminación, y la bárbara crueldad de sus enemigos. Aquella ciudad, Arlía no era muy grande, pero tenía el triste privilegio de ser una de las más peligrosas y mas aún para los que como Erisell, conocida entre los Harû con el nombre de “Jade”, compartían el estigma de ser considerados impuros.
Aquella joven de cabellos oscuros y ojos color avellana se detuvo poco antes de ingresar a la casa pues de repente, un ruido cercano despertó su curiosidad y la hizo regresar sobre sus pasos. En el traspatio, la ropa recién tendida yacía ahora en el suelo, y una pandilla de niños que apenas llegaban a los trece años apareció al borde de una de las cornisas que rodeaban la desprotegida pieza. No era la primera vez que las hordas de huérfanos desataban sin justificación alguna su incomprensible vandalismo; sucesos como ese eran muy comunes en los arrabales de la ciudad de la furia.
- ¿Porqué han hecho eso? - les increpó Erisell indignada -. Nosotros no nos metemos con ustedes.
Una niña rubia, de aproximadamente doce años era al parecer la lideresa del grupo pues fue ella la primera en tomar la palabra decididamente.
- Si nos entregas lo que queremos, no volveremos a molestarte – le dijo.
Erisell no entendió. Pero los demás niños no perdieron tiempo, y bajando del techo con ágiles saltos empezaron a desarmarlo todo.
- ¿Que hacen…? – gritó Erisell de nuevo, y su furia crecía ante aquella injusticia. Como muchas veces, cuando algo la alteraba súbitamente sintió de nuevo, dentro de sí misma aquella quemazón intensa que impregnaba cada uno de sus músculos y a la que tanto llegaba a temer por lo involuntaria que era, pero que en muy pocas circunstancias conseguía reprimir. Sin embargo, trató de serenarse como pudo pues lo que menos quería en aquellos momentos era perder el control sobre sus emociones y ser después ella misma la que más tuviera que lamentarlo.
- Entréganos al niño – demandó la niña de trenzas rubias cuya voz tenía por momentos el equívoco timbre de la de una mujer adulta- O destruiremos esta casa.
Erisell se fijó bien en ella, y acaso lo que mas le extrañó, por ser quizá lo único que la diferenciaba de sus demás compañeros fue la inquietante expresión de sus ojos verdegrises, despiadados y fríos como una cortante hoja de acero. Solían contarse terribles historias acerca de aquellas pandillas integradas en su mayoría por niños que apenas llegaban a la adolescencia; se decía que robaban para sobrevivir, que luchaban entre ellos por un territorio cada vez mas vulnerable y hasta que eran capaces de consumar los mas atroces crímenes, ya fuera para vengar antiguas afrentas y abusos, o por el simple placer de sentirse superiores. Para Fiona, la niña del cabello rubio, ésa había sido su realidad desde que podía recordarlo.
- No sé de que estas hablando –repuso Erisell sin ánimo de procurarse mas dificultades.
- ¿Ah no? Eso lo veremos –y esta vez el tono de Fiona se volvió desafiante-. ¡Gau, ya sabes que hacer!.
El niño aludido, y que parecía ser el mayor de todos ellos, llevaba un artilugio adherido a su antebrazo derecho, se trataba de un potente lanzallamas con el cual apuntó justo hacia la puerta que daba al interior de la casa, a sólo unos pasos de donde se hallaba la sorprendida Erisell.
Y la voz infantil de antes no tembló al pronunciar la bárbara orden.
- ¡Quémala!.
Erisell se estremeció, y temió no haber actuado a tiempo. Sin embargo, Gau no se movió, en realidad no podía hacerlo.
- No cometas ningún desatino –dijo de pronto una muy bien definida voz que parecía provenir también desde los altos-. Es a mí a quien quieres, pues aquí me tienes.
Erisell levantó la mirada entonces, y vio a otro niño de aproximadamente diez años, de pie sobre el ático que colindaba con el de su propia casa. Era rubio también, pero a diferencia de Fiona su expresión era apacible y sus brillantes ojos azules enmarcaban una mirada serena.
El aturdido Gau hacía sinceros esfuerzos por llevar su mano al antebrazo contrario y activar el dispositivo que soltaría el fuego hacia la humilde vivienda, pero una fuerza superior a su voluntad se lo impedía. El niño recién llegado tenía uno de sus brazos extendido también y la palma de la mano abierta en tensa inmovilidad con dirección a Gau. Al verlo no le fue difícil a Erisell comprender lo que estaba sucediendo.
- “Psicokinesis… -pensó para sus adentros-, sólo un mutante podría.”
En efecto, era precisamente aquel niño llamado Justin quien había sellado momentáneamente con su psicokinesis los movimientos del muchacho y despertado al mismo tiempo la incontenible belicosidad de Fiona.
- ¡Me las pagarás! –exclamó la niña saltando increíblemente desde el extremo donde se encontraba hasta el opuesto tomando por sorpresa a Justin quien al ser agredido resbaló sin poder evitarlo dejando libre a Gau de su influjo psíquico.
- Ahora es momento de que mueras, -le sentenció- ya nos has causado a todos suficientes dificultades. Arles me lo agradecerá.
Erisell vió espantada el destello siniestro en la mirada antes diáfana de aquella niña, dispuesta sin reparos a fulminar a su indefenso rehén. Pero fue sólo al observar que la mano de ella estaba como cargada de electricidad cuando Erisell comprendió que no podía perder más tiempo. De sobra sabia que los poderes de un mutante solían ser letales en cualquier circunstancia pues ella también compartía el privilegio o la desgracia de pertenecer a aquella misteriosa raza tantas veces maldecida. Si, también Erisell era una de ellos, pero hasta entonces había mantenido su condición en el más absoluto secreto, viviendo desde niña como un miembro más de la comunidad Harû.
Había pues una única manera de evitar que la taimada muchacha concretara su perverso propósito y de paso ahuyentar a aquellos vándalos de una vez por todas.
El impulso de Fiona quedó sin efecto apenas se distrajo cuando dos pequeñas esferas de energía incandescente provenientes de quien sabía donde detonaron muy cerca del lugar donde ella se encontraba desviando su atención y desatando el estupor del resto de la pandilla. Desconcertada, Fiona volvió el rostro hacia la joven de la aldea y alcanzo a ver, sin poder creerlo el resplandor intermitente que aún envolvía sus manos.
- ¡No puede ser…! –balbució sorprendida- ¿Acaso tú…?.
- Déjalo… –le ordenó Erisell-. Seas quien seas, no lo matarás aquí en mi casa.
Los demás pandilleros apretaron recelosamente las armas que traían entre las manos creyendo tal vez que su líder los obligaría a atacar a aquella mujer que ya no parecía tan inofensiva como al principio.
- ¡Apártense…! –les dijo Fiona con su voz firme y decidida-…yo me encargaré de ella.
Entonces bajó del ático dando un espectacular salto y quedó frente a Erisell quien ya empezaba a inquietarse por el rumbo que a partir de aquel momento empezaran a tomar los acontecimientos.
Sin vacilar ni por un instante, la niña extrajo rápidamente de entre sus ropas dos afiladas dagas que luego arrojó precipitadamente contra Erisell quien apenas si tuvo la lucidez necesaria para esquivarlas a tiempo. Las dagas quedaron incrustadas en las paredes laterales, pero increíblemente una fuerza desconocida que parecía actuar sobre ellas terminó por arrancarlas y conducirlas de regreso hasta las diestras manos de Fiona.
Justin, al ver que Erisell no se atrevía a atacar a su contrincante trató de persuadirla para que lo hiciera.
- ¡Atácala! –le dijo.
- No puedo hacerlo, es solo una niña igual que tú.
- Si no lo haces te matará –replicó Justin-. Si llega a tocarte, descargará su electricidad sobre tí. Ella es una mutante de nivel I, no dudará en hacerlo.
- No lo entiendes, yo nunca he hecho esto.
La niña lanzó de nuevo los puñales contra Erisell, pero al ver que ella no se decidía a atacar pues lo único que hasta el momento había hecho era evitar que le dieran alcance, los demás niños de la pandilla se aprestaron a intervenir en la contienda.
- Hagamos que esto se vuelva más entretenido -apuntó el muchacho del lanzallamas mientras los otros asintieron con malsana complacencia. Pero Justin estaba prevenido, y usó sus poderes de nuevo para proteger a su benefactora.
Gau y sus compañeros no lograron mover ni un solo músculo. Pero Erisell aún no se decidía. Estaba justo al lado del muro sobre el cual Justin observaba desde lo alto el repentino duelo. El insistió de nuevo, haciéndole ver el peligro en el que caería si no actuaba a tiempo.
- Tienes que atacarla, no le des la oportunidad de conseguir ventaja sobre tí. Si llegara a herirte com es su propósito créeme que lo lamentarás como no tienes idea.
- Puede ser que ella sea despiadada, pero al fin de cuentas es solo una niña.
- Nunca creas todo lo que ves –replicó Justin- Te puedo asegurar que ella no es ninguna niña.
- ¿A qué te refieres?
- En verdad tiene treinta y un años, y es una asesina… Ha matado y probado sangre humana, sin mostrar la más mínima compasión ni remordimiento. Aprovecha su apariencia infantil para conseguir todo lo que se propone, y ya han sido muchos los desprevenidos que han caído en esa trampa sin darse cuenta, y casi siempre ha sido para su desgracia. Es perversa como un demonio y no se detiene ante nada, además… ella también lleva la marca del “Abismo”.
Tal revelación dejó a Erisell más confundida de lo que ya estaba, y se preguntó una vez mas si hacía bien en involucrarse en un asunto que a lo mejor ni siquiera le convenía.
- ¿Qué te sucede mutante…? –arguyó la niña impaciente, fingiendo a propósito la misma voz infantil y exasperante que únicamente utilizaba cuando planeaba algo siniestro - ¿Te da miedo lastimarme…?
Y Justin ya empezaba a perder la paciencia. Además, el solo hecho de sellar los movimientos de varios individuos al mismo tiempo le había demandado un esfuerzo mucho mayor del previsto.
- Atácala de una vez, no podré detener a los otros por mucho tiempo.
Entonces, Erisell reaccionó, pues ya la furia y el temor parecían haberla colmado. Su cuerpo liberó una vez mas aquella energía pulverizante que una vez canalizada a través de sus manos adquiría la forma de brillantes e inestables esferas de plasma.
- No se quien demonios sean ustedes, pero ya es hora de que todo esto termine.
Erisell no quiso esperar más y tan pronto como pudo ver que Fiona se aprestaba a atacarla reiterativamente arrojó contra ella otro par de plasmoides incandescentes. Su desprevenida rival quiso retroceder al darse cuenta, pero fue demasiado tarde. Los potentes estallidos la levantaron del suelo empujándola en sentido contrario hasta hacer que se golpeara fuertemente contra uno de los sólidos muros de piedra.
Su cuerpo se deslizó blandamente tras haber dejado algunas grietas en la pared a causa de la colisión reciente; y al verla, hasta sus inmovilizados cómplices temieron que se hubiera lastimado seriamente.
Anonadada, y aún aturdida por el fuerte impacto, Fiona sentía un poco de dificultad para respirar como si algo estuviera obstruyendo su garganta. Un incontenible flujo de sangre escapó de ella entonces tiñéndole los labios y parte del mentón con un encendido tono carmesí. No creyó que las cosas empeoraran, mas cuando trató de moverse sintió que parte de sus músculos no obedecían a su voluntad como si se hallaran desarticulados del resto de su cuerpo; además de un persistente dolor a la altura del cuello que parecía intensificarse con el más mínimo de sus movimientos. Temió entonces no poder enfrentar a Erisell de nuevo. Solía tener dificultades cuando se trataba de mutantes de su mismo nivel, con los humanos, sin duda, era mucho más sencillo.
Pero lo que menos quería era verse humillada frente a todos ellos, por esa razón y apelando a toda la fuerza de la que era capaz a pesar de sus lesiones Fiona consiguió ponerse de pie, sin apartar la mirada de Justin y aquella mujer entrometida. De sobra conocía el verdadero alcance de sus habilidades, y ya la desventaja para ella y su pandilla era demasiado grande por lo que prefirió no reincidir más en el asedio. Al menos no en esa ocasión, ya viciada por su propio exceso de confianza.
En ese preciso momento, las fuerzas de Justin llegaron a su límite, y agotado tuvo que liberar a los demás niños de la inmovilidad con que los tenía sometidos.
- ¡Ahora váyanse…! –les dijo Erisell dando por terminado aquel desagradable incidente-. No quisiera volver a verlos de nuevo por esta aldea.
A pesar de su demudado aspecto, la niña sonrió con cierto sarcasmo, mientras sus compañeros aguardaban sin saber que más hacer, pese a lo confundidos que aún se sentían.
- Ten por seguro que no nos verás mas por tu aldea, mutante…-Y luego, levantando la mirada hacia Justin añadió- …En cuanto a ti, mas vale que estés preparado; si sobrevives esta vez alguien mas vendrá a buscarte, y te aseguro que no serán ningunos niños.
Haciendo un esfuerzo que sin duda en su condición le resultaría contraproducente, Fiona se elevó del suelo con la agilidad propia de un felino dispuesta a marcharse de aquel lugar cuanto antes. Sus cinco acompañantes no tardaron en imitarla, trepando a su vez por encima de los deslucidos muros de piedra. Poco después, el grupo desapareció rápidamente trastocando con sus frenéticos pero al mismo tiempo sigilosos saltos la solemne quietud de las desiertas azoteas.
El silencio creció tras el rumor de sus últimos pasos, pero duró sólo un breve instante. Y ni Erisell ni Justin tuvieron tiempo de dirigirse la palabra cuando un nuevo grito de desesperación y angustia irrumpió en la inestable serenidad del día.
-¡Ahí vienen…! ¡Los Nabblú…! ¡Los Nabblú…!
-“No puede ser…” -pensó Erisell.
Los Nabblú odiaban a los Harû, la casta a la cual pertenecía Erisell y su familia, y casi todos los habitantes de aquella aldea. En aquel momento, Justin descendió del muro dando un ágil salto a pesar de lo exhausto que estaba luego del sobre-esfuerzo mental al que se había sometido. Trastabilló sin poder evitarlo y se llevó luego la mano hacia el pecho como si en él sintiera un dolor súbito. De repente, algunas bombardas incandescentes cayeron cerca del lugar donde ellos estaban provocando violentos estallidos; y el fuego avanzó rápidamente mientras el fragor de una siniestra batalla crecía y los gritos de la gente se fueron intensificando.
- Debemos irnos –le dijo Erisell tomándole por el brazo.
El niño asintió.
Erisell fue por su tía y los hijos de ésta que eran las personas con quienes vivía desde que su madre murió. Pero ni ellos ni el resto de sus vecinos tuvieron tiempo para recoger nada; conocedores del odio insensato de los Nabblú solo atinaron a huir, y aún hubieron muchos que no lo consiguieron y cayeron bajo la furia inmisericorde del machete y del fuego.
Erisell buscó desesperadamente el rastro de sus parientes en medio de aquel infierno que parecía devorarlo todo a su paso, y cuando por fin los encontró, a un lado de la acequia que colindaba con la aldea, ya era por desgracia demasiado tarde para ellos.
Radha, la tía de Erisell estaba tendida sobre el suelo con el cráneo casi destrozado, mientras sus hijos, Salim y Jamal flotaban silenciosamente sobre las turbias aguas que ahora rebosaban de cadáveres Harû.
Horrorizada, Erisell avanzó hacia la infortunada mujer dejando atrás a Justin que se quedó contemplando por un momento la crueldad y contundencia de aquel sorpresivo y letal asalto.
Al acercarse a Radha, Erisell comprobó que ella aún vivía, pero se dio cuenta al instante de que no sería por mucho tiempo. Radha se alegró visiblemente al ver a su sobrina como si lo hubiera esperado, o luchado con todas sus fuerzas para no morir antes de poder decirle algunas palabras.
- No temas –le dijo Erisell-, te sacaré de aquí… Estarás bien…
- No… -murmuró la mujer, y su voz pareció quebrarse de repente- ya no tiene caso…, no sin ellos.
Erisell sabía que se refería a los niños, y sólo entonces comprendió que Radha ya había muerto desde mucho antes, sin duda desde el momento en que los vió perecer a ellos. Radha era una mujer joven aún, pero malamente marcada por los continuos padecimientos; se había hecho cargo de su sobrina luego de la prematura muerte de su hermana Neesha, y además había quedado viuda poco tiempo después del nacimiento de su segundo hijo, y tanto para ella como para Erisell y quizá para el resto de los Harû era imposible vivir sin que la sombra del infortunio asomara como certidumbre.
- Nuestros enemigos… -repuso la infortunada mujer con toda la voluntad de la que era capaz en medio de su agonía-, no descansarán hasta vernos destruídos, ése parece ser nuestro destino. Pero tú, Erisell, tú eres de otra estirpe…, nunca estuviste enferma, solo eres diferente. Cuando tu madre murió le prometí que cuidaría de tí y hasta ahora he cumplido mi promesa, pero tú nunca fuiste una de nosotros, y tu madre siempre lo supo. Quizá ahora haya llegado el momento de que uses el don que te ha sido concedido para encontrar tu propio camino. Debes irte Erisell, muy lejos de los Harû, adonde nuestra maldición no pueda alcanzarte.
- No puedo dejarte…
- Tampoco podrás llevarme… no te engañes más. Este mundo nunca fue un lugar seguro para nosotros, ni para los que son como tú; pero tu lugar está con ellos…, solo así sobrevivirás y una parte de nuestra casta sobrevivirá contigo. Por eso debes huir, huye lo mas lejos que puedas..., y no mires atrás…
Una sombra creciente empezaba a cubrir paulatinamente los ojos de Radha y el entorno se le hacía irreal y escurridizo y todo se trastocaba irremediablemente como en un absurdo sueño. Por eso, cuando Justin se acercó y ella pudo verlo por sobre el hombro de su sobrina, él se le figuró en sus últimos momentos como una aparición de otro mundo. Sintió que su hora había llegado pues un enervamiento glacial cimbró dolorosamente su ya débil y maltrecho cuerpo.
- Ve con él… -le dijo entonces como si desvariara-. Aquel niño de ojos azules parece un ángel, él es como tú… Y algo me dice que será tu ángel guardián de ahora en adelante.
Su voz y su vida se extinguieron casi al mismo tiempo mientras un desgarrador sollozo pareció ahogarse en la garganta de Erisell ante la certidumbre de haberse quedado completamente sola en el mundo. Ya nisiquiera podía abrazar a sus primos, pues sus frágiles cuerpos eran ahora arrastrados por el vaivén de las lentas pero persistentes aguas de la acequia.
“¡Si tan solo hubiera estado con ellos¡”, pensó. Por un momento deseó que todo hubiera sido un mal sueño, una pesadilla cruel, pero la realidad se acusaba tenazmente en todos los contornos del mundo, en la tierra arrasada, en los inmóviles cuerpos que ahora yacían sin vida en torno a ella, y hasta en su propia respiración cuyo rumor inundaba el sórdido silencio.
Erisell no terminaba de comprender el sentido de las últimas palabras de Radha y la increíble lucidez de su acierto; aunque tampoco tuvo demasiado tiempo para hacerlo, pues la consigna de los Nabblú era al parecer no dejar con vida a ninguno de los Harû.
El rumor de nuevas hordas que avanzaban sigilosamente a través de la siniestrada aldea no tardó en ser percibido por los privilegiados oídos de Justin.
- ¡Vuelven…¡ -dijo como si oteara el aire-, puedo sentirlos.
Sin embargo, la determinación de Erisell era como una velada sentencia de muerte.
- Pagarán por esto…
Justin se sobresaltó al escucharla y temió que sus deseos de venganza la llevaran a tomar una decisión equivocada.
- ¡Ahora no¡. -le amonestó, y tuvo que recurrir a toda su capacidad de persuasión y convencimiento para que ella por fin reaccionara y disipara un error que tal vez iba a terminar costándole muy caro- ¿Crees que podrás contra todos ellos? Los mutantes no somos inmortales…
- Al menos me defenderé… -repuso Erisell fingiendo una seguridad que estaba muy lejos de sentir.
- ¿De veras? ¿Y cómo? Ni siquiera sabes pelear, tuviste suerte con Fiona solo porque ella se confió, pero créeme, tener una habilidad superior no es ninguna ventaja cuando la temeridad sobrepasa a la sensatez. Si ellos te asesinan todo terminará contigo y nunca podrás vengarte, pero si sobrevives algún día serás mas fuerte y la oportunidad llegará cuando menos lo pienses.
Una parte de su propia conciencia parecía decirle exactamente lo mismo, pero su confusa mente aún divagaba en medio de la incertidumbre.
- Haz lo que ella te dijo –aseveró Justin en un ultimo intento por convencerla-, no traiciones su confianza…
La aldea de los Harû quedó reducida a un promontorio de escombros y ceniza, pero los escasos sobrevivientes alcanzaron el otro extremo de la ciudad ayudados tardíamente por la fuerza pública.
- Dicen que los conducirán hasta Lune –dijo Erisell quedamente mientras observaba el desplazamiento- a un campo de refugiados.
Era evidente que trataba de contener su indignación dentro de sí misma, y Justin lo sabía.
- ¿Que harás ahora? –le preguntó el niño.
- Lo necesario. Estoy en deuda contigo, aunque igual todo haya quedado destruído por culpa de esos asesinos, la intención es la que cuenta. Tal vez Radha tuvo razón en cuanto a lo último que me aconsejó.
No habían tenido oportunidad para hablar de lo sucedido, a pesar que a Erisell aún le intrigaban muchas cosas. Empezaron a caminar sin saber adónde, uno al lado del otro, en sentido opuesto a la caravana Harû.
- ¿Quién era ella? –preguntó Erisell de repente.
- ¿Te refieres a Fiona?
- Dices que no es una niña…
- No, no lo es –Justin hizo una breve pausa y luego continuó-. Se llama Fiona Altimore. Su enfermedad le ha dado ciertos beneficios, pero eso no la exime de ninguna culpa.
- ¿Y de dónde la conoces?
- Hace unos meses atacó a mis padres en Dafi. Mi padre aún está en el hospital por defenderme de ella. Temí que muriera. Desde entonces huí para que no los lastimaran.
- Pero, ¿porque te persigue? ¿Qué quiere ella de ti?
- Le encargaron asesinarme. La Cofradía del Abismo Negro le ha puesto precio a mi vida.
- ¿Y esos quiénes son?
- Son mutantes igual que nosotros, pero no de los buenos...
- Seguro que no. Ordenar la cacería de un niño de diez años deja muy en claro la clase de monstruos que son. Pero no te preocupes, aunque ahora ya no tenga a donde ir, estoy dispuesta a acompañarte hasta Dafi para que puedas reunirte con tus padres de nuevo.
Sin embargo, aquella idea pareció no agradar mucho a Justin.
- No –repuso con cierta frialdad-. Mejor iremos con Garth.
Erisell ya no sabía que pensar, pero en aquel momento todo le daba lo mismo.
- Es mi amigo -continuó Justin-, el único que tengo.
- ¿Prefieres ir con él y no con tus padres?.
- En realidad no son mis padres. Me adoptaron, y créeme que estarán en mayor riesgo si regreso con ellos a Dafi. Además, a ti también te conviene ir con Garth, él tiene armas, las necesitarás...
- ¿Armas para qué? -le refutó ella con notorio indiferencia-. No voy a ninguna guerra.
Erisell empezaba a perder la paciencia, aligeró sus pasos dejando un momento rezagado a Justin. Nunca estuvo acostumbrada a huir, al menos no de esa manera.
La comunidad mutante formaba un grupo aparte dentro de aquella intrincada sociedad agobiada por los perjuicios y la intolerancia. Algunos les temían, otros hasta los consideraban impuros, y no faltaban los que querían ver al mundo libre de ellos. Se decía que eran perseguidos sin tregua, cazados como bestias, asesinados sin contemplaciones, y que tanto el gobierno como la milicia mantenía al respecto el más absoluto secreto.
Sí, en aquel mundo había una guerra y como decía Justin era preciso prepararse para ella. Pero el arma mas letal estaba muy cerca, aunque Erisell Valois aun lo ignorara.

Harukastargazer17 de abril de 2012

Más de Harukastargazer