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Sparktown

Nunca sale el sol en Sparktown, esa pequeña ciudad al sur de Inglaterra. Sus habitantes ya no se preguntan porque está siempre nublado, es algo que dan por hecho. No hay explicacion científica, no cabe la lógica. El resto del mundo parece ignorar la peculiaridad de este pueblo, nadie quiere investigar más de lo debido. Tampoco gusta que Sparktown aparezca en los medios así que cuando algo ocurre allí, el periodista que va a cubrirlo tiene un accidente, o cuando se hacen los estudios estadísticos se olvidan de la ciudad por algun error de imprenta. Es una ciudad tranquila, demasiado tranquila quizás, donde la falta de luz y de alegría son una constante. Sus gentes son personas apagadas, sin interes aparente en nada. Sus calles nunca se decoran, no tienen desfiles ni festivales, se trata de una ciudad completamente gris. A nadie le gusta decir que es de allí, y muchos han sido los que se han marchado sin dejar rastro.

Lo que hizo de Sparktown una ciudad famosa en su tiempo es el manicomio que se erige en una de sus colindantes montañas. En los malos tiempos, los tiempos de hambrunas, de revoluciones, de protestas, de matanzas o similares, los locos más locos, aquellos que parecían no tener cura se mandaban a Sparktown. Allí se volvían mansos y dóciles, como si algo del entorno les adormeciera, para poco más tarde morir. Muchos se preguntaban como podía estar tan lleno el manicomio si cada dos por tres fallecía uno de los que allí se encontraban. Aún así, era un manicomio con muy buena fama, que se decía tenía métodos para curar las enfermedades mentales más horripilantes. Por ello, cada año llegaban nuevos inquilinos a aquella antigua institución, para reemplazar a los que ya no estaban. La gente de la ciudad tenía infinidad de historias y leyendas que tenían que ver con los locos, frases hechas, los sentían como propios. A los niños, si no querían dormirse, se les decía "Si no te duermes acabaras en la casa de los locos", frase que aterrorizaba a cualquier niño local y le hacía poner todos su esfuerzos en dormir.



-Este sitio parece un poco triste, no?- dijo una chica que se acababa de mudar allí, que como tantas otras que habían llegado por algun negativo designio del destino estaba amedrentada por lo siniestro y meláncólico del lugar. El piso en el que estaba era bastante espacioso, pero la iluminación era bastante pobre, y como todo estaba bastante vacío, daba la sensación de ser un sitio muerto. La chica se instaló en su cuarto y deshizo la maleta lentamente. Había una especie de frío perenne en la misma, así que se puso otro jersey, lo que le alivió momentaneamente. Seguía lloviendo ahí fuera, su sonido retumbaba en el techo y en las ventanas. Aquella misma mañana estaba en su ciudad, que conocía como la palma de su mano, y unas pocas horas después estaba en el fin del mundo.

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Jessica había sido rubia. En sus buenos tiempos, Jessica era rubia. Pero ahora ya no le veía ningun sentido. Ella se tragaba esas películas americanas que los adolescentes solían ver y siempre se sentía identificada con la chica popular. Ella era rubia, tenía un cuerpo de escándalo y era la jefa de las animadoras, era superficial y frívola, su mayor problema era que el pintauñas no le hacía juego con el bolso...Pero aquello nunca sirvió de nada. Al contrario que en las peliculas a Jessica no le miraban por el pasillo. Los chicos no flirteaban con ella, y no tenía un séquito de chicas dispuestas a hacer lo que fuera por ella simplemente para que las vieran en su compañía. No entendía que había salido mal, era la perfecta niña bien, sus padres tenían dinero, era ligeramente conservadora, pero no le importaba emborrracharse en una fiesta, le gustaba conocer a gente nueva, y, por supuesto, quería perder la virginidad lo antes posible. Era genial, era perfecta, estaba enterada de las últimas tendencias en ropa, conocía un millón de trucos de belleza, tenía un generoso escote que le gustaba enseñar y sabía diez juegos de beber distintos.

Pero esas cosas no importaban en Sparktown. Allí nunca salía el sol, por lo que su rubia cabellera no podía brillar con sus rayos. A nadie le importaba que ella fuera animadora, eso no era guay, como debía serlo en todos los institutos de los estados unidos. Allí nada era guay. Sólo había actividades a las que iba más gente y actividades a las que iba menos gente. El club en el que más gente había era el de poesía, y en las animadoras a duras penas cubrían el equipo. Se suponía que todas las chicas querían ser animadoras, pero allí nadie se sentía con ganas de animar. Los chicos no le miraban, porque no buscaban un bonito cuerpo para saciar sus apetitos carnales, sino alguien con quien poder vacíar sus corazones llenos de miserias y agonías, para que, al final, al sentirse tan comprendidos despues de haber sido largamente incomprendidos pudieran culminar su complementación de un modo físico. Aquellos chicos no eran normales, se decía Jessica, pero la realidad de todos los días le decía lo contrario. Encontraba un poco de consuelo en los filmes y las series que veía, pero poco a poco se fue desmoronando.

Las cosas dejaron de tener sentido y lo primero que cayó fue la ropa. Como hemos dicho, la chica siempre llevaba lo último que había salido en las tiendas, pero cada vez le gustaban más los trapitos negros que veía a sus compañeros de clase. Poco a poco, su ropa se fue volviendo más oscura, y ese sólo fue el primer paso. Los días que estaba deprimida, los éxitos musicales del momento le molestaban, así que empezo a escuchar rock gótico, y las revistas de moda no le entretenían, por lo que empezó a leer literatura del romanticismo, donde la heroína de la historia se suicidaba en medio de una oscura tempestad. Sus salidas a discotecas fueron decreciendo progresivamente, y llego un momento en el que pasaba de conocer a gente nueva y se dejó llevar por la corriente depresiva que predominaba en el lugar.

Todo cambió por completo cuando conoció a sus nuevos amigos. Tras una adolescencia siendo una chica agradable y sociable pero no encajando en ninguna parte, por fin encontró alguien que realmente la comprendía y la entendía. Lo que siempre había querido, tener a alguien con quien hablar, alguien que le hiciera compañía, se había hecho realidad. Todo lo demás daba igual, eso era lo importante. Estaba a gusto con ellos, podía hablar de cualquier cosa, se reía, sentía que por fin, de una vez por todas, encajaba. Ya no estaba sola. El día que se entregó por completo a su nueva faceta, fue a ver a sus amigos, que se encontraban donde solían estar, formando una melancólica escena hundidos en sus pensamientos.

-Chicos,¿os gusta?- dijo la jóven como saludo, esperando ansiosamente una respuesta afirmativa.

-Jess... ya no eres rubia...¿Por qué?- preguntó en una voz que era casi un susurro la esbelta Juliette.

-No sé, sentía que ya no tenía sentido ser rubia, me miraba en el espejo y sentía que ese pelo no tenía nada que ver conmigo, era una sensación muy desagradable. El negro me gusta mucho más, me hace sentir yo misma.- Respondió Jessica, feliz y aliviada de poder expresar aquellos pensamientos que tanto habían atormentado su pequeña cabeza. ¡Era maravilloso tener alguien a quien contar aquellas cosas!

-Te queda precioso, pareces una actriz del romanticismo del XIX.- comentó James, con una ligera sonrisa.- Y si a ti te hace más feliz, ya sabes que a nosotros también. Los demás pueden decir lo que quieran, te pueden juzgar por tu aspecto, pero ya sabes que esa sonrisa que portas te hace la más bella del lugar.

Jessica se ruborizó intensamente y sonrió, repitiendo aquellas dulces palabras en su cabeza...Qué dulzura de chico, siempre sabía como hacer sentir bien a una. Aún así, el jóven tenía un problema grave consigo mismo, y aquella falta de confianza le había traído problemas en su breve pero intensa vida.

-Sí, cielo, yo también me alegro, se te ve más alegre y descansada, más tranquila. ¿Vamos a dar de comer a los peces del parque?-

Juliette era la chica de los planes, la que siempre sabía que hacer. Eran planes solitarios, en los que solo participaban ellos tres, que solían evitar al resto de los habitantes del pueblo, pero que les daban la oportunidad de debatir los distintos aspectos de la vida, la existencia, la transcendencia, el mundo, la muerte. Aquel día se divirtieron en el vacío parque, donde solo encontraron un par de personas llorando. La tarde se pasó volando, y pronto los amigos se tuvieron que despedir, no sin antes prometer que se verían al día siguiente. Jessica se vio en el reflejo de un escaparate y sonrió ligeramente. Aquella tarde sus amigos le habían dicho varias veces lo bien que le quedaba aquel estilo. Por fin era ella, era quien quería ser, se sentía especial, y por fin, no estaba sola. Las cosas le iban bien, y se sentía a gusto en su cuerpo.

Desgraciadamente, esto no parecía hacer igualmente felices a sus padres, a quienes no les había agradado en lo más mínimo el cambio. Como tantos otros padres, los señores Smithson estaban absolutamente seguros de que su educación había sido excelente, y que los únicos culpables de aquel cambio eran los nuevos amigos de su hija, a quienes tenían en muy baja estima. Aquella tarde, cuando su querida Jessica volvió de la calle, de haber estado con esos indeseables que tanto mal le habían hecho, y con aquella melena azabache que borraba toda seña de sus raíces, la Señora Smithson no dejó de suspirar. Ya no reconocía a su hija, a la pequeña rubia que estaba llena de vida, luz, color y brillo. La miró de arriba a abajo y dijo:

- Jessica, corazón, ¿por qué te has hecho eso en el pelo? Con lo guapa que eras cuando no parecías un muerto....

- Piensa lo que quieras, mamá, me trae sin cuidado. Además, a mis amigos les ha gustado mucho.- Jessica era una chica altiva y ligermente arrogante, y a ella nadie le decía cosas que no quería oír.

- Como quieras, cielo, pero recuerda lo estupendo que te queda tu color natural, ¿vale? Por cierto, hoy para cenar tenemos tu plato preferido.- La señora se volvió más dulce y amable, no le gustaba que la niña se enfadara.

- Ummmm....-

- Oye, ¿te importaría recordarme el nombre de tus amigos?-

- James y Juliette, mamá, te lo he dicho unas mil veces.- dijo la adolescente mientras se dirigía a la cocina.

- ¿Y no sabrás sus apellidos?- prosiguió la señora Smithson, que tenía muchas ganas de hablar con los padres de aquella chusma.

-Sí, son James Dickins y Juliete...es Slawkova. ¿Por qué?-

-Nada, sólo por curiosidad.

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Al día siguiente, mientras sus padres estaban fuera trabajando, Jessica invitó a sus amigos a su casa, y los tres juntos vieron una película que transcurría en un instituto, de esas que tenía Jess un montón. Ahora con quien más se identificaba era con el marginado, un chico pálido amante de la literatura. Incluso habiendo un rarito en la película, era un chaval bastante normal. James y Juliette, por ejemplo, eran mil veces más pálidos que el muchacho, y, aparte de eso, el raro anhelaba ser popular, un deseo ausente en la mayor parte de la juventud de Sparktown. Poco después del fin del filme los muchachos se marcharon, ya que Jessica estaba temerosa de que si sus padres volvieran les dijeran algo malo. Se despidieron como todos los días, pero esta vez Juliette y James agradecieron a la antes rubia su amistad, ya que se les hacía muy díficil socializarse, y ella les había aceptado sin prejuicios.

Poco después de la marcha de los chicos, los padres de Jessica llegaron con cara de gravedad y seriedad, como si les hubieran dado una mala noticia. Le pidieron a su hija que se sentara con ellos en el sofá de su salón sin dejar de mirarla ni un momento. Aquellas miradas impacientaban a la chica.

- ¿Qué?- preguntó, confusa.

- Cariño, nos has mentido, y sabes que eso no lo toleramos. Dinos ahora mismo los verdaderos nombres de tus amigos. Y nada de trucos, no más mentiras.

- Ya os los dije, no os mentí, yo nunca miento, son James Di...- pero la chica fue interrumpida por su madre, que parecía histérica.

- ¡Jessica, James Dickins y Juliette Slawkova están muertos!-

-¿Y?- dijo Jessica. Su padre le miró, confuso.

- Cariño, ¿no será alguien que está usando sus nombres? No deberías fiarte de gente que no te revela su propio nombre.

-¡Pero son ellos!- dijo Jessica, incrédula- Mira, James es alto, muy delgado, tiene el pelo negro, los ojos color azul aguamarina, igual que tu corbata, las pestañas muy largas y una cicatriz en la mejilla derecha que siempre se intenta maquillar. Y Juliette es bajita y delgadita, muy rubia, pero siempre se queja de que su pelo tiene poco volumen, y le falta un dedo de la mano derecha porque tuvo un accidente de pequeña, con tres años.

Los padres de la jóven se quedaron de piedra. Habían estado en casa de los Dickins y los Slawkova, y los que allí vivían les habían enseñado fotos de los muchachos antes de que fallecieran que coincidían a la perfección con la descripción de su hija. Lo lógico sería que Jessica les hubiera conocido antesd de su muerte, pero eso imposible ya que tanto Dickins como Slawkova perecieron años antes de que su Jessie naciera. Los señores Smithson intentaron digerir la noticia, mientras un halo de angustia les invadía. Fuera llovía, como tan habitual era en Sparktown y la madre de la chica se preguntó si viviendo en otra ciudad habrían conseguido ser felices.

-¡Pero están muertos, Jessica, no están vivos!- gritó su padre.

- Ya, papá, por eso no quedamos para ir al McDonald's, porque los muertos no pueden comer, y por eso suelen ir vestidos igual, porque a los muertos no se les vende ropa. Vuelvo a repetir,sí, están muertos, ¿y?-

- Hija, ¿has perdido la razón? No puedes ser amiga de gente que está muerta....Es inconcebible...

- ¿Por qué no? Son mis amigos, me entienden, me hacen sentir mejor, y siempre fueron sinceros conmigo, me lo dijeron cuando nos conocimos, pero a mí no me importa, ¿vale?

Aquello fue la gota que colmó el vaso. La señora Smithson se echó a llorar poque su hija se había vuelto loca, y el señor Smithson se llevó las manos a la cabeza, preguntándose por qué les había ocurrido algo así, porque su querida hija, que era tan normal y lo había tenido todo en la vida, de repente había perdido el juicio y se había creido que salía con gente que estaba muerta. Pero los padres de Jessica sabían que estaban muy muertos.Habían estado con los Dickins, que eran una familia devastada por el suicidio hacía casi veinte años de James, del que tenían fotos por toda la casa. "Es para no olvidarle" les había dicho su madre con la voz rota por el dolor. Era un chico alto, delgado y con los ojos azul aguamarina, "del color de su corbata, señor". La familia de Juliette simplemente les había pedido que no removieran viejos fantasmas. Juliette sólo contaba con 14 años cuando murió de leucemia, fue un golpe que todos querían olvidar. Aquello era una pesadilla, sólo podía ser eso.

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Jessica no tardó en ser internada en el manicomio de Sparktown. Gracias al dinero de los Smithson, la chica no tuvo que aguardar a que quedara una vacante o alguna lista despera. El equipo de psiquiatras del manicomio se quedó bastante impresionado con su caso, aquella era una muchacha completamente normal y lúcida, si no fuera por el problema de sus amigos muertos. Le diagnosticaron alucinaciones y la internaron en una amplia habitación blanca. Poco a poco se fue habituando a las rutinas del manicomio y tras varios días allí, sin noticias de sus amigos y siendo sometida a un estricto tratamiento consistente en diferentes medicamentos, la jóven empezó a creer que quizá era verdad que sus amigos eran alucinaciones y que nunca habló con ellos.

El día 19 de su internamiento se convenció de ello, y lo dijo en alto:

- James y Juliette murieron y nunca volvieron, yo nunca he estado con ellos.

En aquel momento, Jessica sintió que algo se movía, que algo entraba, que algo pasaba.

-No digas eso ni en broma.- dijo una voz bajita que era casi un susurro.

Allí estaban, James y Juliette, en su habitación, contemplándole como siempre.

- Sentimos no haber venido antes, Jess, pero no sabíamos que estabas aquí. Simplemente pensamos que quizá no querías vernos más...- murmuró James, con su tristeza característica- Pero sigues siendo nuestra amiga, ¿verdad?-

- ¡Claro que sí!- dijo Jessica, alegre de nuevo- ¡Os he echado de menos!

Tras este reencuentro los chicos se solían encontrar a menudo en aquella habitación y hablaban de sus cosas. Jessica sabía que si decía que sus amigos eran alucinaciones la sacarían de allí, pero ella nunca mentía, y le parecía injusto decir que sus amigos no existían. En el manicomonio charlaban de todo, y Jess fue entendiendo Sparktown poco a poco. Las apariciones de los seres queridos fallecidos eran lo que volvían a tanta gente loca, y lo que incitaba al suicidio a muchos otros. Era por su causa que allí nunca saliera el sol, pues no les gustaba su brillo y calor, ya que les recordaba la vida que habían perdido. Los chicos también les explicaron por qué en el manicomio había tantas muertes: algunos de los muertos, aburridos, se dedicaban a incitar a los que no tenían nada que perder a que lo hicieran, diciéndoles que la muerte no era mala, para así divertirse.

James y Juliette, por su parte, animaron a Jessica a que siguiera viviendo, ya que estar presente tras la muerte era algo antinnatural y nada deseable y continuaron visitando a su amiga, internamente fascinados por lo bien que se tomaba la chica el hecho de que sus mejores amigos no estaban vivos. James solía decir:

-¡Si que está loco este pueblo si encierra en el manicomio a la persona más cuerda que lo habita!

Y tenía razón.

Sparktown era un pueblo que estaba loco.

Sparktown era un pueblo donde nunca salía el sol.

Sparktown era un pueblo muerto, y aún así vivo.







Iceelektra27 de diciembre de 2007

1 Comentarios

  • Encuentador

    Curiosa historia. Logras que uno se vaya metiendo en el pueblo y en la vida de la familia de Jessica. Me parecio un poco corta la conversación. ¿Quizás un poquito más de intriga?...
    ¿Habrá Sparktown en muchas ciudades?...

    27/12/07 02:12

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