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Gris y Azul.

Amanecíamos en portales. La luz nueva y pura se reflejaba en las irregularidades del suelo viejo y sucio. El aire seguía húmedo y gris: nubes de tormenta y tabaco, olor a marihuana, piedra, lluvia y plata.
Yo había nacido en aquella ciudad de niebla y musgo. Y por eso no quería volver a casa. La misma casa que me había visto crecer. Sus paredes me miraban extrañadas convertirme en otra persona, mientras las palabras y el olor de mi madre me recordaban quién debería ser.

Es extraño ver el futuro hecho presente y pasado, y que nada haya cambiado. Al mismo tiempo, eso lo cambia todo (‘¿Y mis planes? ’).

A mi lado, el chico de ojos azules miraba el cigarro de su mano con el ceño fruncido. Resoplaba, se recostaba, se volvía a incorporar, y volvía a mirar extrañado como la columna de ceniza se erguía entre sus dedos.

Así que estábamos borrachos, rodeados de agua y humo. Y a mí me hacía sentir bien. Sí, bien. Sentía, por aquel entonces, una fuerte atracción hacia todo lo decadente, lo feo, lo prohibido, lo oscuro.
No me avergüenza ni preocupa en exceso. Creo que hay un poco de esa atracción en todos los seres humanos, o por lo menos en la mediocridad en la que yo he vivido. Todos nos sentimos llamados hacia ese mundo, ese ‘otro’ mundo del que hablaba Hesse en su novela. Todos nos sentimos fascinados ante aquellas cosas que se nos han enseñado como malas. Nos acercamos cuando alguien anuncia una pelea, pensamos a escondidas en las posibilidades más inmorales del sexo, encontramos placer en los excesos, en la sensación de descontrol, y en última instancia, en la autodestrucción.

Aquella mañana yo comprendía eso y lo sentía mío. Me preguntaba por qué yo era yo, y por qué pensaba lo que pensaba. Intentaba discernir, de una vez por todas, lo que era verdadero en mí, si es que había algo. Y todo lo que hallaba era dualidad. Contraste y contradicción. Como los dos mundos, como la realidad y la ficción, como mi voz y el pulso de mi mente.

Pasaría tiempo hasta que aprendí a aceptar el punto medio. Hasta que aprendí a vivir entre la comodidad que me mantenía cuerda y la decadencia que me acogía entera, y me inspiraba. Las medias verdades, el silencio ahogado.
Así que, de momento, me dejaba llevar por los devenires del tiempo, por las situaciones que me brindaba la casualidad.

Inanna10 de noviembre de 2015
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vida juventud

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1 Comentarios

  • Voltereta

    Tu narrativa es tan buena o mejor que tu poesía, está llena de las realidades del mundo cotidiano y con una vision descrptiva pormenorizada del interior de uno mismo.

    Sobre el texto, he de decirte que me parece una etapa por la que hemos pasado casi todos, que no es otra que la exploración del mundo, en la que intentamos llegar a un puerto donde nos sintamos seguros, después de atravesar un océano de tempestades y de calma chicha.

    Sigue siendo un placer leerte.

    Un saludo.

    20/12/15 10:12

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