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El Vampiro Pobre (4)

Vlad había salido esa noche de presagios tan variados que giraban en su conciencia. Anunciaba tormenta la opaca luna llena, los rayos quebraban horizonte y oscuridad. Entró directamente a la centenaria iglesia por la puerta posterior, la de la sacristía que estaba sin seguro, filtrándose junto con viento y hojarasca. Respiró un aire austero con olor a cera de velas, los destellos vaporosos de 2 candelabros esparcían largas sombras, desde el fondo surgían rumores de voces apagadas, era el fraile y el joven Antonio, el sacristán.

Sin ruido alguno, se presentó. Ambos sobresaltados, se impresionaron de la intachable presencia.
Antes, la de un espectro olvidado, ahora totalmente diferente: Vlad lucía desde cada negro cabello en su lugar con una magnificencia que parecía una aureola. La majestuosidad aumentaba con la capa de terciopelo recubierta en su revés con seda púrpura, camisa de cuello alto almidonado, corbata de lazos, chaleco, pantalón de filo impecable y zapatos de brillante charol adornados con hebillas cromadas, todo en negro profundo excepto la blanca camisa y el interior de la capa.

Ese atuendo tan maravilloso que le devolvió su pretérita nobleza, lo había tomado “prestado” de la utilería del teatro Ateneo, el de mayor prestigio de la provincia, tantos buenos actores locales y de nivel internacional, por sus tablas pasaron...

No fue fácil, el vigilante nocturno se percató y se origino un forcejeo donde la peor parte la llevó el guardia, por el formidable empujón que le dio Vlad, golpeándose la cabeza con la puerta, cayendo desmayado y de inmediato, un curso de sangre le nació de la barbilla, aquello lo inquietó como vampiro al fin, sentía remoto rasgo del humano heroico que siglos atrás fue, hoy no terminaba de aceptar que es un no muerto. Así, en esa lucha con la razón, no resistió, se inclinó sobre el vigilante, abriendo la boca desmesurada, le sobresalieron los colmillos y con intención de clavarlos en el cuello, no sin esfuerzo, se limitó a lamer la sangre que manaba; lo hacía con apremio, febril, saboreando con deleite. Su piel algo ajada, se llenó de hermosas carnes...-Debo ir presentable, la ocasión lo amerita- se había dicho.

Voy a beber la sangre del que tanto he escuchado hablar: Jesús. De esa manera tajante, resuelta y osado, abrió la conversación, sacando de lo retraído al cura y al muchacho, que no cesaban de contemplarlo, como hipnotizados. Vlad traspasaba sus mentes percibiendo sus pensamientos más íntimos. Sentía un dominio que renacía, olvidado en la bruma del tiempo en Transilvania.

Destapando una botella de vino, el sonido del corcho expulsado unido a un rayo y trueno consiguiente, animó el comienzo de la pernoctada. Afuera los embates de la naturaleza sobrecogían, rugían vientos arremolinados y agua, con inusitada furia.
Transcurrido un par de horas de conversación, se escuchó, confundido con la borrasca, que alguien tocaba quedamente a la puerta de la sacristía.
El padre Emmanuel enmarcó la cejas... decidió abrir con cierto recelo.

Lamentable el cuadro que presentaba ella; conmovió al sacerdote, era Lilibet, la quinceañera hija de Samuel.
Envuelta en ropas totalmente mojadas y enlodadas, presentaba numerosos rasguños en las piernas, los jirones del vestido los dejaban al descubierto, las manos también presentaban heridas, sangrando profusamente.

¡Emmanuel! -gimió algo irreverente- mi padre está grave, delira con fiebre muy alta, no encontré un alma en el camino al hospital, pensando luego en ti. ¡Fue un trayecto infernal estos 5 kilómetros! -dijo, llorando desconsolada.

¡Vlad, Antonio! cuiden de la chica, voy de inmediato a atender a Samuel. Montó en su presto caballo y partió entre la cerrada noche ya sin luna, bajo los poderosos fulgores del caos celestial que se cernía sobre la tierra, iluminando brevemente el tortuoso camino... Los negros y profundos ojos de Vlad también se iluminaron, tornándose tenebrosos... Eran otros...
Indigo07 de noviembre de 2011

8 Comentarios

  • Anatema

    No me diga... Pusieron al zorro a cuidar gallinas... Me esta gustando, ojo con dejarlo a medio camino, quiero leer pronto el resto.

    Besos.

    07/11/11 04:11

  • Danae

    Ay, esperaba esta nueva entrega, Indigo. Creas esa atmósfera lúgubre en medio de un humor cáustico a veces, lúdico, otras, y tierno en muchas ocasiones.
    Lúgubres sonrisas me provocas, amigo.
    Un enorme abrazo vampiresco.

    07/11/11 09:11

  • Indigo

    Un nuevo ingrediente para el suspenso jejeje, y el príncipe renovado, sumamente feliz. Te puedo adelanta un poco más si conectas el g-talk ¿Está fallando?
    Un cuidadoso beso.

    08/11/11 03:11

  • Indigo

    Danae, placentero de que me esperabas de nuevo bajo la luna. Como explicaba a una amiga de aquí, consideraba temerario escribir largo y tendido. Es una tentativa el elaborar estos escritos, soy algo corto en mi expresar, no obstante, siento que puedo continuar alargando más. Hace un par de años me costaba hasta la idea de realizar esto.

    Aparta los incisivos... a ver...muaaa.

    08/11/11 03:11

  • Serge

    Indigo:
    Pobre niña ha caido en las manos del lobo.
    Me encanta tu forma de relatar.

    Un gusto leerte.

    Serge.

    08/11/11 10:11

  • Macabru

    Me suscribo, quiero más

    08/11/11 11:11

  • Indigo

    ¡Serge!
    Que descuidado el padre Emmanuel y yo, al dejar al solícito vampiro tan cerca de ese lindo bombón jeje.
    La saga variando en crecendo, hay que darle ventaja a Vlad.
    Gracias amigo por lo consecuente.

    09/11/11 03:11

  • Indigo

    Macabru tus sombríos deseos serán saciados, jejeje,
    Saludos cariñosos.

    09/11/11 03:11

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