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Tarde de Cine

Me senté en la sala de cine sin demasiado interés ni expectación, como me había sentado cientos de veces en ya no sé si cientos de salas o alguna menos, las palomitas a la izquierda y la coca-cola a la derecha, dispuesto a pasar un rato de esparcimiento y evasión viendo el último thriller producto de la factoría Hollywood, guión más o menos previsible, actores embutidos en la corrección que no consigue transmitirte la emoción que deberían, imágenes grandilocuentes que por enésima vez hacían cumplir aquello que había leído no sé dónde del signo del siglo XXI: "primorosos envoltorios que no contienen nada". Todo comenzó con unos imaginativos títulos de crédito que se formaban partiendo de imágenes estáticas del espacio, ahora una nebulosa se transformaba poco a poco en el nombre del actor protagonista, después una galaxia en espiral estallaba para contraerse de nuevo en el nombre del director de casting, un fino trabajo de los informáticos de los estudios de efectos especiales de turno. La verdad es que el director hacía concebir esperanzas: dos "oscars" (merecidos ambos, he de decir), críticos entusiasmados cercanos al orgasmo con cada una de sus películas en la última década, espectadores de todo tipo de culturas y gustos alabándolo sin cesar en los círculos más selectos y también en los más prosaicos, multitud de premios en multitud de festivales de multitud de países. Pero como sucede en la vida una y otra vez, se había vendido al gigante americano, tentado por la efigie del presidente George Washington impresa en papel bancario y multiplicada por varios cientos de miles o incluso millones. La película prometía, pero por alguna razón no consiguió llamar mi atención ni excitarme antes de verla como lo habían conseguido otras, probablemente fuera que me estaba haciendo viejo y ya no conservaba la intensidad de los sentimientos que siempre me habían empujado una y otra vez a las salas de cine, desde las modernas con su hueco para la bebida a derecha e izquierda, sus mullidas butacas separadas de la fila delantera lo suficiente como para que Yao Ming estire las piernas, sus pantallas cuya superficie triplicaba la de mi propia casa, su sonido THX o Dolby Surround o cualquier otro sistema que te hacía escuchar vacas en derredor como si de una feria de ganado se tratase, hasta las más desvencijadas filmotecas, de asientos raídos y respaldos de madera, de rodillas encajadas contra la butaca delantera y de intelectuales chistando ante cualquier expresión sonora ajena a la proyección que invadiera sus tímpanos, aunque de la pantalla brotara un ruido ensordecedor.

Todo empezó con esos planos grandilocuentes que tanto detestaba, pero que esta vez consiguieron depositarse en la parte receptiva y positiva de mi conciencia crítica. He de reconocer que la presentación de los personajes y de su apurada situación estaba elaborada con maestría, incluso hubo un momento de la película en el que realmente me importaba lo que les fuera a suceder a los protagonistas de la historia, lo cual me sorprendió gratamente. Pero nada que ver con lo que ocurrió inmediatamente después del momento más álgido de la película, próximo al final, al que el adorado director noruego nos había conducido con la maestría que le caracterizaba, aumentando poco a poco la tensión, dejándonos sentir cada vez más el corazón acelerarse, con la palomita en la mano, la boca entreabierta esperando la resolución de ese instante sin ser capaces de introducirla en la boca, con los cinco sentidos y todas las neuronas disponibles pendientes de la escena. En ese momento, la luz de la pantalla comenzó a invadir la sala de forma envolvente, dejándose sentir a izquierda y derecha, sentí como si estuviera atravesando una nebulosa iridiscente, sumido en una sensación de inmovilidad que, lejos de agobiarme, me relajó como no podrían haberme relajado 50 sesiones de masaje en un balneario. Tuve incluso la sensación de que la butaca despegaba del suelo, tan absorto como estaba en las imágenes que se estrellaban contra mis retinas. De pronto pareció que la pantalla se alejaba bruscamente y comenzaba a acercarse suavemente, parpadeando su luz intermitente reflejada en mi rostro, creando la sensación de que viajaba hacia ella inexorablemente. Sin duda, aquella era la mejor película que había visto en toda mi vida.

El film recibió las habituales críticas entusiastas por parte de todos los medios de los cuatro confines del mundo, y resultó un éxito de taquilla sin precedentes, sobre todo tras el morbo que provocó la difusión de la noticia de que en la sala 7 del complejo de multicines Film-On de Albacete, España, un espectador flanqueado por un cubo de palomitas y una coca-cola a medio consumir, había fallecido en el momento de mayor tensión de la película a causa de un infarto de miocardio.
Insignificant27 de agosto de 2008
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cine cuento

1 Comentarios

  • Mejorana

    Qu? triste fin para el acabar de una pel?cula forrada de d?lares.
    No eres tan Insignificant.

    27/08/08 06:08

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