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Desvaríos Galácticos: un Relato de Ittai y Stochastic

Ante él se halla la puerta de la cafetería. Dios, qué ganas de probar unas tortitas.
Suena un poco ridículo, como aquel asunto de los suicidios lunares que resolvieron abriendo un McDonald's, debe ser que en el fondo somos animales de costumbres.
Se ha convertido en una especie de ritual, una de esas cosas como los regalos de navidad. Cuando uno llega a Marte, lo primero que tiene que hacer es probar las famosas tortitas.
Abre la puerta de cristal y entra con expectación. Se sienta en una de las mesas junto a la ventana. La verdad es que en el fondo esperaba que hubiese unos de esos sillones rojos típicos americanos con costuras, pero qué diablos, una silla de plástico tampoco está tan mal, lo que cuenta es la comida.
Detrás de la barra hay una camarera rubia, con aspecto de chica adolescente. Es sorprendente el tirón que tiene el pelo rubio por todo el sistema solar. Hace un par de siglos no paraban de decir cosas como "...el último rubio nacerá en Finlandia dentro de 200 años...". Ya, como si los blancos ricos fuesen a permitir que sus preciosas hijitas de ojos azules no tuviesen esas preciosas trenzas rubias.
–¿Qué va a ser? Déjeme adivinar, unas tortitas... –La camarera se había acercado sin que se diese cuenta.
–Pues sí, unas tortitas. Es mi primera visita a Marte y ya sabe, la tradición... –Responde él.
–¿Sigue siendo el viaje tan incómodo? –Pregunta la camarera.
–Bueno, no sé, tengo que confesar que es la primera vez que hago un viaje largo, ni siquiera he ido nunca a la Luna. Pero mi vecino Karl fue hasta Júpiter.
–Yo estuve en la Luna, y créame, no se pierde nada, está lleno de snobs –La camarera se aleja sonriendo y vuelve detrás de la barra. En sus manos aparecen las tortitas, cubiertas de nata y sirope de caramelo. Tienen un aspecto delicioso.
–Aquí las tiene. Las famosas tortitas de Marte –dice con orgullo al servirle.
Richard Anderson prueba la primera pinchada. Menuda maravilla.
–Esta nata, es genial... –dice al tiempo que sigue devorando.
–Si, es una patente de Kraft. Dicen que hacen millones vendiéndola.
–No me extraña. Tengo que comprar un tarro para llevarlo a casa como regalo.
–Dígame. ¿Está usted en Marte por negocios, o de vacaciones?
–Oh, pues resulta que por negocios. Sabe, soy vendedor de seguros.
–Vaya, ¿y cómo ha acabado aquí?
–Pues la verdad es que fue muy rápido. Me presenté voluntario para unos cursos de liderazgo, y a los tres meses, ¡Bang! Me metieron en la nave, y aquí estoy.
–¿Puedo preguntarle una cosa?
–Claro, dígame.
–¿De donde es usted?
–Bueno, nací en Norfolk, Nebraska.
–Vaya, como echo de menos la vieja Tierra. Aquí a veces es todo demasiado diseñado, no se si me entiende.
–Bueno, para compensar tienen las mejores tortitas del sistema.
Entran unos turistas y la camarera se aleja de la mesa de Richard. Él le sigue el trasero con la mirada y se pregunta si hacerlo con una marciana será muy distinto. Luego vuelve a concentrarse en la comida.

Acaba de comer y se toma un batido de fresa. Le parece excelente. A través de la ventana puede verse el ajetreo de personas que entran y salen del puerto espacial. Delante hay una gran avenida por la que no se ven coches, el folleto turístico dice que van por anchas autovías subterráneas. Por todas partes hay pequeñas macetas con árboles y plantas perfectamente cuidadas, que dan un toque de color verde sobre el blanco lienzo de los edificios de hormigón y cristal. Al fondo del todo se puede ver la cúpula que rodea toda la ciudad.
Dos sombras le sacan de su ensoñación.
Delante de él hay dos hombres altos vestidos con traje.
–¿Richard Anderson? –le preguntan.
–Sí ¬–responde él. La verdad es que parecen policías.
–Tiene que acompañarnos.
–¿Hay algún problema con el pasaporte? Porque en el consulado me dijeron que...
Le levantan y le sacan de la cafetería a empujones.
Consigue ver la cara de la camarera desde la ventana, parece estar divirtiéndose. Qué furcias las marcianas...

Le meten en un ascensor, luego en un coche. Están en la autovía y van a toda velocidad.
–Y bien, señor Anderson. ¿Qué es lo que ha venido usted a hacer a Marte? –le preguntan a bocajarro. Están a punto de saltársele las lágrimas.
–Pues, soy vendedor de seguros... señor –añade él con tono temeroso mientras mentalmente revisa todo lo que ha hecho en las dos horas que lleva en el planeta. ¿Acaso decir que quiere llevarse un bote de nata como regalo es delito?
–No tiene usted cara de vendedor de seguros... –dice uno de los dos tipos.
–Pues de verdad lo soy, hice muchos cursos como esos de la tele en los que dices que vas a vender incluso a tu madre... –Esto último lo dice con un sollozo porque ha pensado en su anciana madre y en que no la volverá a ver porque seguro que lo meten en un agujero frío y oscuro en algún asteroide del cinturón, o lo mandan a las minas de gas, o a uno de los planetas exteriores a morir de frío, o lo venden como esclavo o lo utilizan para experimentos secretos...
–Joder, siempre me da escalofríos lo que hacen en Langley –le dice uno de los tipos al otro.
Los dos le miran, y tienen cara de encontrar la situación sumamente divertida. Lo mismo son robots fuera de control que se dedican a torturar a todos los visitantes que llegan a Marte...
–Vamos a empezar a dejar las cosas claras. No te llamas Richard Anderson –le dicen.
–¿No?
–No, es un nombre jodidamente idiota –dice uno de los tipos.
–Si, de palurdo –continúa el otro.
–Y tampoco eres vendedor de seguros.
–¿Y que hago aquí?
–Eres comandante de las Fuerzas Especiales.
–Ustedes dos están locos.
–No, deje que le expliquemos. Alteramos su mente porque necesitábamos realizar un traslado. Lo del lavado de cerebro es para que el enemigo no lleve la cuenta de nuestras fuerzas reunidas en Marte.
–No entiendo nada.
–Alienígenas –dice uno de los dos tipos.
–Pueden leer la mente –dice el otro.

Mira nervioso a través del cristal. Lo único que puede ver son los muros de la autovía y cientos de coches que los adelantan a distintas alturas. ¿Aliens? ¿Será verdad que este planeta está plagado de extraterrestres capaces de leer las mentes?
Los dos tipos captan su mirada nerviosa y sueltan una carcajada.
–No están aquí, comandante.
–¿Y donde se supone que están estos "alienígenas" de ustedes?
–En el transespacio.
–¿Lo de los viajes espaciales?
–Si. De momento nosotros sabemos pasar a su lado, pero ellos al nuestro no. Aunque mientras estamos allí graban todo el contenido de nuestros cerebros.
–Vaya, es acojonante.
–Bueno, para eso le trajimos a usted haciéndoles creer que es un vendedor de seguros. Descubrimos que los aliens no tienen sentido de la propiedad, por eso el concepto de "vendedor" les desconcierta enormemente.
–Díganme una cosa.
–Claro, lo que sea.
–¿Cuanto gana un comandante de las Fuerzas Especiales?
–30 de los grandes al año.
–Joder, por ese dinero soy lo que ustedes quieran que sea.

El tipo que conduce adelanta bruscamente a varios vehículos a toda velocidad, mientras maldice entre dientes y toca el claxon. Parece que están empezando a ponerse algo nerviosos. El otro individuo se rasca una oreja con insistencia, pero entonces el hombre anteriormente llamado Richard Anderson (tendría que dejar de pensar en sí mismo como tal) se da cuenta de que no se rasca, sino que intenta comunicarse a través de un curioso aparatito incorporado a su lóbulo derecho.
–¡Mecachis! Creo que hemos perdido todo contacto con la base. En estos túneles apenas hay cobertura.
–Llegaremos en unos minutos –anuncia el otro, con el entusiasmo característico de una zanahoria.
–Bueno, ¿piensan decirme cómo me llamo, o...?
–En absoluto. Cuanta menos información tenga usted de sí mismo, más se garantizará el éxito de la misión. Órdenes de los de arriba.
–Genial –dice Richard.
El vehículo se tambalea y en algunos momentos hasta roza a otros coches al pasar por su lado.
–¿Siempre conducen así?
–Sólo cuando medio sistema solar está a punto de desmoronarse.
–Y supongo que eso aplica en este momento.
–Tal vez –dice el hombre sentado a su izquierda, que sigue trasteando con el intercomunicador de su oreja.
–¿Podría dejar eso? Me está poniendo nervioso.
El hombre le mira dubitativo durante un segundo.
–Sí, comandante –Y acto seguido se guarda el aparatito en un bolsillo de la chaqueta. Richard Anderson (no es tu nombre real, no es tu nombre real, piensa) se maravilla ante su, desde su punto de vista, recién adquirida autoridad. De pronto aquellos tipos ya no le parecen tan amenazadores. Al fin y al cabo están bajo su mando. Solo que aún no sabe muy bien cómo encajar eso.
El mismo hombre se incorpora en el asiento y por un momento pone cara de estreñido antes de darle una colleja a su compañero.
–¡Imbécil! Te has pasado la salida. Era por la 56. Mira que te lo digo siempre.
–¡Mecagüen! –dice el otro al ver las luces naranjas parpadeantes que indican la proximidad de la salida 59. Se incorpora peligrosamente al lado derecho, esquivando y hasta en algún caso rebotando contra otros vehículos, y sale disparado por el vertiginoso túnel hacia una pista estrecha, recta y kilométrica, donde el conductor empieza a manejar algunos mandos del coche.
–Agárrese –dice el conductor a Richard.
–¿Qué?
Nadie tiene tiempo de decir nada más.
Una fuerza invisible y arrolladora se ejecuta desde algún lugar de la pista y el vehículo pasa de cien a quinientos por hora en una décima de segundo. Al final del trayecto, el coche es expulsado como el escupitajo de un viejo a través de una compuerta en la parte externa de la cúpula. A partir de ahí, el resto del viaje toma un sentido totalmente vertical.
–¿A dónde vamos? –dice Richard, tratando de recuperar el aliento y viendo que se dirigen al espacio exterior.
–¿Ve esas estrellas de ahí?
–Las veo.
–Pues no son estrellas. Son las lunas de Marte, Fobos y Deimos. Nosotros vamos hacia Deimos, la más pequeña. Allí tenemos la base desde donde operamos. Le gustará. Hay cafetería.
–¿Sirven tortitas?
–Por supuesto, señor. Siempre.
–Pues no me diga más.

En la base de las Fuerzas Especiales el revuelo ante la llegada del comandante es evidente. Richard Anderson se sorprende de la cantidad de peloteros que tratan de darle la bienvenida ofreciéndole dos o tres tortitas con sirope en un plato, abordándole a su paso. Los dos tipos que le acompañan apenas les dejan llegar a él.
–Atrás, atrás.
Richard estira un brazo y consigue agarrar con los dedos un par de tortitas que le ofrece una señora gorda embutida en un traje oficial de las Fuerzas, que sin duda han debido confeccionarle a medida con más de un quebradero de cabeza. “No me extraña”, piensa Richard, “estas tortitas están tan tremendas que como me quede dos días más por aquí acabaré igual que ella”.
–Déjese de comer ahora, comandante. Hay asuntos más importantes que atender.
–Mgrñumphf... ¿gruñmphf...qué? Sí, sí... –dice mientras les alcanza y termina de masticar y chuparse los dedos.
Ante ellos se alza un anexo al edificio de aspecto impresionante.
–Me apuesto otra ración de tortitas a que eso de ahí es ultra-secreto.
–Hombre –dice uno de los tipos que le acompañan–. Teniendo en cuenta que es el único complejo de lavabos de todo el satélite... pues sí, es bastante secreto. Aquí es donde defeca el Gobernador cuando es escoltado en sus viajes a Marte. Le gustan las famosas tortitas casi tanto como a usted. Siempre tiene que parar aquí porque tiene un problema con sus esfínteres y no controla. Recuerdo un día que...
–Mike, cierra el pico.
–Jo, macho. ¿Por qué nunca me dejas contarlo?
Richard se queda mirando el edificio de los retretes mientras pasan de largo y sus acompañantes discuten, y piensa lo bien que le vendría entrar ahí. Pero sus esfínteres no son como los del Gobernador, y cree que puede aguantarse. No le parecería apropiado que medio sistema solar se viniera abajo porque él se había parado un momento a cagar.

–Bien, comandante. Asienta con la cabeza si ha comprendido el objetivo de la misión. Voy a ir repitiéndole los detalles, y usted confirma que los comprende uno a uno, ¿estamos?
Richard asiente.
En este momento la cabeza es la única parte del cuerpo que puede mover un poco, el resto de su cuerpo se encuentra completamente fijado en el interior de una especie de supositorio gigante que apunta hacia una esfera roja que cuelga del techo del hangar, rodeada de mil y un cables y dispositivos. Un tubo sale de su boca hacia una botella de oxígeno adherida a la espalda del traje que le han hecho ponerse. El filtro sabe a plátano, curiosamente. No le vendría mal tener a mano un poco de sirope…
–De acuerdo. En primer lugar, evitará cualquier contacto verbal o visual con los alienígenas. En caso de que esto ocurriera por error, saldrá por patas hacia el punto de extracción lo más rápido posible.
Richard asiente.
–Segundo. Como le hemos instalado en el casco de su traje un inhibidor del pensamiento, una vez este se active al ser enviado al otro lado del transespacio, su cerebro solamente podrá pensar en una cosa a la vez. Esto le ayudará a evitar ser detectado por los alienígenas, así que todo lo que tiene que hacer es centrar su mente en una sola idea y no salirse de ahí. Piense en cualquier cosa. Cuanto más absurdo, mejor.
Richard asiente.
–Sí –dice el otro tipo, el que no se llama Mike–. Pero háganos el favor de no pensar en tortitas, porque estaremos monitorizando su línea de pensamiento para controlar que todo va según lo planeado y le aseguro que estamos hasta las narices de ver en pantalla las malditas tortas de Marte. ¿Comprendido?
Richard asiente.
–Bien –prosigue el de antes, osea, el tipo llamado Mike–. Una vez haya sido transferido recupere el Elemento H de H.A.B.I.C.H.U.E.L.A y regrese ipso facto. Recuerde que su propia vida está por debajo del éxito de la misión. En última instancia deberá devolver el Elemento H de H.A.B.I.C.H.U.E.L.A al punto de extracción incluso si para ello debe morir en el intento. ¿Comprende?
Richard asiente. Está empezando a pensar que eso de ser comandante de las Fuerzas Especiales no mola tanto como pensaba. Leñe, ¿no debería ser él el que diera las órdenes? Pero insisten en que son instrucciones “de los de arriba”. Menudo asco no recordar nada. Cada vez considera más la posibilidad de que le hayan estado tomando el pelo desde que le hicieron subir en aquel coche…
El tipo que no se llama Mike le coloca en la mano derecha una pistola láser antes de cerrar la compuerta del supositorio gigante, y grita:
–¡Sólo tiene carga para un disparo! ¡Si le atrapan, utilícelo!
Richard no tiene más remedio que asentir, mientras le transfieren, y piensa: “Será desgraciao...”

Está exhausto. Ha conseguido recuperar el Elemento H de H.A.B.I.C.H.U.E.L.A y transferirlo en el punto de extracción, pero ahora le persigue una horda de aliens chamuscados a los que ya ha disparado su única carga. Richard lleva horas huyendo y escondiéndose, y tiene el traje hecho jirones.
Ha intentado concentrar todo su pensamiento en su anciana madre, pero entonces se ha acordado de las tortitas que le hacía cuando era niño, y como consecuencia se ha acordado de las tortitas de Marte, tras lo cual los de las Fuerzas Especiales se han mosqueado tanto que han cortado todo contacto con él y le han abandonado a su suerte. Entonces ha pensado en cuánto odia la maldita misión, y al pensar en la misión los aliens le han detectado, y claro, todo se ha ido a la porra.
Ahora un centenar de aliens le tienen rodeado y sabe que va a morir.
“¿Sí? Pues os vais a enterar, traidores”, piensa acordándose de los desgraciados de Mike y No-Mike.
Y en un arranque de histeria, mientras los aliens se abalanzan sobre él y despedazan su cuerpo, grita con todas sus fuerzas:
–¡Tortitas! ¡Tortitas! ¡Tortitastortitastortitastorti...!

THE END
14 de julio de 2009

12 Comentarios

  • Stochastic

    First post!
    XD
    Ha sido muy divertido colaborar contigo.
    A ver si repetimos algún día.
    Un saludo!

    14/07/09 01:07

  • Ittai

    Lo mismo digo, chaval! :-D Jo, pues si que estabas pendiente xDDDDDDDDDD

    14/07/09 01:07

  • Abyssos

    Si nos espera un futuro asi, lleno de viajes a otros planetas y sus lunas, con mcdonalds y sus tortitas invadiendo el universo... parece que no sera tan malo despues de todo... monotono quiza, pero no malo, jeje.

    Un relato tipo pelicula clasificacion B, de humor under y acido.

    He de elogiar su capacidad de inventiva.

    Un saludo y una felicitacion para ambos.

    14/07/09 06:07

  • Wersi

    Cuando se juntan dos genios salen estas maravillas.

    Chicos me habéis dejado pasmada.
    Esto me lo llevo y me lo guardo y además, hemos de hablar de ello...tengo yo que haceros una proposición no indecente....jajaja.

    Mis felicitaciones a los dos genios "locos" de TT, no hay quien os supere.

    Dos abrazos!

    14/07/09 07:07

  • Ittai

    Muchisimas gracias, Abyssos y Wersi! La verdad es que yo me lo he pasado bomba escribiendo esta "cosa" junto a Stochastic xD
    Tranquilos, ambos creemos que habrán más híbridos de estos :-D
    Por el bien de la humanidad xD
    Saludotes!

    14/07/09 11:07

  • Taber

    Je... la verdad es que me he divertido mucho leyendoos, sabeis?? a la que pueda me pillo un vuelo espacial y me voy a probar esas sugerentes tortitas.... a ver si es verdad todo lo que se cuenta de ellas...

    Un abrazo a los dos!!

    14/07/09 11:07

  • Ittai

    Muxas gracias Tabeer

    15/07/09 10:07

  • Diesel

    Excelente relato de ciencia ficción "hiper". Muy bueno el desarrollo. Habéis escrito un texto con detalles psicológicos de gran relevanica. Me ha gustado porque además tiene un estilo muy sencillo de leer (no esas complejidades "oscuras" que hacen algunos con la ciencia ficción). !Un abrazo sincero!.

    15/07/09 12:07

  • Ittai

    Gracias, Diesel! Siempre tan bienvenido :-)

    15/07/09 12:07

  • Harmunah

    Cuando vi este relato, con vuestros nombres, automáticamente pensé que iba a ser una auténtica locura, de lo más divertida. Y no me equivocaba. Sarcasmo, ironía e inventiva por todas partes. El primer relato que me hace reír en bastante tiempo. Felicidades a los dos.

    Besos.

    19/07/09 04:07

  • Ittai

    Graciassss, Harmuna, en nombre de Stoch y el mío ;-) Nos alegra que te gustara tanto :-D Dentro de poco más ;-)

    21/07/09 02:07

  • Nemo

    Saludos Ittai!... aquí regresando a seguir compartiendo

    12/02/10 10:02

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