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!y Llegó la Luz!

Estaba tumbado en mi silla favorita ocupadísimo resolviendo múltiples asuntos en mi ordenador. El fiel vaso de agua a uno de mis costados y todo el material que suelo tener a mi alrededor- solo por gusto principalmente-.. Libros, cuadernos de notas, lápices por si se me ocurren buenas ideas para escribir y un diccionario- pese a que empleo siempre el que provee el internet-.

Pero hoy ando muy liado y ocupado con un trabajo para la universidad del cual no puedo quitar mi atención por el momento. Y llevo así unas 3 horas. Todo por la horrible costumbre de dejar todo para último momento, cuando por supuesto el asunto se torna inevitable y nos asecha el miedo. Pero que puedo decir, así somos la mayoría de los mortales.

Como aun no veo luz al final del camino me frustró aun más y cada vez siento que la vida es muy injusta conmigo. Desperdiciando 3 horas de mi vida, por un simple trabajo que simplemente será evaluado por encima y luego desechado sin más, en un bote de basura. Claro, pero necesito la nota, porque ésta lo es todo en mi carrera y luego en un incierto futuro cuando decidiera trabajar.

El cliché de la sociedad es que no eres nadie si no logras sobresalir por encima de los demás. Y yo pues al menos no lo intento, si sé que mis esfuerzos serán desmerecidos. Pero como ser, perfeccionista que soy, pongo toda mi dedicación y empeño en cosas que no me interesan e intento obtener simplemente un número en mi planilla permanente, para indicar que puedo ser de mucha utilidad en todo lo que me propongo. Así me maten del aburrimiento.

No me importa, simplemente no trabajaré de ingeniero. Estudio ésta carrera porque me interesan muchas cosas. Soy bueno en matemáticas y me gustan los retos y desafíos. Pero eso de realizar trabajos teóricos, para que el profesor me ponga una calificación que no demuestra mayor o menor habilidad – sino una necesidad urgente de subir la nota y de ayuda para los estudiantes menos aplicados- no va conmigo. Si pudiera eliminar éstos trabajos sería sin duda el estudiante más feliz del planeta.

Pero como no se puede, ¡Ay! Pobre de mí tendré que regalarle 3 horas de mi vida al simple hecho de no querer reprobar y mantener las “apariencias” de excelente estudiante. No lo disfruto haciendo, pero al menos no lo aborrezco del todo. Le pongo mucha dedicación y evito que el profesor piense que lo copié directamente del internet para ahorrarme mucho tiempo.

Ese es el problema, queremos cambiar, pero las costumbres y los convencionalismos de la sociedad nos oprimen e impiden que nuestra creencia adquiera fuerza.
El problema, es que estamos en un mundo repleto de gente que “existe” y no “vive”, que parecen unos robots que comen, defecan, tienen sexo, se reproducen y trabajan en un empleo- porque inevitablemente esta su razón de la vida-.Y como mi profesor se quedo en la época de las cavernas y sigue programado por la sociedad, no se percata que tal trabajo es inútil. Además añadiendo el hecho de que lo va a hojear unos minutos y nunca le parecerá perfecto, para no darme la satisfacción.

“Si no puedes con tus enemigos, úneteles” Dice un dicho, y me imagino que a quien se le ocurrió fue porque se vio impotente, como yo ante la sociedad y decidió aceptarla tal y como es.

Decido después de meditar un poco, que esto no me puede afectar en lo más mínimo, incluso si mis horas de trabajo no son bien remuneradas. Yo tengo que ser diferente. Tengo que destacar, pero sanamente.

Así que me propongo disfrutar mi trabajo y dejar que la impotencia- porque la sociedad no sienta que mi punto de vista es el mejor- salga de mí ser y me libere del stress.

Yo disfruto el momento. No tengo que estar divirtiéndome siempre para pasarlo placenteramente. Puedo hacer cosas que no sean de mi agrado y aun así mantener la compostura y la elegancia. Sé que puedo, conozco mis capacidades y debilidades. O al menos esa es la excusa para seguir adelante.

Decido que tengo que poner todo mi empeño así no vea recompensa inmediata al final del arco iris. El verdadero trabajo tiene que ser desinteresado para que funcione.

Terminé el trabajo, luego de media hora en mis cavilaciones y casi trabajando en piloto automático para dar los últimos retoques. Ahora si puedo hacer lo que me agrada y tratar de olvidar este amargo sabor de boca. Dios lo sabe, así que sucede. Se me va la luz en mi casa. Como se dice coloquialmente.

Me quedo en silencio y muy quieto por un espacio muy prolongado de tiempo y empiezo a escuchar sonidos de los cuales no me había percatado aun, ya que el constante zumbido de mi ordenador me lo imposibilita. Luego de un rato sin tener pensamiento alguno – cosa que es supremamente difícil, dada la volatilidad de nuestra mente- pienso que estoy siendo improductivo (todo por la culpa de la sociedad) y me levanto a ayudar a mi familia a localizar las velas y colocarlas en lugares estratégicos.

Me tumbo en el sofá más próximo y me quedo otro rato en silencio. Solo escucho algunos cuchicheos a mí alrededor. Mi madre está hablando con mi hermano y aprovechando que la vertiginosa marcha del día se ha detenido por un momento y no recurrimos a la televisión o la computadora para desahogarnos del aburrimiento.

Hablan y pronto yo me les uno. Me doy cuenta que ando pasando un momento muy agradable, ojalá todos fueran así.

Cuando la luz se va, nos desconectamos de todas nuestras preocupaciones cotidianas, y todos los problemas se vuelven mínimos. Porque simplemente no podemos hacer nada al respecto. Al principio pensamos que nos vamos a aburrir hasta el cansancio sin la luz, luego nos vamos dando cuenta que poco a poco nos animamos, empezamos a soltarnos un poco y nos dejamos llevar por el momento. La mayoría de las veces se pasa una velada increíble, no hay stress y no hay amargura. La gente se comunica como no lo ha hecho antes, por estar presos en sus propios mundos y se comparten muchas anécdotas que no se acostumbran.

Debe existir un equilibrio siempre, me he dado cuenta. Debemos descansar y abrirnos a compartir con los demás. No podemos ser tan egoístas para pensar que nuestro mundo lo es todo y que no nos hace falta compartir nuestro tiempo con alguien más, y más si consideramos que no podemos aprender nada de él/ella. O por lo menos a mi me pasa. Afortunadamente quedan muchas familias que son supremamente unidas y en general se lo pasan más hablando entre ellos, que presos en un vicio u adicción.

Una desconexión espontánea le viene bastante bien al cuerpo. Hasta Dios descansó en el séptimo día. Así que creo que deberíamos seguir este principio. No nos dejemos atrapar por las telarañas de la sociedad que cada vez nos intenta retener más en sus redes con la constante innovación y tecnología.

Por ejemplo, ya los hijos pequeños hablan muy poco con sus padres. Debido a que se lo pasan todo el rato detrás de una mini pantalla de consola; jugando en su celular y escuchando música en sus reproductores MP4. Cada vez nos volvemos más zombis y nuestra actitud lo refleja. No nos abrimos a comunicarnos con nadie, que encontremos en la panadería, el metro o en la calle. Cada uno estamos presos en nuestras propias cárceles y no nos queda tiempo para los demás y menos aun la familia.

Resulta que ésta última es la que se ve más perjudicada, por razones desconocidas. La familia hoy en día ha pasado a un plano inferior, los hijos se tornan cada vez más fríos, distantes y parece que no se llevan bien con sus padres desde muy pequeños – cosa extraña, porque se suponía antes que esto sucedía solo en la adolescencia-. Los tiempos han cambiado.

Es culpa de sus mismos padres, claramente. No han acostumbrado a compartir lo suficiente con sus hijos y se deshacen de ellos comprándoles todo y cuanto desean para que los dejen de molestar. No hay reuniones familiares frecuentes y no existe esa unión que se experimenta en un grupo donde todos se tienen una buena estima.

Pensaba en esto y le di gracias a Dios, por desconectarme un poco de la rutina – que no siempre viene disfrazada de un trabajo universitario u alguna tarea- y permitirme dejar el apego a tantas cosas materiales a las que recurrimos para ser “felices”.

La capacidad de ser felices la tenemos innata en nuestro ser sea donde sea que estemos. Si somos felices, no necesitaremos una computadora con internet para lograr sobrevivir un día sin sentirnos “ansiosos” por la adicción. Y así con cualesquiera sea su adicción: cigarrillo, alcohol, sexo, salir de la casa, ir al cine… en fin.

Lo primero es dejar este apego a tantas cosas. Porque será inevitable que algún día por X motivo carezcamos de ellas y no podamos estar tranquilos y disfrutando del momento presente. Resulta que debemos vivir solo el momento presente. Ya que el futuro es incierto y el pasado ya no existe.

Me reía de cuantas veces hemos actuado como los drogadictos con su adicción. Pero nosotros si los criticamos a ellos y no nos vemos nosotros mismos. Si nos falta algo de lo que estamos muy acostumbrados, el mundo se nos derrumba y nuestro corazón se encoge. No nos hallamos en el lugar y comenzamos a criticar en vez de disfrutar de lo que nos rodea. Somos infelices y hacemos infeliz a la divinidad al criticar su trabajo.


Seguimos hablando un rato largo que no sé cuánto tiempo duró, pero lo cierto es que en medio de la conversación, llegó súbitamente la luz. Me sorprendió un poco que hacía solo un minuto atrás me había olvidado que alguna vez existía esa cosa de la que todos dependen.

Entre sonrisas nos despedimos y cada quien volvió a lo que estaba haciendo. Resultaba increíble que parecíamos como energizados en ese período de tiempo que duramos fuera de nuestras rutinas. Nos desapegamos del mundo, y solo nos concentramos en el momento que nos rodeaba. Como debería ser.

Volví a mi ordenador y lo apague sin contemplación, pese a que aún quedaban unas horas que podía emplear en terminar el trabajo y hacer otra cosa de mi agrado en el Internet. No quería seguir haciéndolo, porque pensé que si Dios me había desconectado, era seguramente por algo y necesitaba descansar en ese momento.

Volví a bajar las escaleras y les dije a mi grupo familiar que quería hablar un rato más, que la conversación estaba muy buena y quería saber más sobre lo que me estaban contando mientras hablábamos sin electricidad. MI madre sonrío y se dispuso a recrear nuevamente la bella conversación que habíamos compartido y tanto me había hecho feliz, tanto, que me había olvidado de mi "rutina"

A veces nos hace falta desconectarnos un poco, para recuperar el foco de nuestras vidas y la inspiración para seguir adelante. No nos sobreexplotemos, recuerden Dios descanso en el séptimo día. Desconectémonos un día de las rutinas y experimentemos cosas nuevas. Duremos 15 minutos sin hacer, juzgar y pensar nada. Leamos un libro. Veamos una buena película. Disfrutemos de la naturaleza. Seamos felices.

No intentemos que todo en nuestra vida sea perfecto. Aprovechémosla con todas las oportunidades que nos brinda. Seamos flexibles con ella y constantemente readaptémonos a la situación que surja. Veamos el lado bueno de cada evento que suceda a nuestro alrededor y no nos encerremos en nuestras prisiones virtuales para escapar de la realidad y buscar nuestra falsa "alegría". Hagamos las cosas que en verdad nos hagan “felices”. Y procuremos vivir cada momento como único, ya que éste no volverá jamás.


©

Se me ocurrió esta historia uno de estos días que estuve tumbado sin hacer nada, cuando se fue la luz en mi casa. Me dedique a pensar un poco en ella mientras los demás iban a buscar las velas para iluminar un poco el ambiente. Es así como pueden llegar las ideas. No podemos subestimar casi ninguna oportunidad que nos ofrezca la vida. Claro salvo alguna que en realidad vaya en contra de tus principios. Nunca sabemos que podremos encontrar al final de ese día que vivamos diferente.

Edite el texto un poco y le di unos retoques


http://escritoresenlibertad.blogspot.com/
Jesusmiguel88818 de septiembre de 2009

2 Comentarios

  • Sinner

    No puedo decir mucho, aparte de que me encantó el relato, pues todo es sumamente excelente y cierto. "Simplemente a favoritos" es todo lo que se ocurre decir. Felicidades y saludos.

    19/09/09 12:09

  • Wersi

    Debería de irse cada dia durante unas horas la luz de los hogares, aprenderíamos a compartir , a estar con ,los nuestros a vivir con nuestra verdadera realidad.
    Cuantos matrimonios ni se hablan porque uno de los miembros está delante de la pantalla del ordenador chateando o haciendo mil cosas, algunas de ellas vanales, mientras el otro miembro se planta delante del televisor mirando uan novela, un chisme o un partido de futbol...(por poner ejemlos)

    Te salen textos muy consistentes , eres un gran pensador, por ello me lo llevo a favoritos.
    Un gran abrazo

    19/09/09 06:09

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