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En la Selva I

Pisando más fuerte en los huecos entre horas,
zarandeando sin éxito las ganas, aterrizando ángeles
que se despistan, que se dejan pasear por mis pelos vírgenes
discutiendo de tus dominios y de la altura de las olas
y la arena escondida tras las orejas.
Encajo alguna idea del orden de los colores según
lo lejos que están del mar y me confieso confuso,
estúpidamente adicto por delante de la reja,
en último lugar, lejos de mí, atrapado por fuera
del único con que te toqué la nuez
en la sombra de la selva.
Con los pies mojados y las manos abiertas contra el suelo al este y oeste de tus orejas sudorosas en una perfecta bisectriz hacia fuera pero cerca de tus deltoides, aupado a 2 cms de tus pechos y mi boca en tu nuez y con tu boca en mi frente.
Y yo aun sigo con mi mantra con tu nombre repitiéndolo, para mí, hacia mi cabeza y en voz alta para acallar los pájaros, para ir soltando de a poco mis ganas. Digo tu nombre sin voz y mi boca repite el eco que retumba en la carpa. Un eco cada vez más lejano, cada vez más grave. Más húmedo por los sudores. Pum-Pum. Pus-Pus. Pluf-Pluf.
Un bombeo apagado que cambia mi ritmo, mi propio fluir que empieza en mi pecho y acaba multiplicando por mil el tamaño de cada vena de mi cuerpo y expandiendo mis músculos, sobre todo los de la polla. Y así veo los tuyos, tus orejas y tu nuez.
Deseo repetir y ver de una vez ese color, el color que busco, porque esa vez, aunque abrí más que siempre mis ojos
era de noche.
JianonPublicado el 13 de mayo de 2019
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