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Los 88

Somos un equipo de 88 individuos. En general, entre nosotros nos llevamos bien, aunque siempre hay alguno que desentona algo en el grupo, sobre todo los de más edad. En el grupo nos necesitamos unos a otros, ya que si uno de nosotros falla, el resultado de nuestra misión será un desastre, y no digo si fallan varios: nuestro grupo sería puesto fuera de servicio hasta que se solucionara el problema.
Entre los 88 que formamos el grupo, hay 36 cuyo uniforme es negro, en vez de blanco como el del resto. El uniforme negro distingue a los que están situados un poco a parte en el escalafón. Yo formo parte de éstos, y debo decir que, lejos de que se manifieste algún tipo de envidia, al contrario, todos nos llevamos como verdaderos hermanos. Es más, puedo afirmar que sin nosotros, los demás no servirían de mucho.
La misión del conjunto es muy delicada, ya que debemos respetar unas pautas muy rigurosas y unas reglas estrictamente definidas, determinadas por la persona que nos hace ejecutar nuestra misión o por la persona que la ha creado.
Somos la parte visible del conjunto, pero en realidad somos intermediarios: nuestro trabajo consiste en transmitir las órdenes que recibimos a quienes las ejecutan verdaderamente. Todos formamos un conjunto que funciona de maravilla, pero no todos actuamos al mismo tiempo, ya que depende de la misión encomendada. Podemos actuar por separado o en grupo de cuatro, seis o más elementos, todo depende del trabajo que debamos ejecutar.
Nuestro grupo está dividido en secciones, en las que varios individuos llevan el mismo nombre, pero tienen grados diferentes. Yo formo parte del tercer grupo, aunque podría muy bien desempeñar mi trabajo en otra posición. Mi rango está por encima del de mi homónimo del segundo grupo, pero por debajo del de mi colega del cuarto grupo.

Mi vida profesional ha sido muy larga y muy gratificante. Fui seleccionado, junto con otros compañeros, para formar parte de este prestigioso grupo, hace ya muchos años. Nos instalaron debidamente y, después de una minuciosa preparación, nos pusimos bajo las órdenes de una persona que pulió nuestra instrucción y que dio su acuerdo de aptitud. Estábamos listos.

Desempeñé mi función correctamente durante muchos años, aunque, con el tiempo, mi aspecto había perdido algo de su brillantez original. Los años no pasan en balde. Desgraciadamente, tras una larga carrera, sufrí un accidente y tuve que ser reemplazado provisionalmente por otro individuo, mas joven, que esperaba su turno para entrar en servicio. A mí me pusieron entre las manos de alguien que intentó reparar los daños, pero fue en vano. Las lesiones sufridas eran demasiado importantes, por lo que decidieron retirarme del servicio definitivamente. Ese día fue el más triste de mi vida, ya que siempre mantuve la esperanza de poder reincorporarme a otro grupo y poder continuar con el trabajo que tantas satisfacciones me había dado a lo largo de mi carrera. Pero hace tiempo que esa ilusión ha desaparecido.
Desde entonces vivo retirado, esperando el fin junto con otros que, como yo, sufrieron algún percance irreparable, sin ninguna esperanza de entrar de nuevo en servicio y, lo que es más triste, sin ningún reconocimiento de las personas que tanto disfrutaron conmigo.

Por cierto, no he dicho mi nombre: soy la tecla Fa sostenido del piano.
04 de junio de 2018

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4 Comentarios

  • Remi

    Me gusta mucho como relatas, es la primera vez que te leo, te sigo.
    Saludos.

    04/06/18 08:06

  • Clopezn

    Brillante. Un desarrollo intrigante hasta el último suspiro con un final genial.Un saludo cordial.

    04/06/18 06:06

  • Jlposadilla

    Muchas gracias Clopezn

    20/09/18 11:09

  • Jlposadilla

    Remi, te agradezco tus comentarios

    20/09/18 11:09

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