Conversaciones Con Moloc

Publicado por Jordimanau el 24 de noviembre de 2017.
CONVERSACIONES CON MOLOC

























Jordi Manau Trullàs
Telf: 622.19.28.06
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La noche lo cubría todo. Las sombras lentamente habían devorado la figura de Rubén. Sentado en la cama, inmóvil, con la mirada clavada en la única farola que podía observarse desde la ventana. El tiempo carecía de dimensión, se había detenido irremediablemente. Justo cuando su abogado le entregó aquel sobre ocre. Encima de la mesilla del dormitorio descansaba la sentencia judicial de su divorcio. Arrugada una y mil veces, tras releerla una y mil veces. Los folios desordenados formaban un extraño abanico.
La farola se encendió como cada noche a la misma hora. La pupila obediente dejó pasar los escasos rayos de luz hasta la retina. La señal lumínica se convirtió en señal eléctrica y viajó a través del nervio óptico explotando en pleno cerebro de Rubén. Impasible parpadeó, intentando confundir su mente para que no le traicionara. Aislando su dolor, aquel extraño monstruo que mutaba para evitar la aniquilación.
La mano del insomne asesino le guiaba, sin mirarle, sin hablar. La consciencia de Rubén temblaba como una vela consumida. Lejos de amilanarse se envalentonaba a través del cansancio cada vez más acentuado. ¿Como su vida pudo torcerse hasta formar aquella madeja de solución imposible?. Su mundo se desplomaba a peso. Se diluía por momentos todo el esfuerzo de su vida. Su mujer le había abandonado sin ninguna explicación.
Pese a que el cuarto era tan pequeño, nunca encontraría allí lo que buscaba. Una explicación plausible, una simple trazada borrosa que le diera pistas sobre las razones. Era una mañana lluviosa de setiembre. Ester se levantó abrazando el nuevo día. Parecía como la rutina lo invadía todo una vez más, pero no aquella vez. Sin apenas poder mirarle le escupió que le dejaba. -¡Maldita puta desvergonzada!- masculló Rubén frunciendo el ceño.
Cerca del mediodía después de horas de discusiones, gritos y zarandeos, cruzó la puerta con una sola maleta. Rubén la dejó marchar, volvería como las otras veces. Allí estaría esperándola, ya ajustarían cuentas. El temporizador arrancó hasta que el arrepentimiento lo parara. Pasaron los días y Ester sumió en el caos la espera de Rubén. Acomplejado por el sentimiento de culpa apretó los dientes y rompió todo aquello que era importante para ella. Sus vestidos de verano, la pequeña radio, aquel bodegón de colores saturados, todas las macetas pintadas a mano.
El odio se propagó en su interior. Sesgaba todos los retazos y flashes vividos con aquella traidora. Todos falsos, hipócritas como el alma egoísta de las mujeres. Le había manipulado a su antojo, desnudado ante su familia. Qué pensarían en el taller, ya podía oír el chismorreo venenoso del barrio entero. Rubén ya no se consideraba un hombre, solo un bufón más en un bosque de risas. Un mal sueño a medio soñar.
Una negra incertidumbre mecía el desconcierto de Rubén. Parapetado en el péndulo de la negación, estudiaba las instrucciones de la lavadora o el friegaplatos. Los alimentos caducaban impasibles en la nevera. Cada segundo en soledad le recordaba la ausencia de su esposa fugada. El mundo adormecido tras el crack, se atrevía a seguir como si nada. Las bocinas de los coches sonaban estridentes tras las persianas bajadas.
Como un rayo en medio de la tormenta recibió aquella llamada. Una voz impersonal, funcionarial, de un abogado. Ester le había contratado para iniciar los trámites de la separación. Rubén no podía dar crédito. Una fuerte punzada en el estómago le dobló las rodillas cayendo de bruces. No dejó que su voz se volviera trémula. Mantuvo la dignidad del contrincante fajador. Si querían un combate lo tendrían. Aquel estúpido le hablaba de su hijo Lucas, de apenas tres años. De la conveniencia de que fuera todo de mutuo acuerdo. Una oleada de furor surgió de sus entrañas. Ester había acudido a un desconocido para hablar de ellos, de la familia. Había cercenado aquel vínculo sagrado no escrito, todos los problemas se solucionaban dentro de la pareja. Solo era un mercenario con la intención de sangrarle la cuenta corriente. Aquella voz le martilleaba la mente, enumerando las ventajas para su hijo si acordaban una resolución al conflicto. Rubén escuchaba obnubilado. Con el pacto se eliminaba la sensación de ganadores y perdedores, el cumplimiento de las medidas pactadas era mayor, las repercusiones emocionales era más llevaderas, todo quedaba resuelto en un plazo de tiempo más corto, hasta los costes resultaba ridículamente inferiores. Rubén se quedo con aquella última expresión. Ridículamente, o sea, que si no aceptaba era un hombre ridículo. Como se atrevían a insultarle. Estaba convencido de que la relación entre ella y ese abogado iba mucho más allá de lo meramente profesional. Todo tenía que ser un plan concienzudamente urdido desde hacía mucho tiempo, quizás años. Ester era medio idiota, nunca tendría el valor de dar el paso sin alguien detrás. La había abducido, no estaba en sus cabales. El gran perjudicado sería Luca. Allá ella con su consciencia y la mirada interrogativa de su hijo. Rubén tragó saliva, rezó para que algo controlara su rabia. Musitó un simple- no hay acuerdo- y colgó.
Justo al empezar los trámites del divorcio contencioso, el rostro de Ester se desfiguro para la memoria de Rubén. El abogado acreditó riesgo para la vida, la integridad física, la libertad, la integridad moral e indemnidad sexual del demandante y el hijo de ambos. La confusión entró para instalarse definitivamente en el día a día de Rubén. La gente hablaba a sus espaldas y notó como ciertos comportamientos se endurecieron hacia él. Claro que tenían sus problemas y discusiones. Lo normal en cualquier matrimonio con años de convivencia. Los gritos formaban parte de la vida en pareja. Uno tenía que tomar el mando. No se podía permitir que la anarquía y la desidia imperaran en las tareas de la casa. Empujones y unos bofetones, para nada podían considerarse maltrato. Ester era la esposa perfecta, construida y moldeada gracias a un Rubén orgulloso de que todo lustrara como él deseaba. Como se atrevían a aplicarle un juicio paralelo. Plantearía guerra en el juzgado. No se saldrían con la suya. No renunciaría nunca a que le arrebataran todo el sacrificio de su vida. Jugaban al chantaje con el pequeño Luca. Sus lloros y miradas de desprecio el día de su separación eran inducidos por la bruja de su madre. Se acordaría de todo aquello, rendirían cuentas.
Rubén se buscó una abogada. Le pareció que al ser mujer demostraría una imagen de mártir lapidado injustamente. En realidad no le gustaba. Era soltera, no le extrañaba. Su forma de hablar cortante y segura de sí misma fastidiaban a Rubén. Era una malfollada dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. Ella estaba al mando, todo para ganar todas las guerras hasta la victoria final. Ester tendría que volver, ya habría tiempo para aplicarle el debido castigo. Se presentaron los documentos justificativos de la situación económica de los cónyuges, certificado de matrimonio y de Luca. Se citaron a juicio las partes con la presencia de abogado, procurador y la acción del ministerio fiscal por la presencia de un menor. Se practicaron las pruebas necesarias para adoptar los pronunciamientos sobre guardia y custodia del hijo, uso de vivienda familiar, pensiones alimenticias y compensatorias.
Rubén tuvo que buscarse un piso en el extrarradio. Un diminuto cubículo de una habitación donde medrar esperando solucionar la cuadratura del círculo. Su abogada le juraba y perjuraba que todo iba bien, que al final apelarían hasta la Audiencia Provincial si fuera necesario. La soledad empezó a rodearle seduciéndolo hasta que se encontró esposado e inmovilizado. No podía considerar cierto lo que trataban de demostrar los que hasta aquel momento eran su familia. La cara impasible del juez ante sus explicaciones le torturaba. Era un hombre como él, llevaba anillo de casado, tenía la obligación de ejercer una empatía forzosa. Como era posible que todo ladeara de forma obscena hacía Ester.
La cara de felicidad del abogado de Ester se le quedó clavada en lo más profundo del alma. Un hombre apuesto, alto y elegante. Era tan inalcanzable para Rubén, Representaba el sueño de cualquier mujer. Estaba convencido que la candidez de Ester había sucumbido a sus encantos. Le exigiría respuestas cuando la obligaran a volver a su lado. La sangre le ardía imaginándose los dos practicando sexo en el aparcamiento del bufete. Observaba el rostro de aquel payaso y cerraba los puños hasta que las uñas se clavaban en la piel.
Otro cantar era su abogada. Estaba harto de ella y sus explicaciones sin posibilidad de réplica ante las dudas. Cuando le comunicó la suspensión del régimen de visitas a su hijo, no podía dar crédito de su ineptitud. Recalcó, mirándole a los ojos sin pestañear, su condición de maltratador y a Luca como hijo testigo-víctima de la violencia de género. Guardó sus papeles en su maletín de cuero y le dijo que tuviera paciencia dándole la espalda mientras sus pasos se perdían por la escalinata del juzgado.
Paciencia es lo que no tenía. Ni tiempo, ni ganas de aguantar todo aquello. Por eso dejó de trabajar en la empresa. Era bueno en su trabajo y todos lo sabían. Pero empezaron las faltas de concentración, los brotes de violencia injustificados y finalmente el despido. Tenía dos años de paro, veinticuatro meses para reinventarse y solucionar todo aquello. Para encajar las piezas necesitaba que aquella golfa volviera con su puñetero hijo. Se había dejado la piel en sacar adelante al crío y no le señalarían mientras le ponía los cuernos con cualquiera. Se había privado de cantidad de caprichos por ella. Que corriera con los gastos de Luca. No pensaba pagarle ninguna cantidad lo ordenara quién lo ordenara. Que se cuidara del mocoso quién se la estuviera follando. Rubén empezó a caminar por la habitación repitiendo el minúsculo circuito de apenas quince pasos una y otra vez. No encontraba la puerta para salir de aquella asfixia, pero tenía que existir una solución al problema. Se concentraba una y otra vez hasta caer rendido justo en la formulación de las mismas preguntas. Le habían expulsado y se encontraba de rodillas de cara al encerado sin saber porqué. No era un maltratador, no había matado a nadie.
Quería a su mujer. Nunca sería su ex, siempre mantendrían aquella unión profunda y espiritual. Siempre estaría presente en su mente. No podrían borrar su nombre. Ester estaría pasando un verdadero calvario por aplicarle aquel régimen injusto. Estaba convencido de que el arrepentimiento carcomía su sucio corazón. Aquella maldita zorra aún era dueña de su lujuria. Recordaba enfermizamente lugares donde la poseyó sin que ella quisiera. Le encantaba ver cómo le rechazaba hasta que al final sus manos tersas le acariciaban el cabello sudado. Siempre procuró que no se enterara de sus escarceos en los burdeles de Barcelona. Todo hombre era un devorador, necesitaba el contacto con otras mujeres. Experimentar la depravación. Que más daba si todo quedaba entre cuatro paredes. Solo era placer a cambio de dinero. Aquello redundaba en que la amenaza del distanciamiento por rutina desapareciera.
Temblaba de ira y celos frente a la idea de que la culpabilidad impuesta le infectara el ánimo. Tenía que evitar que el espejo donde se reflejaba se rompiera en mil pedazos. Conservar la última línea de cordura impoluta. No dejaría que los demás ganaran. Es por ello que se aferraba a los recuerdos en blanco y negro, repintándolos con lápices de colores. Creando un relato comprensible y digerible hecho a medida de su estómago. Con un argumento contundente, con personajes perfectamente perfilados, villanos y superhéroes luchando en pos de la verdad.
Los días se consumían entre semanas que se despedían de los meses colgados en el calendario de la pequeña cocina. Su teléfono ya no recibía ninguna llamada. Primero los compañeros de trabajo, algún que otro vecino, amigos perdidos de la infancia, todos se interesaban por él. Conversaciones donde le daban ánimos, bastantes críticas hacía su mujer, y ofrecimientos de ayuda en forma de dinero o incluso de compartir piso. Pero tras conocerse más detalles del juicio pocos fueron los que se atrevieron a seguir preocupándose. No les culpaba. Rubén podía rebatir la basura vertida sobre él de forma contundente. Todo estaba sacado de contexto. Pero el abogado de Ester era muy hábil montando encerronas y creando realidades virtuales. La fina línea imperceptible que le unía al exterior se evaporó. Estaba solo, abrazado a su agravio.
En semioscuridad los ojos se acostumbraron a conocer cosas que nadie sabía. Rubén, mientras caía el sol, desplumó el oscuro animal que vivía dentro de él. Le convirtió en actor principal, transformando el rostro a su antojo, para fundirse creando un ave fénix bajo el amparo de la luna asesina. Cada día a las doce de la mañana sonaba el telefonillo de la entrada. El repartidor del supermercado entregaba el pedido online. A penas unos monosílabos de agradecimiento por una miserable propina que Rubén se atrevía a dar. Aquel joven, repleto de sueños e inocencia, era el único testigo de la transformación facial de un Rubén sumido en la dictadura del único Dios Moloc.
Desechada la idea de la reflexión y el arrepentimiento, el dolor catapultaba las decisiones más descabelladas. Enterrado en aquel ataúd de cincuenta metros cuadrados, absorbiendo todo atisbo de valentía con la esperanza de romper los barrotes y plasmar la solución imaginada en la realidad. Estableció una relación tóxica con el televisor. Hablaban entre ellos durante largas horas. Rubén repasó su vida decenas de veces ante el impasible plasma de cristal. Zapeando convulsivamente deseaba cercar respuestas pero solo encontraba la basura habitual de la programación infecta. Era una lucha del todo desigual. Rubén captó exageradamente que su afectividad no era correspondida. Apagó el televisor mientras enfurecido gritaba que no se merecía aquel trato. Pero el silencio le torturaba. Se convirtió en un manto denso que le interrogaba, una niebla inquisidora que repetía una y otra vez el papel de fiscal acusador. Tras horas de insomnio y saltándose las comidas, encendía otra vez aquel aparato del diablo. Las decenas de canales bailaban impactando en la retina de Rubén en forma de flashes strobos. Aquella sumisión le condenaba a una dependencia cada vez más torturadora. No podía, no debía consentirlo. Rubén penalizaba aquello que le ataba. La inmovilidad le producía un nudo en la garganta. Acomodado en el sofá, las gotas de sudor resbalaban por la frente en pleno diciembre. Se levantó anulando la racionalidad, aquel resorte siempre presente en momentos de agobio le congestionaba los músculos. Con paso firme agarró el televisor y los estampó contra la pared. Parecía robusto pero el enemigo fue demolido a base de patadas enfurecidas. No paró hasta que el fogonazo del cansancio le frenó en seco.
No fue difícil perder la noción del tiempo para un Rubén con los ojos vidriosos y la barba descuidada. En el frigorífico apenas algunas piezas de fruta se acumulaban en la estantería inferior. A veces sonaba el telefonillo o alguien llamaba a la puerta, se mostraba impasible ante aquella singularidad desagradable. No deseaba ningún contacto humano, hasta que su mente resolviera el acertijo. Pero la clarividencia se alejaba indefectiblemente hasta fraguarse en sombra borrosa. La pérdida de peso era del todo evidente. El cinturón ya no daba más de sí para mantener los pantalones sujetos. No pensaba en volver nunca más al mundo de los hombres, que se olvidaran de él. A nadie le importaba.
Los enormes números rojos del reloj digital marcaban las cuatro y tres minutos de la noche. El cuerpo de Rubén se encontraba cómodo sentado al borde de la cama. Faltaban tres días para navidad. Para racionalizar gastos tuvo que restringir el uso de la calefacción. Se estaba acostumbrado al frío. Los pies desnudos flotaban encima del helado gres. Las manos sobre las piernas y los ojos cerrados. Todo era tan decadente. La sensación de derrota injusta, de robo vital infectaba todo su ser. Incapaz de reconocer los límites de la cordura, todo viro hacía un marasmo conceptual repleto de espinas y mal fario. Rubén apenas consideraba la redención como eclosión final. Le asustaba afrontar la solución de todo aquello. Algo misterioso le mantenía inmune al desaliento. Unas manos invisibles le sostenían en el limbo de la esquizofrenia. Su cuerpo no cedería, aquello implicaba que tendría que tomar decisiones. Seccionar partes podridas de su vida, eliminar capítulos enteros de su biografía. Solo en aquellos instantes alguna lágrima se atrevía a brotar de sus ojos. Aquello significaba que el odio estaba germinando dentro de él. Un odio devastador, abrasador, infinito en pureza.
Era hora de la regresión diaria. Se estiraba en la cama y en silencio sepulcral encendía la pequeña lámpara de la mesilla. Aquel cono de luz anaranjada le cegaba por unos instantes. Palpaba con sus manos nerviosas hasta dar con el álbum de fotos de su boda. Lo repasaba deleitándose foto a foto. Acordándose de las conversaciones, sabores y texturas. En la primera página plastificada, la invitación de boda. Color crema, sencilla, invitando a quién fuera el afortunado de recibirla al enlace entre Ruben Dibildos Sala y Ester Casamajor Sánchez. Ella estaba radiante, preciosa. Contagiaba alegría, deseo, con su piel bruna y larga melena negra. Los ojos de Rubén danzaban saltarines de un fotograma a otro, mientras el deseo controlaba lentamente todo su cuerpo. Una erección menguante aparecía como siempre. Cerró el álbum atolondrado. Aquello era humillante, se recogió sobre sí mismo y se tapó los oídos con las manos. Nunca cedería al onanismo. Era la última línea que la dignidad de Rubén defendía.
Era fin de año. Rubén se dejó llevar por el griterío de los vecinos. La celebración estúpida, parcelando el tiempo mentalmente con la intención de unirlo a los deseos. Rubén le daba asco todo aquello, pero porqué no podría tener una promesa que cumplir. Darse un pequeño capricho. La idea de respirar aire puro le sedujo de tal manera que rechazó seguir siendo un ermitaño urbanita. Estaba decidido, mañana empezaría a salir del apartamento para dar un paseo en auto.
El coche estaba aparcado donde lo dejó. En el parabrisas varias multas por aparcar en zona prohibida. Era extraño que la grúa municipal no se lo hubiese llevado. El motor arrancó en el cuarto intento. Estaba desentrenado y los brazos habían perdido aplomo. Cruzó la avenida principal y se dirigió a su barrio. Todo estaba como antes de ser repudiado. El coche circulaba con lentitud por cada calle. Sin confesarlo, sabía que buscaba. Encontrarla, seguirla sin ser visto. Solo un pequeño flash para la retina. Quería experimentar la sensación que le produciría la aparición mariana de Ester. Ladeo la cabeza para no cruzar la mirada con gente conocida. El depósito de gasolina marcaba reserva.
Justo cuando ya desistía de la búsqueda la vio enfilar la Calle del Mercado. Estaba preciosa, con la mirada limpia y aquel caminar pausado. Posando su atención en cualquier detalle. Vestía con traje chaqueta azul. Le iba bien, pero no dejaba de ser una simple puta malnacida. Rubén golpeó el volante con los nudillos. Hundido en la miseria, mientras ella vestía como una zorra snob. Aparcó en doble fila. Quería cruzar la mirada con ella para que viera en lo que le había convertido. No le sería tan fácil librarse de él. Ahora entendía el engaño, todos estaba felices con su desaparición, pero aquello había terminado. Rubén volvía para resurgir de las cenizas. Se quedaría a incordiar hasta recuperar su vida. Justo en ese instante, de un portal apareció un joven discreto y la beso con ternura en los labios. Los ojos de Rubén plasmaron aquel infierno a fuego en el corazón, alma y mente. Era mucho más bajo que él, descaradamente más joven y con un cuerpo delgado. Era la viva estampa de la palidez. Lo que más le afecto era su pelo y barba pelirroja. Como en el periodo medieval, los pelirrojos eran acusados de haber robado el fuego del infierno. Eran condenados por la inquisición de degradación moral y poseedores de un fuerte instinto sexual.
Rubén arrancó el coche a toda velocidad. Saltó semáforos y rotondas con el ferviente deseo de esconderse en su refugio inexpugnable. Como era posible que le hubiera canjeado por aquel ser insignificante. Llegó al apartamento y tuvo que recuperar el descontrolado ritmo cardíaco. Asfixiado por la tormenta perfecta, se golpeó el pecho con rabia para que desapareciera el dolor de cabeza. Cayó de bruces entre luces de colores y ángeles negros. Podía oler la piel de Ester, bañada con el más delicado de los perfumes. Su ropa interior ocultando el dorado. Se desabrochó los pantalones y con su mano izquierda se masturbó frenéticamente. Decenas de imágenes de Ester corrían desordenadas ante su visión alucinatoria. Justo en el preciso instante que el animal anulaba las riendas de la racionalidad. Apareció aquel maldito querubín pelirrojo. Desnudo, vulnerable, frágil, penetrándola salvajemente en una playa de fina arena blanca. La mano dejó el movimiento quedando el miembro flácido atrapado. Algo se quebró en el interior de Rubén para siempre.
Solo quedaba volver a revivir la misma escena una y otra vez, pero con diferentes finales. En todas Rubén salía airoso como un héroe infantil patéticamente interpretado. El cansancio atribulaba la imaginación resolviendo grotescamente el mismo instante, creando un bucle infinito como condena. Las manos de Rubén aparecían manchadas de sangre tras acuchillar a los dos tortolitos. Disfrutaba mientras la vida languidecía reflejada en sus miradas incrédulas. Lo deseaba, deseaba que aquello fuera el final. Lo visualizaba una y otra vez. Añadiendo color, mayor intensidad interpretativa, cambiaba la longitud y forma del cuchillo, revisaba los diálogos para sopesar el peso de los personajes en el clímax final. Rubén entro en la tranquilidad de la locura asesina sin llamar, para no tener ni la más mínima intención de salir de ella.
Aquella mañana limpió el cuchillo de cocina a conciencia. Lo enrolló con un trapo y lo introdujo en su gabán. Aquello terminaba allí. Las consecuencias no le importaban. No quiso mirarse al espejo. Solo deseaba contar los minutos que faltaban para el encuentro. A la misma hora, en el mismo sitio volverían a coincidir. Estaba convencido. Desconectó todas las voces interiores y se centró con devoción fanática a cumplir su objetivo, el único objetivo.
Cerró la puerta, entró en el ascensor. Las manos sudaban mientras notaba el peso del arma. Ni dioses, ni patrias, solo el sueño al alcance de la mano. Ahondando en la esencia del que somos. Rubén y su espiritualidad cristalina al servicio de la venganza de sangre. Uno, dos, tres pasos seguros hacía la puerta del edifico. Sin saber cómo, ni de donde, un fuerte puñetazo impacto en la nuca. Perdió el equilibrio de manera patética. Los sentidos que quedaban alerta buscaban el foco de la furia. Otro puñetazo certero en la mandíbula, seguida de una patada en la rodilla izquierda. Los focos de dolor se multiplicaban. Las manos intentando tapar el rostro de la próxima agresión. Unas palabras amenazantes y el afilado dedo índice apuntándole. Entre flujos de luz y reflejos borrosos pudo distinguir al mismísimo diablo. Un rostro de pelo y barba pelirroja que le miraba desafiante. Oyó el ruido de la bragueta al abrirse. La calidez de la orina se esparció por todo el pecho de Rubén. Una última patada en el escroto le abrió la puerta de la inconsciencia. Antes de levitar en el Olimpo de los sueños, juró acordarse de que la huida sería la única opción de supervivencia.







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1 Comentarios

  • Voltereta

    Un relato realmente interesante y un final completamente inesperado. Ojalá todos los episodios de malos tratos acabaran de una manera similar.

    Un saludo.

    26/11/17 11:11

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