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Plazas Imaginarias (plaza 9)

Plaza 2.
Hoy me senté en una plaza, y vi un árbol. La tierra que lo sostenía estaba rodeada de adoquines. Era muy marrón, casi indistinguible del tronco, como si fuese parte de él. También, muy llamativamente por ser un árbol de tal altura y anchura, era muy delgado. El tronco y las ramas se extendían hacia afuera, formando una cúpula rosa con sus hojas y una sombra tenue, pero grande. Como si fuese uno de esos paraguas de plástico de colores, creaba un halo con la poca luz que le regalaba el cielo gris.

Justo debajo estaba yo, acostado en el banco. Mis pies tocaban los tornillos de la derecha, y mis dedos los de la izquierda. Estaban como desordenados, atornillados a los tablones marrones. Al frente estaba el camino adoquinado, bordeando un lago que se iba al infinito. Y bajo mi espalda los bichitos caminaban por la tierra húmeda de la reciente terminada lluvia. Al respirar uno podía sentir la contrastante frescura del aire.

Acostado, me puse a pensar sobre los ombligos, o como yo les digo: Pupos. Específicamente, pensaba sobre sus antepasados, los pupos anteriores a la medicina moderna, a las parteras, y todos los procesos que tenemos hoy para asegurar que un pupo este bien hecho. Como habrán sido los pupos de los plebeyos en la Europa medieval? El pupo de Genghis khan, solo comparable con el pupo de Alejandro Magno, habrá sido para fuera o para adentro?

Estaba decidido a agarrar mi celular para averiguarlo, cuando una bofetada me distrajo. Era un perro, negro, pelo brillante, hocico largo y olor a pescado, que no se había molestado en mover su cola hacia otro lado más que mi mejilla. Yo, con calma me senté derecho, y trate de comunicarme con el can. Mirándome con intriga, realizo el estereotípico movimiento de perro intrigado, sentándose, y moviendo la cabeza levemente al costado. Como no había nadie decidí empezar a correr, a ver si el perro me seguía.

Y así corrí en círculos. El perro también corrió en círculos. Corrimos en círculos hasta que caímos en el rocío. Indistintos del frio, luchamos hasta el cansancio. Cuando nuestra orquestada escaramuza finalizo, decidí darle un nombre: Pichichus, como el ayudante de Hijitus, mi serie animada preferida. Y se fue.

Deberíamos ser como perros de vez en cuando, tirarnos a esperar otro perro, sin esperar nada de él, ni suponer que el precise algo de nosotros. Sin embargo, de alguna manera, terminar tirados en el pasto, inocentemente acunados por la más dulce inocencia.
Juani30 de mayo de 2016

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