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Opera tu Fimosis

Siendo un niño, tras la operación de fimosis, mi pito estaba recubierto de un vendaje blanco, quedando únicamente al descubierto el glande, que por fin se había liberado de la estrechez del prepucio. La anestesia había llegado a su fin y, una vez despierto, me disponía a afrontar la fase postoperatoria haciendo frente a las circunstancias adversas. Caminaba torpemente, con las piernas arqueadas, evitando cualquier roce para no sentir el dolor espantoso que me producía. Me sentía ridículo en esa situación y me preguntaba: ¿Por qué a mí?
El pito permanecía ahí, impasible, triste quizás, afectado por las circunstancias, luchando por recuperarse. No estaba para juegos, nada de saltar a la comba, jugar a las canicas, andar en bicicleta o subirse a los árboles. Únicamente necesitaba reposo, por eso me movía como un mono perezoso. Los demás niños tenían pito pero el mío era el único que me importaba. Era consciente de que tenía que tener paciencia y voluntad, luego imaginaba las ventajas una vez recuperado, dispuesto a vivir las aventuras más insospechadas, fascinantes y placenteras que estaban por llegar. Ese era un gran estímulo para seguir adelante, muchas chicas estaban esperando ahí fuera, chicas con toda la pureza de la adolescencia, descubriendo y redescubriendo su propia cartografía.
Dormir era un alivio.
JufraPublicado el 29 de septiembre de 2014
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