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Ella

La vio en el reflejo de una de las vidrieras, mientras las miraba de reojo. No necesitó más que unos escasos segundos para distinguir su silueta fatal. Lo estaba siguiendo otra vez.
A pesar de que sabía que ella iba a notar que él la había descubierto, se hizo el desentendido. Haciendo un considerable esfuerzo para que sus emociones no se transparentasen, continuó andando con paso regular, dejando que ella lo siguiese un poco más. Sería completamente inútil detenerse, girarse hacia ella y echarla; muchas veces antes lo había intentado, y había aprendido por experiencia que esta tenaz y pérfida criatura no lo abandonaría tan fácilmente. Tal vez no lo hiciese nunca, y su presencia se convertiría en una sombra constante, mortal… y él, que en muy en el fondo de su ser deseaba todo lo contrario, no podría hacer nada para cambiarlo.
Prosiguió con sus quehaceres en la ciudad en un estado constante de tensión y alerta. Debía hacer uso de todo su pobre autocontrol para no girar la cabeza hacia ella a cada segundo que pasaba, tan condenadamente lentos todos ellos, que se mordía la lengua para no gritar. Tenía que terminarse alguna vez.
Se apuró en sus tareas todo lo posible, desesperado por volver al hogar. A veces sentía como ella, con unos leves pasitos, acortaba la distancia entre los dos. Él se sentía morir entonces, como si su cuerpo, lentamente, y sin que nada pudiese detenerlo, fuese conducido con sádica ceremoniosidad hacia el cadalso. Sin embargo, ella no daba nunca más de cinco pasos, en maliciosa provocación, antes de detenerse y regresar a su sitio al cabo de tortuosos segundos.
Si ella llegaba a dar seis pasos, entonces, todo estaría perdido para él.
Casi corrió las últimas cuadras hasta llegar a la puerta de su casa, con ella siempre detrás, acechante y cazadora, siguiendo sus pasos, dispuesta a saltar en el momento indicado; las llaves tintineaban entre sus trémulas manos. Apenas la abrió lo suficiente como para que su persona pudiese atravesar el umbral, antes de cerrarla estrepitosamente, echando en seguida llave y cerrojo.
Con el corazón un poco más liviano, suspiró profundamente. Lo llenaba la cándida e ilusoria sensación de que todos sus preocupaciones, miedos y sufrimientos estuviesen escapando entre su aliento. Dejó su mochila en un sillón y se encaminó hacia el baño.
Cuando llegó al pasillo, sintió que sus pies se volvían de plomo, y que todas sus esperanzas y candores se rasgaban en un único y punzante tirón. Se encontró a sí mismo con una herida abierta que ardía cual fuego, pero que le helaba el corazón. La sangre no manaba de ella.
En el baño, con la puerta completamente abierta, peinándose despreocupadamente frente al espejo, estaba ella. Tarareaba una fúnebre melodía; él sintió que aquella fatídica música estaba compuesta para su funeral.
Cuando cayó con las rodillas vencidas, ella giró su rostro hacia él. Sus ojos, como dos carbones incandescentes, lo traspasaron en una mirada desdeñosa y burlona, diciéndole por su intermedio lo que él ya sabía, aunque no quisiera creer que era una realidad: ella nunca iba a desaparecer.
Kili27 de marzo de 2010
Archivado en:
locura paranoia

2 Comentarios

  • Gabrielfalconi

    muy bien escrito
    tiene misterio y suspenso
    muy bien narrada est historia de locurta paranoia y muerte
    bravisimo!!!!!!!

    24/04/10 08:04

  • Kili

    Muchas gracias por tus palabras, Gabrielfalconi, son una enorme satisfacción para mí. Un saludo.

    24/04/10 06:04

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