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Aprender a Ser Feliz.

Una rosa blanca, el quemador de incienso, un puñado de cartas, sobres y papeles, el mando de la televisión y un cenicero. Eso era lo que guardaba en el cajón de su mesilla. ¿Cuánto hacía ya que ese su carecía de sentido? Estaba sentada en el suelo, sintiendo la ausencia de vida en el piso. La lluvia golpeaba los cristales con suavidad, sin fuerza alguna. Nada se oía. Estaba demasiado ensimismada en los tiempos pasados como para percatarme del suave golpe de la puerta; fueron los pasos los que me sacaron del limbo. Su figura se recortó en el umbral del cuarto. Lo miré inexpresiva. Quería decirle, gritarle todo lo que se me pasaba por la cabeza, pero me contuve. Su sonrisa pícara me puso en guardia.
-Hola.
Su pelo negro como la noche era más largo. Sus ojos brillaban como siempre, pero para mí no significaban lo mismo.
-Te he estado llamando
-Lo sé.- se limitó a decir.
-Te he estado llamando este último año. –le reproché, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos.
Había sentido todo por él. Fue la primera vez que me enamoré de verdad. Y también fue la primera vez que la persona que más quería me abandonó. No hay mucho que contar. Fue mi mejor amigo en la infancia, en la adolescencia fue mi consejero y cuando esa etapa quedó atrás, me di cuenta de que era más que un amigo para mí. Estuvimos juntos mucho tiempo. Hasta compartíamos piso. Pero una mañana, al despertarme, no encontré a nadie. La cama a mi lado estaba fría. Ni una nota, ninguna señal de vida durante un año.
-Vamos, no hagas un drama. He vuelto, ¿no? Estoy aquí otra vez.
-No. Esta ya no es tu casa, ni yo soy nada tuyo. Aléjate de mí. ¡No quiero volver a verte!
No sabía si eso era verdad. No quería que me volviera a hacer daño, por eso sabía que tenía que irse. Pero le seguía queriendo.
-Pero si te quiero como siempre.
-Dudo que alguna vez hayas sentido nada por mí.
Le cogí del brazo y lo saqué fuera del piso y esperaba que de mi vida.
Volví a la habitación y me eché sobre la cama, derramando todas las lágrimas que no quise que él viera, hasta que se me quitaron las ganas de llorar. Alguien llamó a la puerta. Esperaba no encontrarme con él, no podría encararme. Y por suerte, no tuve que hacerlo. Era mi vecino, Saúl, un chico joven, aunque algo mayor que yo, que vivía en el piso de abajo, en el bajo.
-No quiero molestar, pero…- caí en la cuenta de que debía tener una cara horrible- me he encontrado con un chico que gritaba tu nombre, además de unos calificativos poco apropiados… Igual parezco un poco cotilla, pero quería asegurarme de que todo estaba bien.
-Sí, sí, puedes estar tranquilo.
-Sé que no hemos hablado mucho, por no decir nada desde que estoy aquí, pero querría invitarte a tomar algo. ¿Qué te parece esta noche?
Me quedé helada. No supe qué responder.
-Claro… ¿A las nueve?
-Lo típico es las ocho, pero tú eres la dama, tú eliges.- Y se marchó, haciendo una reverencia. Me reí con ganas y me despedí de él. Lo veía todos los días, era un chico muy guapo, siempre iba con libros, papeles y enormes carpetas, por lo que había deducido que era inteligente y creativo, un artista, y además deportista, todos los días iba en bicicleta a todos sitios. Pero no quería dejarme llevar por algo tan idealizado. Por desgracia, iba con una muralla a mi alrededor, pero, a la vez, estaba nerviosa, como una niña el día de Navidad.

El timbre sonó a las nueve en punto. Me miré en el espejo. Me había puesto un vestido de lana rojo de cuello vuelto, con unas medias negras y unas botas altas de tacón. Tan apenas me había maquillado, sólo un poco los ojos azules. Fui a la puerta, respiré hondo y la abrí. Estaba más guapo que nunca. No se había arreglado mucho, una camisa por fuera de los pantalones vaqueros.
-Te diría que estás preciosa, pero no es nada nuevo.
Fue la mejor noche de mi vida. Aprendí lo que es querer a alguien sin tapujos, Saúl lo hacía así. Pero mi ex novio no me olvidaría tan fácilmente. Cada día, mandaba una carta amenazadora a mi nueva pareja. Le dije que lo podía denunciar, pero él me respondió que ya se cansaría. Hoy se cansó, sí, pero no como esperábamos.

Volvía tarde a casa después de trabajar. Estaba deseosa de llegar a casa y ver la sorpresa que me había preparado Saúl por nuestro tercer aniversario. Una sombra me salió al paso. No pude reconocerle hasta que no lo tuve encima, hasta que no me clavó el cuchillo en el estómago y me susurró al oído: Si no eres mía, no serás de nadie.
Ahora mismo, la ambulancia me lleva al hospital. No voy a morir, por mucho que los médicos digan lo contrario. Quiero ver a ese cabrón recibiendo lo que se merece. No quiero perderlo todo ahora que sé lo que es ser feliz.
Ladyblackshadow23 de octubre de 2011
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