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Un Mal Día...

Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra.



Helen Keller (1880-1968) Escritora y conferenciante estadounidense.



Nunca me dijeron que la luz del sol ciega.

Leonardo Belloc Aguilar





El despertador Chino, comprado en Tepito(ese barrio llamado a ser bravo), se ha declarado en huelga ¡me costó 20 pesos!. Me levanto para ver mi reloj de pulsera& ¡Las ocho y veinte!



Es posible que hoy, después de despertarme tan tarde, el día no resulte demasiado bueno. Los primeros minutos, al levantarme y darme un fuerte golpe en la espinilla contra una esquina de la mesilla, no presagian nada bueno& Para empezar, la leche desnatada del desayuno se derrama sobre la cocina, como pidiendo una libertad que no le corresponde. El pan  ¡por cierto mucho más caro que antes gracias a los nuevos impuestos!, comprado el día anterior, está totalmente correoso y con un ligero sabor a pesticida. La mermelada, de la que nunca hasta ahora había leído la etiqueta, me ha quitado las ganas de untarla sobre el pan: «Contiene: colorantes, conservantes, edulcorantes, E-150, E-230....» «¿Qué fregados significaran estas enigmáticas cifras?», me pregunto intrigado. El teléfono, su timbre me sobresalta mientras leo atentamente la composición de la mermelada, me hace levantar apresuradamente de la silla. Tropiezo con la botella de agua mineral que se desparrama sobre el suelo, formando un pequeño riachuelo entre las sillas. La llamada, es de un hombre que, con voz fingida, pregunta por una tal «Selene» y el precio por una hora de sado. Cuelgo después de decirle cuatro leperadas con muy mala leche& «¿Quién puede desear una sesión de sado a las 9 de la mañana?», me pregunto.

Sentado de nuevo ante la taza de café, confiando poder acabar el desayuno en paz, llaman a la puerta. La vecina del tercero, en bata de casa y con unas horribles chancletas con flores amarillas, me pide el favor de recoger sus bragas azules caídas en mi patio, --que maña de usar como tendedero la zotehuela, me digo para mis adentros. Además de las bragas: una sábana, un sostén  ¡me sorprenden sus dimensiones, pues siempre creí que mi vecina andaba escasa de pecho! y un par de calcetines& Todo ello, sobre el único geranio que se salvó de la peste de pulgón del verano pasado y que, ahora, muestra sus pocas ramas desgajadas por el peso de la ropa.



Cuando camino hacia el trabajo, con paso apurado, me doy cuenta que, con las prisas, no me he afeitado. Vuelvo a casa gruñendo y& ¡mierda! no hay electricidad. Decido ir al trabajo con barba de dos días.---Por cierto olvide sacar a mis canarios, ponerles agua y sus semillas, me descubro triste y siento que mi cuerpo es más prisión que vida e imagino que el canto de mis canarios es más un grito de tristeza que un canto de armonía--.

A medio camino, me para una anciana que conoció a mi tía y me pregunta por ella. Después de decirle que ya falleció hace tres años, inquiere de qué; si sufrió mucho& Intento explicar, concisamente, el proceso de la enfermedad y fallecimiento, pero su insaciable curiosidad me obliga a contar mucho más de lo deseado. Me despido con un «¡encantado!» y sigo caminando a buen paso...

Cuando faltan unos metros para llegar a la oficina, me acuerdo del cambio de hora del día anterior. ¡Una hora menos! Calmado por este descubrimiento, me meto en la primera cafetería que encuentro para tomar otro café y buscar un tamal en la esquina. «¡Hay tiempo suficiente!», me digo.



Miro la primera página del periódico «¡Sábado 23¡ ¡Maldición! ¡Los sábados no trabajo! ¿En qué estaría yo pensando?», exclamo para mis adentros, mientras la camarera me sirve el café, preguntándome si quiero más azúcar.



De vuelta a casa, en el paso de peatones, un cernícalo de conductor a velocidad excesiva, me «bautiza» con el agua de un charco. El agua, mezclada con un fino lodo de color marrón oscuro, me moja desde la cabeza hasta los pies. La madre, el padre y demás deudos del conductor, son invocados por mí, mientras el energúmeno gira chirriando las ruedas en la cercana rotonda&mi café y tamal se mojan y con ello mi desayuno se pierde.

Llego a casa y la electricidad sigue sin hacer acto de presencia. El golpe contra el aparador de la entrada, con la tibia derecha, provoca maldiciones sin fin y un intenso dolor que parece llegar hasta lo más profundo de mi cerebro. Me desnudo y, después de tirar la ropa sobre una silla, me meto en cama. Cuando estoy a punto de conciliar el sueño, una llamada telefónica... La misma voz masculina de la mañana ahora con una ligera tos me pregunta si está «Selene» y cuánto cobra por media hora de sado... Cuelgo, después de decirle algunas cosas que prefiero no transcribir& ¡Decididamente, hoy no es un día para levantarse de cama y, mucho menos, para estar en casa! «¿Cuánto cobrará Selene por una hora de sado?», me pregunto intrigado, mientras el sueño me acuna de nuevo en sus brazos&No pasan ni 15 minutos y el timbre del teléfono me despierta de nuevo, pensando en las ultimas llamadas prefiero no contestar y dar paso a la grabadora de mensajes .De repente escucho la voz de mi novia en el contestador que pugna en cita lo siguiente;

Amor mío he decidido terminar contigo. el corazón me late más rápido--. No tengo el valor para decirlo personalmente por eso lo hago por este medio y que bueno que no estas, así dejo paso a este mensaje. Ya había días en los que simplemente te considero insoportable, y aunque prefería voltear la mirada y pensar en lo que nos une , no puedo más, además no he sido totalmente sincera contigo, no diré más pero aquí en el DF mi nombre es Aurora, pero en Pachuca donde regresaré hoy mismo me conocen como Selene el nombre que más me identifica en esta vida.



Ahora ya devastado sólo sé que me vendrá tal vez en el futuro un mal día pero diferente a este...





Leonardo Belloc Aguilar.

LeoxPublicado el 05 de julio de 2018
Archivado en tristeza frustracion mala suerte

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